domingo, 19 de abril de 2015

Felicidades, Cana

Hoy es el cumpleaños de Cándida Iglesias Valdés, aunque técnicamente lo fue ya a finales de marzo. Esta paradoja, que generalmente se obvia, se debe a los días extra que debieran retrasar el cómputo de la celebración con cada año bisiesto. Mi bisabuela, o como casi todos la conocen, Cana, ya ha vivido 26 de esos especiales febreros, y ha visto pasar muchas cosas a lo largo de toda su vida, porque hoy puede presumir de tener 107 años. Puede que no sea la persona más longeva de Asturias, pero pondría la mano en el fuego con que sí lo es de Oviedo. Para que se hagan una idea, nació en el año que se atestigua la primera mención histórica al estadio del Molinón, le saca unos 6 años a la emblemática confitería ovetense Camilo de Blas, hizo la Primera Comunión el mismo año que terminaba la Primera Guerra Mundial y se casó antes de que ocurriese el crack del 29. Ha conocido tres reyes y una república, sobrevivido a una guerra y su correspondiente posguerra, y ha rezado bajo los auspicios de diez papas.

Si conviviesen con ella, como yo lo hago, se sorprenderían de su tremenda vitalidad y fuerza de voluntad. Se levanta, se ducha, se viste y hace la cama sin ayuda de nadie, con la parsimonia que le han obligado a adoptar los años, pero con una independencia inusitada para una mujer que está más cerca de ser supercentenaria que centenaria. Pasea por la casa con la ayuda de su bastón y sujetándose a paredes y muebles; lenta pero segura. Ayuda en todo lo que puede, escucha mucho la radio, oye misas y rosarios y, semanalmente, se preocupa por los resultados del Real Oviedo que le llegan a través de las ondas. Su voz, aunque ajada por el paso del tiempo, aún canturrea si se le mencionan fragmentos de canciones, melodías y zarzuelas, porque su marido (mi bisabuelo) era muy aficionado a la música.

Mi bisabuela es un fragmento de Historia, como tienden a ser los afortunados que disfrutan al mismo tiempo la longevidad y el poder mantener intactas sus facultades mentales. Alguien podría hacer una reconstrucción del Oviedo antiguo a través de sus historias, que aliña con especificaciones sobre sus cambios de domicilio con el paso del tiempo, o dónde estaba tal y cual negocio en esta u otra calle. Los ovetenses de mejor memoria (o aquellos más próximos a su edad) quizás la recuerden en su incansable hacer en el mercado de El Fontán, donde Quesos Cándida era sinónimo de calidad, pero lo cierto es que su trabajo había empezado mucho tiempo atrás. Cana nació en la zona del Palais, como la inmensa mayoría de sus hermanos, en una modesta casita que (como ella) sorprendentemente aún sigue en pie. A los pocos años ya ayudaba a su familia, primero llevándole la comida a su padre (que ejercía de carpintero en Gascona) o moviéndose en tren por los distintos mercados de Asturias (como su madre y hermanas) para traer mercancía que vender en Oviedo a los hoteles y distintos comercios. No sería hasta después de la Guerra Civil, que la encontró ya casada y con dos hijas, cuando comenzaría su larga trayectoria en el Fontán, primero en un lugar modesto hasta la remodelación de la plaza de abastos, y finalmente en el puesto que llevaría su nombre hasta años después de su jubilación.

De los convulsos acontecimientos que rodearon los inicios del siglo pasado, recuerda cuando y por dónde entraron los mineros en la capital durante el 34, sin entrar en mayores detalles. De la guerra, cuenta como el bombardeo de Oviedo destruyó una casa en la que vivían varios miembros de su familia (afortunadamente ausentes en el momento de la detonación), y de como uno de los perros de la familia se mantuvo fielmente guardando los restos ruinosos de la misma, impidiendo el paso hasta que su suegro se acercó a ellos. Recuerda también su salida de Oviedo con su marido y sus hijas a través del Escamplero, en donde la lucha entre ambos bandos era lo suficientemente intensa como para disparar contra un simple autocar que alejaba a civiles del grueso del conflicto asturiano. El resto de la guerra la pasaría fuera de Asturias, en la Bañeza, acogidos por parientes leoneses de su familia política.

Tras la guerra, volvió a Oviedo y consiguió abrirse un hueco, como ya se ha dicho, en el pequeño comercio de la capital. Trabajando para los suyos, mientras mi bisabuelo hacía lo propio como peluquero, los años fueron pasando con sus tristezas y sus alegrías. Vio morir a su hija pequeña y crecer a la mayor, que se casaría el mismo año en que Cana quedó viuda. Con el paso de los años llegarían los nietos (siete en total) y con el de las décadas, los biznietos (el que suscribe y los que vinieron después sumamos ocho). Con la llegada gradual de toda esta creciente parentela vinieron también los paseos, las canciones, las comidas familiares multitudinarias, las historias de una mujer que conservó su independencia hasta que la edad la obligó a jubilarse, y posteriormente, a abandonar su propia casa para abrazar como hogar el de su hija.

Ha dejado (¿no lo hacemos todos, si vivimos lo suficiente?) a mucha gente atrás: padres y abuelos, hermanos y hermanas, amigos, marido, hijas e incluso un nieto, pero ella lleva estas pérdidas con filosofía y resignación, aunque no sin tristeza. Sueña mucho, y no es de extrañar que, ante la pregunta de con qué lo hace, responda un Sobre todo con muertos, con la sencilla naturalidad de quien ya tiene más contactos en el otro mundo que en este. Pero ella no olvida, más allá de los pequeños despistes propios de la edad, o una velocidad más al ralentí para concretar un dato en sus prodigiosas meninges. La he visto en misa asombrando a un sacerdote al recitar la parte de los oficios que ni siquiera corresponde a los feligreses. Algunos días reclama hablar por teléfono con algún pariente o amigo, y enumera sin mayor esfuerzo las cifras con una facilidad que haría avergonzarnos, comparativamente, a la gran mayoría de los que hemos crecido con una agenda en nuestros móviles.

Los que hemos tenido la suerte de vivir en la cercanía de unos abuelos al uso, conocemos bien aquellos rasgos que generalmente les caracterizan, aparentemente más intensos aún que los de nuestros padres: el interés porque nos vaya bien en la vida, la preocupación por nuestra salud y muy especialmente (característica sempiterna de la abuelidad) de nuestra buena alimentación. El doble de amor, en suma, con la mitad de disciplina. Si tuviese que explicar lo que es tener una bisabuela, optaría por la vía etimológica y os diría simplemente que es dos veces abuela en todos estos sentidos. Continuamente he visto a mi bisabuela demostrar verdadera pasión por los suyos, interesarse por todos los que conoce en cuanto tiene oportunidad de preguntar, presumir de su familia en conversaciones telefónicas, echarnos de menos si pasa demasiado tiempo sin vernos.

No quisiera que esto pareciese un discurso laudatorio sólo porque yo la quiera con locura y el sentimiento sea mutuo. Mi bisabuela no es perfecta. Como cualquier persona mayor, puede ser terca, algo obsesiva en sus preocupaciones (quizás por tener muchas menos cosas en las que pensar que nosotros a lo largo del día) y tiene sus momentos de mal humor, como todos. Con sus defectos y sus virtudes, algunos acentuados y otros atenuados por el tiempo, Cana es profundamente humana, y nosotros no la querríamos de otro modo.

Acostumbrada a valerse por sí misma desde más de lo que ninguno podemos recordar, le molesta tener que dar que hacer, tener que pedirnos ayuda, que queramos que haya alguien en casa con ella en todo momento, pero, al mismo tiempo sabe agradecerlo. Ella ha cuidado de tres generaciones distintas, pero pese a todo, no se siente cómoda con que tengamos que devolverle el favor. A pesar de los altibajos, con los momentos de crisis en los que la responsabilidad hogareña puede superarte, hay algo de maravilloso en poder ayudar a sobrellevar la vejez a una persona a la que esta familia debe tanto. Hay algo de portentoso en convivir con una persona de ciento siete años, aún capaz de regalarte sus experiencias y su naturalidad. Hay mucho por lo que estar agradecido, y la esperanza de poder compartir algún cumpleaños más junto a ella. Hoy, queremos compartir nuestras felicidades con vosotros.


3 comentarios:

Miguel Vallés dijo...

Qué texto más estupendo, Layo :)

Anónimo dijo...

Chapeau, caballero. Mil felicitaciones a su santa bisabuela desde Cantabria.
-Malpu

Eduardo de Odraude dijo...

Que enérgica la abuelita! aún vive a dia de hoy?