sábado, 27 de septiembre de 2014

Spawn: integral

Cuando comenté en Twitter, antes de irme de vacaciones, que había sacado de la biblioteca Entendiendo el cómic de Scott McCloud (un ensayo en viñetas sobre el lenguaje propio del 9º arte) y los dos primeros tomos integrales de Spawn, Ulises Lafuente (el célebre creador del webcómic sci-filosófico Art88/46) dijo que esa combinación era como comerse un bol de bacon sumergido en manteca de cerdo para después beber leche de soja como acompañamiento. Al margen de las polémicas opiniones culinarias de Lafuente (quien recordemos, perdió toda su fortuna al expresar públicamente su querencia por la tortilla de patata sin cebolla), ¿por qué ese desprecio implícito hacia Spawn? Para responder a esa pregunta (que trae consigo otras como qué o quién es Spawn, y eso sólo para abrir boca), debemos retroceder más de dos décadas al pasado, más concretamente a principios de la década de los 90.

La década de los 90, además de los nuevos 80 (¿estáis preparados para una nueva oleada de fanatismo nostálgico en torno a referencias culturales de gente que ni siquiera las recuerda de primera mano? ¡Ya os digo yo que no!), es el equivalente a la Edad Media para los cómics. Si los 40-50 se consideran como la Golden Age del cómic americano (más por sentar las bases de la industria durante décadas), y los 60 se consideran como el comienzo de una Silver Age (con la explosión creativa marvelita) que se cierra con el fin de la inocencia que supuso la muerte de Gwen Stacy (inaugurándose tras ella la Bronze Age), los 90 son generalmente considerados como la Dark Age del comic-book americano.

Alguien no lleva muy bien las críticas, también.
Por supuesto, esto no fue un proceso inmediato ni integral. Los 80 guardan entre sus páginas mensuales grandes etapas e historias, algunas de las cuales se consideran entre las mejores de determinados personajes; los 90 tuvieron también grandes etapas que son aún recordadas con cariño y admiración a día de hoy. Sin embargo, globalmente, la llegada de una nueva generación de dibujantes de estilo rompedor y proclive a la espectacularidad supuso una ruptura en el tradicional equilibro creativo entre guionistas y dibujantes; las colecciones empezaban a despuntar por los característicos lápices de estos últimos, en detrimento de los guiones. El mercado especulativo y un público anhelante de escenas violentas, antihéroes, pistolones, bandanas y hombreras, anatomías imposibles e hipersexualizadas y sonrisas de dientes apretados hicieron de oro muy especialmente a Marvel, que en más de una ocasión (especialmente con números 1) veía volatilizarse en los quioscos de tiradas de millones. Ni la calidad artística ni las historias importaban. Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos.

Hola, soy Charles Dickens, y apruebo este flagrante plagio de mi obra Historia de dos ciudades.
Y después, la burbuja explotó. No la burbuja especulativa (esa resistiría aún en inflación durante algunos años más, cuando pondría el mercado patas arriba y a Marvel casi en bancarrota), sino la debacle inmediatamente anterior: la desbandada de 5 de los artistas más hot de toda Marvel para crear su propia editorial, Image. Entre ellos estaba Jim Lee, que había revolucionado (y finalmente dinamitado) la Patrulla-X de Claremont; el infame Rob Liefeld, que había redefinido a los Nuevos Mutantes como el equipo paramilitar X-Force (léase exclamativamente con un tono a lo “¡Action Man!”); y por supuesto, Tod McFarlane, que reinterpretó a Spiderman en los 90 con sus características telarañas estilo spaghetti. Lee y McFarlane tenían bastante en común: ambos habían triunfado en sus respectivas franquicias (la mutante y la del trepamuros, respectivamente) hasta tal punto que habían pasado de dibujantes titulares a tener sus propias colecciones hechas a su medida, los dos tenían tras de ellos una legión de imitadores de su estilo (con los que Marvel intentaría luego suplir su ausencia), ambos daban pingües beneficios a la (ejem) Casa de las Ideas y, lo más importante, ninguno de los dos se beneficiaba en demasía de ello.

La Image Revolution (como la denominan en el documental homónimo que narra la creación y primeros días de la nueva editorial) estaba firmemente anclada en tres principios básicos: libertad creativa, propiedad intelectual y, por último, aunque no menos importante, la pasta. McFarlane y los suyos ofrecían a sus colegas la posibilidad de crear y dirigir sus propios personajes conservando sus derechos de autor y cobrando por la reedición o utilización posterior. En suma, toda una golosina para autores acostumbrados a tener que trabajar con los juguetes de los demás bajo directivas editoriales, obteniendo el mínimo beneficio tuviera o no éxito su trabajo. Y es aquí donde, acompañada del liefeldiano supergrupo Youngblood llega Spawn, también en su propia cabecera, como punta de lanza de la recién nacida Image. Spawn, nacido de la mente y mano de McFarlane, dinamitó las listas de ventas norteamericanas con su número 1, la presentación en sociedad de un (como no) nuevo antihéroe.

Hola, soy el nuevo, y he vendido 1 millón 700.000 copias en mi primer mes.
Spawn era en realidad Al Simmons, un agente del gobierno yanqui en zonas de guerra muerto en acto de servicio y resucitado por el demonio Malebolgia con la promesa de volver a ver a su mujer, Wanda. Simmons pronto descubriría la letra pequeña del acuerdo: renacía, sí, pero como un desfigurado muerto viviente que, 5 años después de su fallecimiento, se encontraba con que su mujer había vuelto a casarse con el mejor amigo de Al, y le había dado una hija. Por si esto fuese poco, Malebolgia revelaba que le había escogido como a uno de los capitanes de su ejército infernal en guerra con el Cielo, y que cada uso de sus poderes le acercaba más a la condenación total de su alma. Spawn lucha por adaptarse a todas estas tesituras mientras se refugia de sus miserias junto a vagabundos de los callejones de Nueva York. Decididamente, estos no eran los superhéroes de tus padres; no era una historia que contarías a tus niños, pero los adolescentes la adoraron.

La historia en sí no era mala, sino fruto de su tiempo. Ni siquiera la propia Image en sus inicios era tan deficiente como se nos ha querido dar a entender; algunos de sus dibujantes (el propio McFarlane, Erik Larsen) realmente tenían algo que contar, y de todas formas, permitieron una libertad artística a sus autores como no se veía en el mundillo desde hacía décadas. Spawn (que continúa hoy día, y ya ha superado su número 250) es la Image de los 90, pero también el primer paso para convertirse en la tercera editorial más importante del mundillo, y actualmente el principal baluarte del cómic independiente en el mercado norteamericano. ¿Sois aficionados al fenómeno The Walking Dead? Podéis agradecerle a Image su misma existencia.

Dos hijos de la misma madre: el noventero Spawn y el hoy archiconocido Rick Grimes.
Pero juzguemos los 26 primeros números de esta colección por méritos propios. El dibujo es claramente noventero (oscuro, impactante, con capas imposiblemente grandes y viñetas que casi salpican al lector), pero no estamos hablando de los excesos de Liefeld (aunque puedan encontrarse varias de sus paradigmáticas sonrisas de dientes apretados). En cuanto al guión, aparte de la cuidadosa guía de su creador McFarlane, la reunión de guionistas verdaderamente impresiona al entendido del cómic.

En estos dos tomos podemos encontrar historias de la pluma de Frank Miller (creador de 300 y Sin City), Neil Gaiman (autor de The Sandman, joya de DC de la época), Dave Dims (creador de Cerebus), Grant Morrison (guionista metatextual por excelencia) e incluso al maestro Alan Moore (Watchmen, V de Vendetta, La cosa del pantano). Puede que no sean sus trabajos más destacados, pero han contribuido con sus pinceladas (una de las creaciones de Gaiman, la cazadora de demonios Ángela, ha sido integrada recientemente en Marvel tras años de litigios) a un rico entramado de amenazas místicas, miserias humanas, luchas de poder y, en última medida, confrontaciones entre el bien y el mal que empapan las distintas subtramas de Spawn.

Spawn: ¿peligro o amenaza?
En definitiva, no arriesgarte a leer Spawn por la leyenda negra que le rodea es como hacer caso a las recomendaciones paternas de que te alejes cuanto antes de ese colega tuyo con malas pintas y nacido en un hogar desestructurado, aunque tú sepas que tiene buen fondo. Por mi parte, yo seguiría quedando con él de vez en cuando para tomar unas cañas y echarnos unas risas. Personalmente, yo continuaría leyendo a este Spawn.

4 comentarios:

Rata dijo...

Excelente entrada :D

Matizo mi comentario por twitter, xD. Con "un bol de bacon" me refería a algo fuerte, delicioso, macho machote y EXCESIVO. Queremos que no, Spawn llegó a ser el top de lo excesivo y del barroquismo. Y que demonios, las dietas no son metal.

Superlayo dijo...

¡Muchas gracias! A mí me pareció muy disfrutable; mi tendero favorito me ha recomendado que no pase no obstante del Spawn 50 que ya va a menos, aparentemente.

Por cierto, que me comunican de la central que en esta página profundizan más en el tema de Image y los derechos (polémicas incluidas): http://www.untebeoconotronombre.com/biblioteca/en-las-sombras/cuestion-de-derechos/

Guillermo Muñoz dijo...

Me ha parecido muy nutritivo.

¿Tienes algo que decir sobre la adaptación cinematográfica?

Superlayo dijo...

En realidad no, porque no la he visto, esta ha sido mi primera experiencia con Spawn. Aunque de una cosa estoy seguro: debió ser una fuerte estrategia de McFarlane para vender muñequitos y demás merchandising, que fue su especialidad dirigendo Image.