sábado, 27 de septiembre de 2014

Spawn: integral

Cuando comenté en Twitter, antes de irme de vacaciones, que había sacado de la biblioteca Entendiendo el cómic de Scott McCloud (un ensayo en viñetas sobre el lenguaje propio del 9º arte) y los dos primeros tomos integrales de Spawn, Ulises Lafuente (el célebre creador del webcómic sci-filosófico Art88/46) dijo que esa combinación era como comerse un bol de bacon sumergido en manteca de cerdo para después beber leche de soja como acompañamiento. Al margen de las polémicas opiniones culinarias de Lafuente (quien recordemos, perdió toda su fortuna al expresar públicamente su querencia por la tortilla de patata sin cebolla), ¿por qué ese desprecio implícito hacia Spawn? Para responder a esa pregunta (que trae consigo otras como qué o quién es Spawn, y eso sólo para abrir boca), debemos retroceder más de dos décadas al pasado, más concretamente a principios de la década de los 90.

La década de los 90, además de los nuevos 80 (¿estáis preparados para una nueva oleada de fanatismo nostálgico en torno a referencias culturales de gente que ni siquiera las recuerda de primera mano? ¡Ya os digo yo que no!), es el equivalente a la Edad Media para los cómics. Si los 40-50 se consideran como la Golden Age del cómic americano (más por sentar las bases de la industria durante décadas), y los 60 se consideran como el comienzo de una Silver Age (con la explosión creativa marvelita) que se cierra con el fin de la inocencia que supuso la muerte de Gwen Stacy (inaugurándose tras ella la Bronze Age), los 90 son generalmente considerados como la Dark Age del comic-book americano.

Alguien no lleva muy bien las críticas, también.
Por supuesto, esto no fue un proceso inmediato ni integral. Los 80 guardan entre sus páginas mensuales grandes etapas e historias, algunas de las cuales se consideran entre las mejores de determinados personajes; los 90 tuvieron también grandes etapas que son aún recordadas con cariño y admiración a día de hoy. Sin embargo, globalmente, la llegada de una nueva generación de dibujantes de estilo rompedor y proclive a la espectacularidad supuso una ruptura en el tradicional equilibro creativo entre guionistas y dibujantes; las colecciones empezaban a despuntar por los característicos lápices de estos últimos, en detrimento de los guiones. El mercado especulativo y un público anhelante de escenas violentas, antihéroes, pistolones, bandanas y hombreras, anatomías imposibles e hipersexualizadas y sonrisas de dientes apretados hicieron de oro muy especialmente a Marvel, que en más de una ocasión (especialmente con números 1) veía volatilizarse en los quioscos de tiradas de millones. Ni la calidad artística ni las historias importaban. Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos.

Hola, soy Charles Dickens, y apruebo este flagrante plagio de mi obra Historia de dos ciudades.
Y después, la burbuja explotó. No la burbuja especulativa (esa resistiría aún en inflación durante algunos años más, cuando pondría el mercado patas arriba y a Marvel casi en bancarrota), sino la debacle inmediatamente anterior: la desbandada de 5 de los artistas más hot de toda Marvel para crear su propia editorial, Image. Entre ellos estaba Jim Lee, que había revolucionado (y finalmente dinamitado) la Patrulla-X de Claremont; el infame Rob Liefeld, que había redefinido a los Nuevos Mutantes como el equipo paramilitar X-Force (léase exclamativamente con un tono a lo “¡Action Man!”); y por supuesto, Tod McFarlane, que reinterpretó a Spiderman en los 90 con sus características telarañas estilo spaghetti. Lee y McFarlane tenían bastante en común: ambos habían triunfado en sus respectivas franquicias (la mutante y la del trepamuros, respectivamente) hasta tal punto que habían pasado de dibujantes titulares a tener sus propias colecciones hechas a su medida, los dos tenían tras de ellos una legión de imitadores de su estilo (con los que Marvel intentaría luego suplir su ausencia), ambos daban pingües beneficios a la (ejem) Casa de las Ideas y, lo más importante, ninguno de los dos se beneficiaba en demasía de ello.

La Image Revolution (como la denominan en el documental homónimo que narra la creación y primeros días de la nueva editorial) estaba firmemente anclada en tres principios básicos: libertad creativa, propiedad intelectual y, por último, aunque no menos importante, la pasta. McFarlane y los suyos ofrecían a sus colegas la posibilidad de crear y dirigir sus propios personajes conservando sus derechos de autor y cobrando por la reedición o utilización posterior. En suma, toda una golosina para autores acostumbrados a tener que trabajar con los juguetes de los demás bajo directivas editoriales, obteniendo el mínimo beneficio tuviera o no éxito su trabajo. Y es aquí donde, acompañada del liefeldiano supergrupo Youngblood llega Spawn, también en su propia cabecera, como punta de lanza de la recién nacida Image. Spawn, nacido de la mente y mano de McFarlane, dinamitó las listas de ventas norteamericanas con su número 1, la presentación en sociedad de un (como no) nuevo antihéroe.

Hola, soy el nuevo, y he vendido 1 millón 700.000 copias en mi primer mes.
Spawn era en realidad Al Simmons, un agente del gobierno yanqui en zonas de guerra muerto en acto de servicio y resucitado por el demonio Malebolgia con la promesa de volver a ver a su mujer, Wanda. Simmons pronto descubriría la letra pequeña del acuerdo: renacía, sí, pero como un desfigurado muerto viviente que, 5 años después de su fallecimiento, se encontraba con que su mujer había vuelto a casarse con el mejor amigo de Al, y le había dado una hija. Por si esto fuese poco, Malebolgia revelaba que le había escogido como a uno de los capitanes de su ejército infernal en guerra con el Cielo, y que cada uso de sus poderes le acercaba más a la condenación total de su alma. Spawn lucha por adaptarse a todas estas tesituras mientras se refugia de sus miserias junto a vagabundos de los callejones de Nueva York. Decididamente, estos no eran los superhéroes de tus padres; no era una historia que contarías a tus niños, pero los adolescentes la adoraron.

La historia en sí no era mala, sino fruto de su tiempo. Ni siquiera la propia Image en sus inicios era tan deficiente como se nos ha querido dar a entender; algunos de sus dibujantes (el propio McFarlane, Erik Larsen) realmente tenían algo que contar, y de todas formas, permitieron una libertad artística a sus autores como no se veía en el mundillo desde hacía décadas. Spawn (que continúa hoy día, y ya ha superado su número 250) es la Image de los 90, pero también el primer paso para convertirse en la tercera editorial más importante del mundillo, y actualmente el principal baluarte del cómic independiente en el mercado norteamericano. ¿Sois aficionados al fenómeno The Walking Dead? Podéis agradecerle a Image su misma existencia.

Dos hijos de la misma madre: el noventero Spawn y el hoy archiconocido Rick Grimes.
Pero juzguemos los 26 primeros números de esta colección por méritos propios. El dibujo es claramente noventero (oscuro, impactante, con capas imposiblemente grandes y viñetas que casi salpican al lector), pero no estamos hablando de los excesos de Liefeld (aunque puedan encontrarse varias de sus paradigmáticas sonrisas de dientes apretados). En cuanto al guión, aparte de la cuidadosa guía de su creador McFarlane, la reunión de guionistas verdaderamente impresiona al entendido del cómic.

En estos dos tomos podemos encontrar historias de la pluma de Frank Miller (creador de 300 y Sin City), Neil Gaiman (autor de The Sandman, joya de DC de la época), Dave Dims (creador de Cerebus), Grant Morrison (guionista metatextual por excelencia) e incluso al maestro Alan Moore (Watchmen, V de Vendetta, La cosa del pantano). Puede que no sean sus trabajos más destacados, pero han contribuido con sus pinceladas (una de las creaciones de Gaiman, la cazadora de demonios Ángela, ha sido integrada recientemente en Marvel tras años de litigios) a un rico entramado de amenazas místicas, miserias humanas, luchas de poder y, en última medida, confrontaciones entre el bien y el mal que empapan las distintas subtramas de Spawn.

Spawn: ¿peligro o amenaza?
En definitiva, no arriesgarte a leer Spawn por la leyenda negra que le rodea es como hacer caso a las recomendaciones paternas de que te alejes cuanto antes de ese colega tuyo con malas pintas y nacido en un hogar desestructurado, aunque tú sepas que tiene buen fondo. Por mi parte, yo seguiría quedando con él de vez en cuando para tomar unas cañas y echarnos unas risas. Personalmente, yo continuaría leyendo a este Spawn.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Doctor Who 8x04 - Listen

A Stephen Moffat, productor de Doctor Who desde la quinta temporada de su relanzamiento, le amas o le odias. Decía el adjetivado Bóinez que es el productor más sobrevalorado desde Nolan, y no sé si no le igualará también en público que le tiene en su punto de mira. Desde que tomó las riendas del último Señor del Tiempo, muchos han sido los que han criticado el rumbo que ha tomado la serie (mientras que otros están encantados). Pero al margen de sus grandes planes, lo cierto es que donde Moffat brilla con luz propia es en los episodios individuales, donde dan luz verde a sus ideas más “experimentales” (abro comillas para que nadie se vaya esperar algún rollo cine europeo incomprensible). Pequeñas joyas de la serie como The Girl in the Fireplace (donde mezcló las aventuras del Décimo Doctor con el entorno versallesco) y sobre todo Blink (la presentación en sociedad de los ángeles llorosos, unos alienígenas incapaces de moverse hasta que dejas de mirarlos), quizás su episodio más recordado, destacan entre los episodios más populares de la serie. Listen combina lo potencial de estas dos facetas… Poder ser recordado como uno de sus mejores momentos, y encontrarse con que una parte de sus seguidores lo consideren una patochada. Veamos porqué, en un desglose más abultado de lo habitual. Y agárrense, que vienen spoilers.

Ya hemos visto de sobra en la serie como para que el Doctor esté medianamente equilibrado, le conviene estar acompañado (y sin haberlo deseado, me ha salido un pareado; demándenme). Al Doctor le gusta exhibirse, le encanta demostrar su superioridad intelectual ante otros exhibiendo sus conocimientos en voz alta, cosa que no puede hacer cuando nadie le acompaña… ¿Pero por qué lo hace igualmente? ¿Por qué cualquiera habla en voz alta estando solo? ¿Puede ser que ni él ni nadie estén realmente solos en ningún momento? Deduciendo que si hay seres que han evolucionado para desarrollar el ataque o la defensa perfecta, el Doctor concluye pensando que por lógica debe de haber un ser vivo que, adquiriendo el camuflaje perfecto, nos acompañase durante toda nuestra vida sin apenas percibirlo. Es lo que nos hace que se nos ericen los pelos de la nuca, lo que provoca que intentemos llenar el silencio solitario con nuestra propia voz, lo que nos hace temer la oscuridad. También es el siguiente objetivo del Doctor.

Debajo de mi cama hay otra cama, es bastante tranquilizador.
Recogiendo a Clara tras el final de una primera cita horrible con otro profesor de su colegio, Danny Pink (que ya había sido presentado en Robots of Sherwood), el Señor del Tiempo explica cómo a lo largo de toda la Historia de la humanidad, ha habido registros de sueños en los que algo, oculto bajo la cama, agarraba el tobillo del soñador. La misma Clara admite haber tenido un sueño así, y el Doctor se hace el loco respecto a su propia experiencia. Conectando a Clara a los circuitos telepáticos de la TARDIS para guiarla a la noche en la que tuvo ese sueño en particular, una llamada de Danny provoca que terminen inadvertidamente en el orfanato de la infancia de éste. Mientras el Doctor investiga por su cuenta, contrastando con uno de los responsables otros misterios cotidianos (televisiones que se apagan solos, cafés que no están donde se supone que deberían), Clara se encuentra con el joven Rupert Pink (aparentemente cambió su nombre a posteriori), con miedo a dormir por lo que pudiese haber debajo de su cama. Clara le convence para meterse ambos bajo ella para demostrar que no hay nada que temer, y ese es el momento en el que los dos notan el peso de algo que se sube encima de ella.

El Doctor llega a la habitación para encontrarse un bulto de algo vivo bajo una manta. Convence a Clara y Rupert de salir bajo de ella y darle la espalda al ser encima de la cama; podría ser otro de los huérfanos del edificio, pero si no lo fuese, un ser evolutivamente dirigido a esconderse sólo vería como amenaza a una persona intentando descubrir cómo es. El Doctor consigue convencer a Rupert de dar la espalda a lo que más teme diciéndole que el miedo es un superpoder; con miedo, cualquiera puede reaccionar y correr más rápido, defenderse más fuerte que nunca. Después que lo escondido bajo la manta abandone la habitación, Clara y el Doctor se van, no sin que la primera deje para proteger a un ejército de soldaditos rodeando la cama para que nadie entre bajo ella. Dirigiéndolos, Clara deja a un coronel sin arma, el soldado tan valiente que no necesita ningún arma para mantener a todo el mundo a salvo; Rupert lo bautiza como Dan.

"Para mi siguiente truco... ¡Un monstruo colcha!" Stephen King llega a Doctor Who.
Tras irse, Clara pide al Doctor que le ayude a volver a tiempo justo después de abandonar su cita. Sin embargo, lo extraño de la situación no ayuda a que ésta llegue a buen cauce; Clara incluso se ve obligada a irse después de ver como un astronauta le hace señas. Para cuando regresa a la TARDIS, se encuentra con que el rostro bajo el casco no es el del Doctor sino aparentemente el de Danny. Aunque no calma su incomodidad, pronto se le revela que es en realidad un descendiente de éste, el coronel Orson Pink, el primer viajero del tiempo oficial de la Tierra. El Doctor explica cómo la TARDIS, aún ligada en relación con su joven ancestro, le llevó al fin del Universo mismo, donde el coronel Pink había terminado en su primer viaje con una especie de cañón temporal. Al final del tiempo, el Doctor hipotetiza que la misteriosa entidad que persigue debía de permanecer fuera, rodeando el último ser vivo del Universo.

Mientras Clara descubre determinadas cosas que la inquietan cada vez más. Orson habla de que viajar en el tiempo está en sus genes, por historias supuestamente inventadas que le contaba uno de sus bisabuelos. También conserva al soldado Dan como herencia familiar, una especie de amuleto que devuelve a Clara, reconociéndola de las historias de su antepasado. Mientras tanto, el Doctor está decidido (obsesionado, quizás) con abrir la puerta de la nave y enfrentarse a los seres que esperan fuera, sean quien sean; obliga a Orson y Clara a refugiarse dentro de la TARDIS y comienza la apertura de la escotilla. Ambos consiguen salvarle antes de que la descompresión le expulse al exterior, pero el Doctor queda inconsciente en el interior de su propia nave, y los ruidos procedentes del exterior parece ser algo intentando entrar. Utilizando de nuevo los circuitos telepáticos de la TARDIS, Clara consigue hacer que viaje a otro lugar lejos de allí.

TARDIS, cosechadoras, tres o cuatro empacadoras.
Saliendo en el interior de un granero, Clara encuentra a un niño llorando bajo las mantas de una cama, que no responde cuando le llama Danny, ni Orson. De pronto, una pareja entra en el granero, y Clara se esconde bajo la cama para no ser descubierta. El hombre dice que nunca se unirá al ejército llorando continuamente, la mujer, que el niño no quiere unirse al ejército… El hombre replica entonces que no puede ir a la Academia; con esa actitud nunca será un Señor del Tiempo. Sabiéndose en Gallifrey ante un jovencísimo Doctor, Clara le agarra inconscientemente de los tobillos para evitar que éste mire debajo de la cama. Susurrándole que es un sueño, y que debe volver a dormirse, Clara convence al joven, pero es incapaz de dejarle solo, llorando en su cama. También ha reconocido el granero donde el Doctor en la Guerra del Tiempo estuvo a punto de aniquilar a toda su gente en The Day of the Doctor. Y sabiendo lo asustado que estaba esa encarnación del Doctor, le cuenta la historia de cómo el miedo es un superpoder… Y le anticipa cómo algún día volverá a ese granero con mucho, mucho miedo, pero si es lo bastante sabio y fuerte, el miedo no le volverá cobarde ni cruel, sino que puede hacerle amable y compasivo.

Clara regresa a la TARDIS, en donde echa en cara al Doctor si ha pensado en la posibilidad de que no haya nada ahí fuera, salvo su propio miedo a la oscuridad. Tras hacerle prometer que se irán y no mirará donde habían estado, los viajeros alcanzan su final (de episodio) feliz: Orson regresa a su tiempo, Clara se reconcilia con Danny, y el Doctor parece satisfecho con haber aprendido (recordado) que es el miedo quien nos acompaña en todo momento, y que siempre lo hará, aunque aprenda a ocultarlo. La serie ya nos había dado varios episodios casi sin el Doctor, explorando su influencia. Sin embargo (y creo que por primera vez), Moffat nos trae un episodio sin antagonista, más allá del miedo. El miedo a la oscuridad, que también es el miedo a la soledad, el miedo a lo desconocido. El miedo a entablar relaciones (ese beso de Clara a Danny, enseñándole porqué estaba tan nervioso), que no es tan distinto al miedo a la responsabilidades de las que el Doctor lleva huyendo toda su vida.

Steven Moffat continúa redefiniendo a su personaje fetiche con este episodio.
Moffat, como fanboy que ha conseguido la máxima aspiración de narrar las aventuras canónicas de su héroe, le ha reconstruido tal y como considera que debe ser. Pero la retrocontinuidad es literal en la vida de un viajero del tiempo como el Doctor. En este episodio no sólo podemos ver algunas de las bases de su personalidad a lo largo de prácticamente todas sus encarnaciones sino que esta aventura sienta algunas de estas bases. La mirada del joven Doctor hacia las estrellas como vía de escape, en su huida constante de responsabilidades, la primera de ellas aparentemente el alistarse en el ejército. La aversión hacia éste, que junto al miedo a la oscuridad le hacía llorar hasta dormirse, junto con la idea de un soldado “lo bastante valiente como para no llevar armas” aún se ha podido ver en tiempos recientes (en Into the Dalek rechazaba aceptar una nueva acompañante sólo por ser soldado). Y por último, su identificación con aquellos incapaces de defenderse, una compasión que aquí vemos nace de los consejos de Clara en torno al miedo, incluso la promesa que se nos reveló ocultaba el nombre de Doctor (nunca ser cruel, nunca cobarde, nunca abandonar, nunca rendirse).

Pero, más allá del tema del miedo, bien llevado a distintos niveles, ¿funciona como debiera el final tramposo de Moffat? Es cierto que el peso del episodio recae en gran medida en su final, y probablemente ningún monstruo hubiese sido capaz de igualarlo, ¿pero es coherente? El episodio se empeña en ir dejándonos caer, durante todo el metraje, explicaciones perfectamente racionales a todas las supuestas pistas que deja el pretendido enemigo imperceptible. Algunas son un poco cogidas por los pelos (el niño debajo de la manta, esperando paciente ante los discursos del Doctor sobre el miedo, o para que se vaya, no parece exactamente un comportamiento infantil estándar, aunque bien podría estar también muerto de miedo bajo la tela), mientras que otras, bien mirado, se nos muestran como racionalizaciones del Doctor hacia lo extraño de sucesos cotidianos, quizás porque el miedo en lo costumbrista es el que más fácilmente nos aferra.

Algunos mantienen que toda esta incertidumbre está dirigida como un binomio argumental para el espectador, que puede elegir si los monstruos perseguidos por el Doctor son reales o no. Sin embargo, es difícil mantener la tesis de que exista realmente un antagonista imperceptible que pueda ser reutilizado más adelante (como ya hiciera Moffat con los Ángeles, o los sacerdotes del Silencio, olvidados cada vez que dejabas de mirarles) sin que toda la historia contada en Listen pierda toda su fuerza. La serie ya trató hace un par de años el miedo de un niño a los monstruos en la oscuridad en Night Terrors, pero allí sí había monstruos a los que superar venciendo ese miedo. La moraleja (si podemos llamarla así) de este episodio es ligeramente distinta: el miedo no es necesariamente un enemigo a ser vencido, sino un compañero constante que puede ayudarnos u obstaculizarnos, en la medida en que le dejemos.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Doctor Who 8x03 - Robots of Sherwood

Tras los primeros episodios de la temporada, más introspectivos, y dado el avance de la semana anterior, Robots of Sherwood parecía anticipar un episodio más de la serie, intrascendente y divertido. Sin embargo, durante el mismo podemos encontrarnos nuevas pistas de cara a la subtrama de esta octava temporada, asimismo como un nuevo paso en este viaje de autodescubrimiento del nuevo Doctor. La trama empieza de forma sencilla: el Doctor le ofrece a Clara un viaje al lugar y época que prefiera, y esta pide conocer a Robin Hood, su héroe de infancia. Pese a la reticencia del Doctor, que ni siquiera cree que éste haya existido jamás, ambos viajan a los alrededores del Nottingham del siglo XII… Para encontrarse de bruces, como no podía ser de otra manera, con el célebre forajido del bosque de Sherwood.

En serio, estos carteles de cada episodio son maravillosos.
A partir de ahí, encontramos una divertida dinámica con Robin y sus alegres compañeros y la escéptica y grosera actitud del Doctor hacia ellos, en contraste con la delicia de Clara en un entorno de cuento. El Doctor se pasa una gran parte del episodio desconfiando de su entorno e intentando demostrar que es falso y artificial (un parque temático alienígena, una recreación histórica en un miniscopio, lo que sea), porque, como le dice a Clara (que responde con una socarrona sonrisa), héroes así sólo existen en las historias. Una lástima que el título del episodio, por sugestivo que sea, ya nos arruine la sorpresa de sí en realidad hay algo oculto en todo esto o no. Por mi parte, hubiese disfrutado de que la serie intentase hacer un episodio en el que el único elemento de ciencia-ficción fuese el viaje en el tiempo, un retorno a las historias puramente históricas de sus comienzos.

El otro elemento de choque entre Robin y el Doctor (dejando aparte las constantes carcajadas del primero), parte de un mero choque de egos. Hemos visto sobradas veces cómo la personalidad de cualquier Doctor choca instintivamente con alguien que también esté acostumbrado a llevar la voz cantante y que pueda hacerle sombra, incluido él mismo: en la etapa actual de la serie hemos podido verlo entre el Noveno Doctor y el capitán Jack Harness nada más conocerse (en la historia doble The Empty Child / The Doctor Dances), y más recientemente el más o menos amistoso pique entre los tres Doctores aparecidos en el especial aniversario The Day of the Doctor. Este contexto nos permite por primera vez en esta encarnación, y de forma bastante divertida, contemplar la inmadurez rozando lo infantil del Doctor, cuyas muestras de egolatría hasta el momento se nos había mostrado únicamente distante, arrogante y sin tacto.

El Doctor tiene poca paciencia con Robin Hood y sus alegres camaradas.
La trama sci-fi del episodio está hecha, adrede, con reminiscencias a lo que ya hemos visto en el primer capítulo de la temporada: una nave del futuro estrellada en otro tiempo, reconstruyéndose para poder alcanzar su destino, “la tierra prometida” de la que sin duda sabremos más con el tiempo, y a la que ya hemos visto llegar a dos finados anteriormente (el hombre de la media cara en Deep Breath y un soldado caído en Into the Dalek), recibidos por esa misteriosa Missy que dice ser la novia del Doctor (¿nos espera un reencuentro con una exnovia desequilibrada?). La vuelta de tuerca en este caso es que no están reconstruyéndose a sí mismos sino a la nave, y no con piezas humanas sino requisando todo el oro local gracias a la influencia del sheriff de Nottingham, para así arreglar sus circuitos. Por supuesto, todo el proceso permite a la serie recrearse sin mayores pretensiones en tópicos del género como el encierro y huida de un calabozo (sazonada con las constantes presunciones de los dos héroes) y las luchas a espada.

Pero en realidad, el meollo del capítulo se encuentra entre su prólogo y su epílogo. Tras ver en anteriores episodios al Doctor intentar saber quién es en realidad, y dudar de sí es o no un buen hombre, llega el momento de mostrarnos, a través de los paralelismos entre Robin y el Señor del Tiempo, qué significa ser un héroe. Dos hombres nacidos en la opulencia, dejando su mundo atrás como fugitivos fuera de la ley, incapaces de soportar el sufrimiento de los inocentes… La descripción se adecúa tanto al arquero legendario como al Doctor (y a Buda, ya que estamos, pero no creo que lleguemos a ver nunca un crossover entre ambos), pero ninguno de ellos acepta ser un héroe. Lo importante, dice Robin al despedirse del Doctor, es que mientras ambos finjan ser uno, pueden ser la inspiración para que otros se conviertan en verdaderos héroes.

En cierta manera (recordemos quién inspira en último término la redención del The Day of the Doctor), Clara ya lo ha hecho. El Doctor es el héroe de Clara, aunque este niegue serlo, pero la definición de héroe rara vez es propia, sino concedida por otros. Lo que los espectadores ya hemos entendido, aunque el Doctor se resista a admitirlo, es que el heroísmo como inspiración es un camino de doble sentido: el Doctor es más heroico influenciado (o pudiendo ser juzgado) por sus acompañantes tanto o más que lo que sus acompañantes son elevados por su propios actos y moralidad. El egocéntrico Señor del Tiempo y la controladora humana son, cada uno a su manera, unos héroes de pies de barro, y los espectadores no lo querríamos de otra manera.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Víctor Manuel: 50 años no es nada

Cincuenta años de carrera musical no son moco de pavo, aunque el parafraseo de aquel tango de Gardel suene a huero desafío al reloj por parte de Víctor Manuel. El concierto que abrió las ovetenses fiestas de San Mateo 2014 (técnicamente lo hizo el pregón del cantante y su amigo Miguel Ríos) se prevía un éxito sin precedentes; menos de una semana bastó para agotar las 10.000 entradas, haciendo que se previera una segunda sesión al día siguiente (que reventó igualmente la taquilla). Son múltiples generaciones las que han disfrutado con la música del cantautor asturiano (me comentan que mi bisabuelo gustaba ya de ella en sus comienzos) a finales de los 60, y una gran variedad de ellas se dieron cita en la Ería este último fin de semana.


Víctor Manuel abrió el concierto con un par de canciones reminiscentes a sus primeros tiempos, La romería y La danza de San Juan. Este prólogo al espectáculo no sólo resultaba un guiño a sus fans más antiguos, a los que le conocieron en sus inicios costumbristas, sino también un delicioso homenaje a una realidad asturiana que, si bien no nos es del todo ajena, nos ha llegado adulterada por el paso del tiempo. Romerías, familias nucleares, fiestas de prao con más gaitas que altavoces y sidra y vino en lugar de refrescos y bebidas de garrafón, éstas canciones están más cerca de la realidad asturiana en la que se inscribe La dama del alba de Alejandro Casona que de la nuestra. Esta Arcadia feliz es apenas un fragmento de los modos y costumbres de una Asturias lejana, y quizás podría parecerle a alguno una idealización como la Irlanda de Glenn Ford en El hombre tranquilo, pero quien conserve cerca a suyo a sus mayores podrá encontrar abundantes historias de viejas aventuras de juventud en estas fiestas tradicionales que, con sus diferencias, aún perduran por toda nuestra provincia.

Pero no es la única faceta de la realidad asturiana que el mierense quiso evocar. Pronto recordó con el público sus visitas anuales con su padre a la fosa común en la que fue enterrado su abuelo, retomando su vertiente política con una Cómo voy a olvidarme que anclaba sus raíces en las tragedias de la Guerra Civil y la posguerra, pero con algunos versos (de las familias rotas, etc, etc) que no se han vuelto ajenos a España ante la triste realidad que asola a esta España de nuevo en plena crisis económica. Tuvo también un momento para recordar a su padre haciendo referencia a esas vías que fueron y son venas de nuestra tierra, con el El hijo del ferroviario y sus orígenes geográficos concretos con Por el camino de Mieres.

Víctor trajo consigo al escenario "puro talento asturiano" acompañándose con Chus Pedro (vocalista de Nuberu), el gaitero Hevia y Marisa Valle Roso, intercalando canciones netamente asturianas (Paxarinos, Cuélebre) con otras más duras. La interpretación de Marisa y Víctor de En la planta 14, que narra la subterránea muerte de unos mineros anónimos,y el triste espectáculo de compañeros, familiares y autoridades ante la tragedia, consiguió humedecer los ojos incluso al que suscribe, que no tiene ningún vínculo sentimental con la mina y sus trabajadores. El abuelo Vitor aunó más tarde los componentes de la dureza de la mina unidos al recuerdo de su niñez; quizás fuese apropiado que fuese Joan Manuel Serrat para acompañar a su amigo cantando, por una vez, de una infancia que no es la suya..

No faltó tampoco el recuerdo a la familia que el mismo construyó, además de los que le precedieron. Su mujer (la célebre Ana Belén, de nombre artístico) estuvo presente, esporádicamente, a lo largo de todo el concierto con canciones como Canción para Pilar o Nada sabe tan dulce como tu boca, pero también subió al escenario en varias ocasiones para acompañar a su marido en dos duetos clásicos de la pareja, como son Contamíname y La puerta de Alcalá. Los dos hijos del matrimonio no quedaron sin representación en esta celebración a la carrera de su padre: David (acompañante de su padre desde hace años, al teclado) puso su voz al servicio de la canción Bailarina, con su hermana Marina  en los coros durante todo el concierto. La enternecedora canción Nada nuevo bajo el sol, nostálgica mirada de un padre a una hija que ha crecido, había sido escrita a la medida de esta última.

Las mejores canciones de Víctor Manuel (y algunos de las mejores colaboraciones del concierto) son, por supuesto, canciones de amor. Historias de amores encontrados (Miguel Ríos acompañó al contar la bellísima historia amor de entre dos discapacitados de Sólo pienso en ti), truncados (A dónde irán los besos, ayudado por Luis Eduardo Aute) o perdurables (los componentes de Estopa nos salvaron, con su dignísima aportación a una de mis canciones preferidas de toda la música, Soy un corazón tendido al sol, de escucharla perpetrada por Pablo Alborán), si no cantos al amor mismo (Ay amor, que se valió únicamente del formidable vozarrón del cantautor, que no parece frisar los 70) que le dan a uno ganas de estar enamorado para sentirlas más dentro.

Apenas pudieron echarse en falta ninguna de sus grandes canciones (personalmente, sólo hubiese añadido el canto libertario De una sola manera se pronuncia tu nombre, y una historia de amor a la asturiana, Carmina, por la que siento cierta predilección), y difícilmente alguna colaboración más; además de los ya citados, se subieron al escenario Sole Giménez (voz de Presuntos Implicados), Ismael Serrano, el Gran Wyoming, Rosendo, Pablo Milanés, Pedro Guerra y así hasta 17 invitados.

Todos juntos salieron al final del concierto a cantar con su anfitrión la canción Asturias (que ya había sido versionada previamente junto al cantaor Miguel Poveda).Una canción basada en un poema de Pedro Garfias, y que en palabras de Víctor Manuel, ya no era del autor de la letra original ni de él mismo, sino del público. Y como para corroborar esto, 10.000 voces arroparon el escenario siguiendo una canción ya inmortal, cerrando un concierto memorable, que no irrepetible. Al día siguiente, otras 10.000 personas esperaban su turno, mientras otras cuantas aún se lamentan por no haber podido ganarse su sitio en esta celebración de 50 años de canciones.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Casanova (de la BBC)

Esta producción de la BBC3 (la segunda filial de la televisión pública británica) narra en tres capítulos las aventuras (y desventuras) de Giacomo Casanova, el célebre galán italiano que, como nuestro don Juan, ha sustantivado su nombre como conquistador, libertino y rompecorazones por antonomasia. El buen hacer de las series británicas ya le da a esta serie (miniserie en realidad, Casanova se adapta al formato netamente británico de temporadas concisas de apenas tres episodios) un voto de confianza. 

A priori “terciaria”, y en ese sentido se supone que con un peor presupuesto del que goza la cadena madre (aunque siendo de principios del siglo XXI, el tema presupuestario es debatible por lo limitado aún de las producciones de la BBC), la serie trae consigo un número importante de caras (o nombres) conocidos: Russell T. Davies (el productor encargado de resucitar Doctor Who para el nuevo siglo), Murray Gold (compositor habitual de las producciones de la BBC, también a cargo de los acordes whovians), un jovencísimo David Tennant (en su trabajo inmediatamente previo a su ascensión a la fama por su papel como Décimo Doctor) y, por supuesto, el veterano Peter O’Toole (el celebérrimo Lawrence de Arabia, un actor clásico de excepción que apenas necesita presentación).

Un jovencísimo David Tennant, interpretando a un canalla encantador.

La narración se nos presenta de forma separada pero paralela: un envejecido Casanova (Peter O’Toole), en el ocaso de sus días, escribe sus memorias mientras sobrevive como bibliotecario de un noble cuyo nombre no se nos revela. Intrigada por la posible relación del anciano con el legendario donjuán (¿veis lo que he hecho?), una joven doncella del castillo comienza a interesarse por sus andanzas, y él a relatárselas.

El contraste entre las dos edades de Casanova está perfectamente marcado. David Tennant encarna a un joven Casanova locuaz, parlanchín y carismático (rasgos que compartirá posteriormente su interpretación del Doctor), lleno de energía; Peter O’Toole nos muestra un Casanova más contenido pero no por ello menos carismático, un anciano que, en sus últimos días, sabe más por viejo que por diablo.

El contemplar en primera persona las peripecias del joven Casanova nos permite hacer nuestros propios juicios de valor sobre el personaje, más allá de sus propias opiniones. Otro nuevo contraste entre el mediodía y el crepúsculo del personaje: en su juventud acepta libremente su condición de conquistador (Señores, -llega a decir huyendo- sólo hago esto por que puedo hacerlo. No me culpéis; lo cierto es que si pudieseis... ¡Haríais lo mismo que yo!), en la vejez se muestra orgulloso e impenitente por ello, pero realzando la condición monstruosa de sus hazañas (toda una vida movido de un sitio a otro por esta estúpida cosa colgante, dice más o menos hablando de su pene).

Peter O'Toole, interpretando al libertino por antonomasia en sus últimos días.
Terminando en la República de Venecia sin medios de subsistencia, el joven Giacomo pronto aprenderá de la misteriosa Henriette la clave para integrarse en la alta sociedad de Venecia: que todo el mundo finge para encajar. Este hecho resultará fundamental y reiterativa a lo largo de los relatos de juventud de Casanova: la presencia de Henriette (que se revelará como la prometida del duque de Grimaldi), y el ascenso social en distintas cortes y círculos sociales a golpe de carisma y fingimiento. Porque, si de algo se revela capaz en sus memorias Casanova, no es únicamente de seducir a mujeres de toda clase, edad y condición, sino también de su asombrosa capacidad para multiplicar su fortuna, y la misma habilidad para arruinarse por completo. La serie bien podría titularse Auges y caídas de Giacomo Casanova.

Pero lo interesante de esta serie no se reduce únicamente a las aventuras en vivo, alejadas de cualquier reflexión adjunta. La traslación al presente del protagonista permite profundizar en su psique y sus valores, a través de diálogos casi platónicos entre el anciano Casanova y la doncella que nos permiten profundizar en la auténtica persona detrás del mito. Como si se tratase de un conflicto directo entre las dos edades del hombre, existen tres versiones de la historia: la narración en primera persona con la que contemplamos el pasado, contra el duro juicio que se hace a sí mismo el avejentado galán, con el punto de vista externo y objetivo de la doncella. En el espectador queda una valoración u otra (hedonista, condenatoria, redentora) de la figura de Giacomo Casanova, pero lo cierto es que el trasfondo que nos presenta la serie es el de una figura trágica.

Casanova revive con el relato de sus andanzas.
Casanova no es un sátiro libidinoso, no es una figura arrogante como lo era el Tenorio, que alardeaba de sus atentados contra el honor. Casanova ama, o cree amar, a todas las mujeres con las que comparte lecho, las seduce no engañándolas sino (como pronto aprende) escuchándolas y comprendiéndolas. Esta interpretación del mito, que a priori pudiera sugerir una dulcificación del personaje, no hace sino realzar su tragedia y patetismo.

¿Sabe Casanova lo que es el amor? Es difícil decir, a lo largo de todos sus periplos vitales, si está verdaderamente (fugazmente) enamorado de sus conquistas, o meramente de la conquista en sí, si su sentimiento (que ocasionalmente nos parece verosímil) es indivisible del desafío que supone conseguir a una mujer. Es algo a lo que lo intrínseco del personaje parece negarnos la respuesta.Amoral en lo amoroso, irresponsable en organizar su vida, ególatra en lo personal, Casanova es incapaz de abrazar o incluso apreciar el auténtico amor cuando éste se le presenta a su alcance. La práctica totalidad de sus amistades bailan al son de sus ascensos y caídas en desgracia, el grueso de sus compañeras de cama no son más que registros en su historial, los frutos ilegítimos de sus relaciones no son sino elucubraciones numéricas de los bastardos que pueda haber engendrado.

El retrato vital de Giacomo Casanova, aunque sin intención explícitamente moralizante, bien podría haber sido diseñado como retrato moral (quizás de una forma excesivamente picantona para el género, que no para nuestros estándares actuales, salvo los más puritanos) de un predicador a sus parroquianos. En su vejez, enfrentado finalmente a las responsabilidades y consecuencias de su estilo de vida, Giacomo no es un hombre roto pero sí acabado, un hombre irredento porque considera que su encauzado descenso a los infiernos, por su propio pie, le sitúa más allá de la redención.

Para la caída del telón de este galán no hace falta un convidado de piedra.


Reconozco que no esperaba gran cosa de esta miniserie británica, atraído únicamente por la posibilidad de contemplar a un David Tennant menos maduro como actor. Afortunadamente, me esperaba una grata sorpresa. Casanova no es una obra maestra, pero sí una producción notable de la televisión pública del Reino Unido. La narración paralela nos permite disfrutar de las actuaciones de dos grandes actores: Tennant hace creíble el descaro y la picaresca del joven Casanova, al tiempo que O’Toole consigue transmitir al trasnochado galán el orgullo y el autodesprecio necesario para la narración con la fuerza interpretativa que se espera de un autor de su calibre.

Mención especial merece la recreación del entramado y el vestuario de época. Es muy posible que un historiador especializado en la iconografía y vestimentas del siglo XVIII en el que se enmarca la historia pudiese hacer una crítica sobre lo adecuado o no de los ropajes y la ambientación. Sin embargo, a ojos inexpertos y ajenos a la verosimilitud histórica a este respecto, lo cierto es que funcionan al crear ambiente, desde las oleadas de color de la mayoría de las cortes europeas hasta la sobriedad de los entornos más humildes.

Casanova escuda carisma, cierta valentía y el deseo de hacer las cosas bien, y son tres cualidades admirables para una producción, digamos, de segunda división. Si el XXI es verdaderamente el siglo del cine seriado en la pequeña pantalla, no podemos sino tener la esperanza de que alguien decida emular este éxito en nuestro país resucitando a don Juan Tenorio en la televisión siguiendo los mismos estándares de calidad.

martes, 9 de septiembre de 2014

Doctor Who 8x02 - Into the Dalek

Tras la presentación en sociedad del nuevo Doctor, la serie (y nosotros) continuamos para bingo. Y la serie lo hace con una declaración de intenciones que parece ser la de esta nueva temporada y encarnación de su protagonista: enfrentarle a su propia oscuridad. ¿Y qué mejor para ello que ponerle cara a cara una vez más con sus peores enemigos, los Daleks?

Miss me? Probablemente no, salen cada poco en la serie.
Los Daleks, ridículos para algunos, emblemáticos para la serie desde su primera aparición en 1963, han sido un enemigo recurrente durante las dos grandes etapas de la serie. Pero como enemigo recurrente, quizás los más interesantes de sus enfrentamientos sean los primeros de cada nueva encarnación del Doctor. El Noveno Doctor, sufriendo muy probablemente un trastorno postraumático tras la Guerra del Tiempo, sabiendo que había destruido a su propia raza sin haber acabado con la Dalek, mostró un profundo terror en su primer encuentro pero también ira... Una ira que el Décimo y el Undécimo Doctor no ocultaron al encontrárselos y saber que, pese a sus derrotas, no pudieron evitar que volviesen a medrar. El parecido semántico entre Into the Dalek e Into the Darkness no es casual: es hora de que el Duodécimo Doctor se enfrente a su peor pesadilla.

No se si es oficial, pero si no, la BBC debería contratar a quien hace estos posters.
Por casualidad, el Doctor se encuentra con una nave militar escondiéndose en un cinturón de asteroides de una flota Dalek. Identificándose como habitualmente, los militares le toman como médico y le enseñan su técnica de nanominiaturización para entrar dentro del paciente (a lo Viaje Alucinante, el Doctor incluso deja caer que es una buena idea para una película). La única complicación es la identidad del paciente o mejor dicho la raza, Dalek. El Doctor está a punto de abandonar la nave y al Dalek herido que han recogido a su suerte, cuando se encuentra con que el Dalek en cuestión profiere amenazas de destrucción contra su propia raza.

Esto es lo que el Doctor considera como “un Dalek que se ha vuelto bueno”, un “Dalek moral”, simplemente porque ha cambiado su tradicional misión del exterminio racista Dalek al autoexterminio de su propia raza. Con sus propias dudas al respecto de la posibilidad de un Dalek que no sea malvado, e incluso de sí él mismo es un buen hombre, el Doctor accede a participar en la operación y, junto con Clara y algunos militares, es introducido en la armadura tecnológica que rodea y apoya al Dalek orgánico per se.

Con un poco de azúcar, la píldora que os dan pasará mejor.
Después de ciertos problemas con los anticuerpos de la armadura, el Doctor logra comunicarse con el Dalek, intentando entender qué ha cambiado, qué puede haber hecho que un Dalek abandone su autoinculcada filosofía xenófoba. Ante el relato de Rusty (como el Doctor le bautiza) de haber encontrado la belleza en el nacimiento de una estrella, dándose cuenta que la misión destructiva de los Daleks es inútil puesto que el resto de la vida siempre prevalece, el Señor del Tiempo permanece escéptico. Incluso cuando reparar la fuga de radiación que envenenaba al Dalek le devuelve a su antiguo y violento ser, el Doctor se regocija, como le acusa Clara, de haber demostrado que no pueda existir un Dalek bueno y sobre todo, haber demostrado que él tenía razón frente a los demás.

Mientras el Dalek se dedica a masacrar a la tripulación de la nave y llamar refuerzos, el Doctor se pone en marcha y decide activar los recuerdos reprimidos que supuestamente hicieron ver la luz a Rusty, para así devolverle a la cordura. El último paso conecta la mente del Doctor con la del Dalek, y su triunfo supone aquí su mayor derrota: las imágenes de la mente del Señor del Tiempo inundan de la sensación de belleza del universo al Dalek, pero pronto se ven sustituidas por el sentimiento de odio hacia ésta raza. Del maravillarse por lo que el universo tenía que ofrecerle más allá de destrucción y genocidio, el Dalek reafirma su “brújula moral” en el exterminio de sus congéneres, salvando a los tripulantes humanos de la nave.

Poco antes de que el Rusty abandone la nave para continuar con su misión de exterminio, se pregunta por qué el Doctor no está satisfecho con su victoria. Abrumado porque haya sido el propio odio de su interior el que impidiese redimir completamente a un Dalek, responde que la victoria hubiese sido conseguir un buen Dalek; Rusty replica que él mismo no es un buen Dalek, pero el Doctor sí. Sin saber sin considerarse a sí mismo un buen hombre, el Doctor ve ratificado su odio a niveles admirables para la raza que lo desata.

Haters gonna hate.
Este episodio nos sirve para saber un poco más de este nuevo Doctor, que ha heredado algunas de las taras de sus anteriores encarnaciones. Su odio hacia la raza Dalek y lo que representan ha sido continuo incluso desde antes de la Guerra del Tiempo, pero su forma de ser nos retrotrae más bien a su primera encarnación. El Doctor siempre ha sido un showman, en el sentido de que necesita demostrar al resto de personas lo inteligente que es mientras los salva, pero el Primer Doctor era especialmente notable en esta egolatría, mirando por encima del hombro a todos los demás, mostrando indiferencia por las muertes de otros incluso mientras está intentando salvar sus vidas.

Aunque parece recordar cómo era antes de enfrentarse a los Daleks por vez primera (en la historia homónima, The Daleks, hace más de 50 años para nosotros, más de 1.500 años de vida para nuestro protagonista), el Doctor parece haber olvidado algunas de sus lecciones por el camino. Llegará a decir que cuando huyó su seudónimo no era más que un nombre, pero que cuando conoció a los Daleks supo lo que era en realidad: el Doctor no era los Daleks. Pese a ello, no es la primera vez que el odio del Doctor por sus enemigos le equipara a estos: en su primera aparición en la serie actual (el episodio Dalek, en donde encontraba un soldado superviviente a la Guerra del Tiempo), su oponente ya le hacía notar que sería un buen Dalek, como es elogiado por su odio a otra especie en esta Into the Dalek. La admiración Dalek es fruto de un concepto de belleza basado en el odio (como se nos dijo en Asylum of the Daleks) que bien podría salir directamente de 1984.

El que un Dalek pueda encontrar bello una creación no violenta (aunque, siendo el nacimiento de una estrella, eso es debatible) es un paso de gigante para una raza destructiva por instinto y reforzada técnicamente hacia el exterminio. El hecho de que el Doctor considerarse “un Dalek moral” como un Dalek dispuesto al genocidio de su propia especie, en lugar de simplemente un Dalek que hubiese visto lo erróneo de sus actos y quisiese ayudar a detenerlos (o un Dalek pacifista) es una muestra de cómo su propio odio enturbia su brújula moral. ¿Es la propia oscuridad interior del Doctor la que ha impedido la redención de un Dalek, y por ende, la posibilidad de que dicha especie pudiera abandonar la violencia y el odio, o Rusty era totalmente incapaz de superar sus instintos asesinos, únicamente redirigirlos hacia otro blanco? Incapaz de responder a ciencia cierta esta pregunta tras esta victoria pírrica-moral, al Doctor tan sólo le queda el consuelo de que Clara le diga (tras responderle a su pregunta diciéndole que no sabía si era o no un buen hombre), que al menos intenta serlo.

Clara, be my pal... Tell me, am I a good man?

viernes, 5 de septiembre de 2014

Guardianes de la Galaxia, ¿una nueva esperanza?

Guardianes de la Galaxia ha sido el salto de fe de Marvel Studios. Anteriormente, los éxitos en taquilla los habían conseguido con personajes señeros de la Casa de las Ideas, o al menos conocidos por los lectores de cómics mainstream, si no identificables por el público generalista. Guardianes de la Galaxia nace de una colección de tercera con personajes desconocidos incluso para muchos lectores, con una publicación irregular durante sus décadas de existencia, y en un ambiente espacial no utilizado (o tocado tangencialmente) por sus producciones. Con estas cartas en su mano, ¿qué podía tener por delante Marvel Studios? La respuesta es simple: todo por perder, pero también todo por ganar.

Se hacen llamar los Guardianes de la Galaxia. La aliteración es pegadiza.
La ciencia-ficción nunca ha dejado de estar de moda, de una forma u otra, en nuestros cines. Lejos de las más sesudas producciones, tendentes a lo filosófico, de los grandes autores del género en literatura como Isaac Asimov o Sir Arthur C. Clarke  el séptimo arte, más proclive a la espectacularidad visual que la palabra escrita, ha tendido más a la adopción y traslación del género de aventuras al espacio exterior (aunque esto no fuese óbice de compartir cama con géneros como el terror u otros cortes más intimistas, excepciones como el 2.001 de Stanley Kubrick o las Alien y Blade Runner, de Ridley Scott).

El espacio exterior, la última frontera (como así se la denominó durante la carrera espacial de la Guerra Fría) siempre ha tenido una especial conexión con la idea de aventura por el componente de exploración, quizás ligado a la expansión del Oeste americano. Para Marvel Studios, el espacio era también la penúltima frontera (quizás la última sea lo místico, próximo rumbo de sus producciones a medio-largo plazo con el Doctor Extraño como cabeza de playa) hacia la que dirigirse. Con un par de diferencias fundamentales con la conquista del Oeste: esta no es improvisada sino cuidadosamente planificada, y el terreno no es ignoto, sino ampliamente cartografiado en décadas de cómics Marvel; tan sólo debían redefinirlo.

De todos es sabido que Marvel ha planificado su estratégica cinematográfica como una intrincada partida de ajedrez (casi) contra el espectador. ¿Qué el público generalista reacciona más que positivamente a la presentación en sociedad de Iron Man? Marvel se prepara para cobrar de las rentas con las correspondientes secuelas, pero al mismo tiempo introduce más personajes para dar la campanada reuniéndolos a todos en un mismo filme. ¿Qué Los Vengadores resulta ser un pelotazo tanto para el público generalista como para el lector de cómics? Marvel prepara el correspondiente bis, pero al mismo tiempo decide arriesgarse con Guardianes de la Galaxia.

Y no le hacía falta arriesgarse. Después de la revelación de Thanos, el titán loco, como el enemigo en las sombras de los Vengadores en la escena postcréditos de la película, que lo cósmico iba a tener su traslación en el futuro de Marvel Studios estaba más que cantado. Y sin embargo, podría haber sido en una secuela de los Vengadores, sin necesariamente abrazar TANTO lo cósmico con Guardianes de la Galaxia.

En apenas un minuto extra de metraje de Los Vengadores, los marvelitas casi se lo hacen encima.
Porque en Marvel Studios no se han dormido en los laureles (y en esto es en lo que podrían fracasar sus competidores de DC-Warner): han inundado (tras el empujón inicial de la Patrulla-X de la FOX y el Spider-Man de Raimi) el mercado del cine con superhéroes, sí, pero actualmente se esfuerzan especialmente en diversificar sus géneros. Si Los Vengadores eran un popurrí superheroico y el Capitán América: el Soldado de Invierno un thriller político, Guardianes de la Galaxia es una space opera de las que hacen historia. Mejor aún; una space opera con los toques justos de comedia.

Has quien la ha calificado como la Star Wars de una nueva generación, y estoy parcialmente de acuerdo. El tuitero y sin embargo amigo Fósforo Blanco interpreta esta afirmación de una forma que la vuelva sin duda descabellada; es realmente complicado que Guardianes de la Galaxia tenga la repercusión y alcance que supuso la Guerra de las Galaxias desde sus inicios hasta sus 35 años recién cumplidos. Pero no debemos entender Star Wars tan sólo como hito en el género de la ciencia-ficción, sino como mito para una generación de espectadores, y en esto Guardianes de la Galaxia sí que puede aspirar al trono de Lucas.

"Su carencia de sutileza me resulta molesta, comandante".
La película tiene todos los ingredientes para fascinar tanto al niño que se siente en la butaca como al que se esconde en mayor o menor medida dentro de los adultos. Un protagonista canalla que intenta ocultar su buen corazón con chulería: preparado. Una banda de forajidos e inadaptados que se ven forzados a ser héroes: listos. Escenarios exóticos, alienígenas carismáticos, batallas espaciales: yep. Guardianes de la Galaxia no es una obra maestra, no es CINE con mayúsculas, pero tampoco aspira a ello. Es entretenimiento palomitero bien hecho, es acción desenfadada que decide no tomarse a sí misma demasiado en serio. Es muy probablemente el blockbuster del verano.

Os contaré una cosa. Fui a ver la película el día de mi cumpleaños con miedo, y aún conservaba ese sentimiento durante los primeros minutos del metraje. Tenía miedo de que una película coprotagonizada por un mapache con pistolones y un árbol con patas no me entretuviese. Tenía miedo de que alguien (el tiempo mismo, quizás) hubiese asfixiado a mi niño interior mientras dormía. Tenía miedo de estar demasiado viejo para esto.

Afortunadamente, me equivocaba. Marvel lo ha conseguido de nuevo. Guardianes de la Galaxia no es la película perfecta (el humor chirría en algún momento puntual, los villanos no brillan como deberían en comparación con los antihéroes), pero sí una película para toda la familia (las carcajadas puntuales en la sala eran plurigeneracionales), que puede disfrutar tanto el público generalista como el comiquero, que se encontrará en su salsa con una ingente cantidad de guiños, de principio a fin, al rico entramado espacial marvelita.

Awesome Mix vol. 1, el mejor repertorio de canciones que he visto en una película desde Watchmen.


Al final de la película se nos advierte que los Guardianes de la Galaxia regresarán, y el público no podría desear otra cosa. Marvel apostó fuerte por un proyecto por el que nadie daba dos duros (incluso yo temía que el film no cumpliese con el cada vez más omnipresente hype), y ahora está recibiendo su merecida recompensa en taquilla (por el momento, ya ha recaudado más de 500 millones de dólares, habiendo costado “apenas” 170 millones su producción).

Con un mercado cada vez más sobresaturado por las adaptaciones de cómic (uno de los próximos años prevé 9 nueve películas entre personajes de Marvel y la Distinguida Competencia, sin contar con las producciones televisivas), al menos sabemos que Marvel Studios no tiene miedo a diversificar su producción, ni a poner toda la carne en el asador para hacerlo. Y si no, preguntádselo a Star-Lord, el forajido legendario. No hace tanto, vosotros también hubieseis preguntado “¿Quién?”.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Doctor Who 8x01 - Deep Breath

Tras un breve cameo ocular junto a sus anteriores encarnaciones en el especial 50 aniversario de la serie, The Day of the Doctor y su debut como protagonista al final del especial navideño de 2014 (The Time of the Doctor) reinventando la nefrología desde el punto de vista estético, Peter Capaldi asume al 100 % su papel como el Doctor en el comienzo de la nueva temporada de la serie (la octava ya desde el reinicio de la misma en 2005).


Atrás quedan ya las tres temporadas del inefable Matt Smith, quizás el Doctor que más supo dejar entrever al alienígena protagonista como un alma de niño oculta en una persona muy longeva, dando pie a que lo interprete, adecuadamente, una persona de cierta edad (55 años frisa Capaldi, coincidentemente los mismos que William Hartnell, el Doctor original, al comienzo de la serie del 63) que recuerda haber sido fan del Doctor desde que era un niño.

Las noticias en torno al estreno del nuevo Doctor han insistido en recalcar algunos rasgos de su personalidad y forma de comportarse; intentaremos analizar si en este primer contacto con el duodécimo Doctor (con el permiso de John Hurt) estas supuestas directrices de personalidad se cumplen o no. En diversas entrevistas con el actual productor de la serie, Steven Moffat (quizás le recuerden de otras series como Sherlock, Jeckyll, o la propia Doctor Who desde su quinta temporada) y el propio Capaldi, se nos ha dejado entrever que éste será un Doctor más oscuro de lo que estamos acostumbrados, los trailers han dejado indicios de un Doctor que tiene un plan, admitiendo que ha cometido muchos errores en sus 2.000 años de existencia y que debiera hacer algo al respecto. Sin duda, esta interpretación más dura y decidida parece hecha a la medida del aspecto de Capaldi y sus fríos ojos acerados, pero suponemos que no signifique que vaya a perderse el componente cómico del Doctor: Capaldi es bien capaz de dar lugar a situaciones de comedia por comportamientos extravagantes, cualquiera que le vea (jovencísimo) en la comedia ochentera Un tipo genial puede atestiguarlo.

El propio Capaldi también ha declarado que no habrá flirteo alguno entre el nuevo Doctor y su acompañante, probablemente por la diferencia de edad entre ambos actores en el momento; aún está por ver como esto afectará a Clara, que reveló accidentalmente que sentía algo más que amistad por el Undécimo Doctor durante el episodio que supuso su canto de cisne. Todo esto y mucho más podemos encontrarlo en Deep Breath, el episodio inicial de la octava temporada de Doctor Who.

*Introducir ritmo de tambores y fanfarria habitual*
La última vez que tuvimos un episodio estrenando nuevo Doctor, allá por el año 2010 (The Eleventh Hour, magnífica presentación del Undécimo Doctor interpretado por Matt Smith), el episodio casi parecía un reboot de la serie (nueva temporada, nuevo Doctor, nuevo productor, nueva companion, y ruptura con los personajes de las primeras temporadas), lo cual facilitaba la accesibilidad de nuevo público a la serie. Este no es el caso que nos ocupa, más parecido al estreno del Décimo Doctor, David Tennant, en The Christmas Invasion (nuevo Doctor, pero misma acompañante y secundarios).

La segunda estrategia no es mala, al menos en este caso concreto. Después de la enorme campaña de promoción, a nivel internacional, del 50 aniversario de la serie, y el golpe de efecto de inmediatamente sustituir al actor protagonista, Steven Moffat (aún productor de la serie) decide quizás mantener varios componentes conocidos para el espectador que se subiese al carro a última hora (entre ellos, el llamado Paternoster Gang, el trío de detectivescos aliados del Doctor en el Londres decimonónico, que ya aparecieron en la primera parte de la trilogía de episodios The… of the Doctor en The Name…). Así, no sólo se mantiene la ligazón emocional con la actual acompañante del Doctor, Clara Oswald (quien la hubiese desarrollado, que también hay quien no la traga), sino que, la confusión de Clara ante el nuevo Doctor un golpe de efecto muy bien jugado: el espectador recién llegado empatiza de esa manera con Clara en su confusión, mientras intenta como ella adaptarse a la nueva realidad de la serie.

Los episodios de regeneración siempre cuentan con un componente de búsqueda personal, y este no es diferente; tanto Doctor como acompañante intentan descubrir las preguntas que han acompañado a cada regeneración desde 1966: ¿quién es el Doctor? En un recurrente ambiente victoriano, entre viejos conocidos y nuevos enemigos, intentaremos ver si estas respuestas aparecen, al tiempo que los protagonistas luchan por descubrir el clásico misterio de ciencia-ficción que es ya la marca de casa de Doctor Who.

Dinosaurios frente al Parlamento inglés. Just for the sake of it.
La acción comienza cuando un dinosaurio (una tiranosaurio o similar, no se especifica) aparece sin explicación alguna a orillas del Támesis decimonónico. Cuando la reptiliana Madame Vastra aparece en la zona para investigar, descubren la razón de su aparición cuando el animal escupe la TARDIS, la máquina del tiempo del Doctor (es agradable que el saurio no sea sino un mcguffin de la historia, no repitiendo el papel central que ya tuvieron en la reciente Dinosaurs in a Spaceship). Sin embargo, el que surge del interior de la máquina del tiempo no es el Doctor que sus aliados (o su acompañante Clara) conocían, y él mismo tiene dificultades para reconocerlos; pronto pierde el conocimiento y es llevado a la mansión de sus aliados.

Hasta ahora, Clara se nos había mostrado como una chica resuelta, con buena química con el Doctor, compasiva hasta el extremo de atemperar a éste cuando era necesario. Se nos había presentado en flashes como la chica imposible que había salvado al Doctor infinitas veces a lo largo de su vida, pero la fugacidad también cuenta como sugerir, no mostrar; no habíamos visto su verdadera fortaleza, aparte de la moral. Paradójicamente, es en este episodio, en el que se siente más abandonada, más confusa, menos dispuesta a jugar con el Doctor y más a echarle cosas en cara, más al límite, es cuando podemos ver a la verdadera persona detrás de esa máscara dulce. Tanto el enfrentamiento con el villano como la confrontación verbal con Madame Vastra demuestran que, como dice el Doctor, Clara funciona mejor con un chute de adrenalina.

¿Y qué decir del nuevo Doctor? Los antiguos seguidores de la serie quizás se sientan sorprendidos por la continua afirmación de Clara de que ya no sabe quién es el Doctor; encontramos cambios, sí, pero hay algo profundamente “doctoriano” en la interpretación de Peter Capaldi, una excentricidad propia de la mayoría de sus encarnaciones. El Doctor continúa enamorado de su propia voz (esta vez con acento escocés, cosa que él reconoce explícitamente, incluso criticando el de los demás por sonar tan… inglés), aún mantiene su naturaleza compasiva (por los ciudadanos de Londres, pero también por el dinosaurio que inadvertidamente ha traído a la ciudad), pero hay algo en él ciertamente más duro, más determinado a la acción. Ni siquiera él parece sentirse cómodo en su propio cuerpo; ve delante suyo una cara que vagamente reconoce pero no identifica (“Nunca sé de dónde vienen estas caras”, admite en uno de sus monólogos, sin recordar que ya conoció a Lucius Caecilius en The Fires of Pompeii, y que su nuevo rostro no es sino el suyo más envejecido), con una cara que exterioriza un fuego interno que sus anteriores encarnaciones sabían ocultar mejor (¡especialmente las cejas, el rasgo más destacado de la cara de Capaldi, que el Doctor dice que parecen tener vida propia!).

Capaldi, en su primera aparición en la serie, 4 años atrás.
La identidad es el leit motiv principal del episodio. Madame Vastra, su mujer Jenny y su sirviente Strax son quizás, los que menos dudan de que el Doctor siempre será el Doctor, son los mejores adaptados al cambio. Pero el Doctor aún está habituándose a su nuevo cuerpo y personalidad; como ya le ha ocurrido anteriormente, aún no está seguro de que hombre es ahora. Clara, quizás demasiado dependiente de la antigua encarnación del Doctor, tiene que descubrir también quién es ante ese cambio extremadamente radical de su relación. Pero es que también el antagonista del episodio (al que el Doctor empieza a rastrear por haber destruido al dinosaurio) también plantea dudas sobre qué nos hace ser lo que somos.

Por una vez (la serie no siempre lo consigue), éste hombre de la media cara resulta realmente inquietante como enemigo a detener. En una inversión de los clásicos Cybermen (seres orgánicos convertidos en ciborgs), resulta ser un antiguo androide (estrellado en una nave viajera del tiempo del siglo LI, el Doctor no consigue recordar la conexión, pero se nos revela como una nave gemela a la ya vista por el Décimo Doctor en The Girl in the Fireplace) que lleva millones de años canibalizando seres vivos para utilizarlos como piezas de recambio, tanto de la nave como de sí mismo, intentando mantenerse para llegar a su siglo, a “la tierra prometida”. Como bien le dice el Doctor (y es una pregunta que le rebota a sí mismo): si coges una escoba y le cambias el mango, y después el cepillo, y haces la misma operación infinitas veces, ¿sigue siendo la misma escoba?

La pregunta le ha dejado con la cara a cuadros.
La lucha entre el androide y el Señor del Tiempo comienza por una apesadumbrada declaración del Doctor: Tengo la horrible sensación de que voy a tener que matarte. Enfrentado a las atrocidades de su oponente, el Doctor intenta convencerle de que deje de hacer lo que lleva haciendo millones de años, de matar para reconstruirse en busca de ilusiones, que se rinda. El hombre de media cara afirma que la autodestrucción va contra su programación, como un duelo de esgrima verbal, el Doctor replica que el asesinato está contra la suya. Más adelante, el Doctor admite que ambos saben que uno de los dos está mintiendo acerca de su programación básica, y el androide terminará, fuera de escena, empalado contra un campanario londinense. Pese a la taciturna mirada del Doctor a cámara, nunca tenemos claro lo ocurrido en realidad. ¿Se había reconstruido tantas veces el androide como para sobrepasar su orden interna de autopreservación, o se había regenerado tantas veces el Señor del Tiempo como para poder contemplar matar a sus enemigos como una opción viable? Sea como fuere, entre la incitación al suicidio o asesinato a sangre fría, no deja de ser una elección francamente oscura para el desenlace de una serie para todos los públicos

Como fin de fiesta, tenemos una necesaria conversación seria entre el Doctor y Clara, que apreciarán especialmente aquellos seguidores que no gustan de tensión romántica entre el Señor del Tiempo y sus acompañantes. Quizás sea la honestidad, por brusca que esta sea, la norma de la casa tras su regeneración, quizás Madame Vastra acierta en decir que el anterior rostro juvenil del Doctor no era sino una máscara para integrarse entre sus acompañantes, y que inconscientemente supo dejarse ver como un hombre viejo frente a Clara. El Duodécimo Doctor le espeta sin tapujos No soy tu novio, Clara, y ante la réplica de ella de que nunca dijo que lo fuese, añade No he dicho que fuese error tuyo, en reminiscencia al flirteo juguetón entre ambos personajes en su anterior encarnación. Ante tanto cambio, Clara está a punto de abandonar sus viajes en la TARDIS, pero decide quedarse a petición del Doctor, que le pide ayuda, del Doctor, que le pide que acompañe a un nuevo hombre mucho más asustado de su nuevo yo de lo que podría estarlo Clara.
 
En conclusión, el inicio de la 8ª temporada ha estado bien equilibrado entre lo nuevo (el Doctor, su relación con Clara, el enemigo) y lo habitual (los secundarios, el Londres victoriano, el humor), y deja las cosas claras (no pun intended) de cara a lo que se avecina: las aventuras de siempre, pero con un componente ligeramente más introspectivo, de búsqueda de identidad de un Doctor que por una vez ha admitido tener una oscuridad dentro de sí, y la mantiene vigilada bien de cerca. Aún está por ver porqué veredas inciertas nos conducirá este Duodécimo Doctor, y sobre todo, que es lo que nos reservan Moffat y compañía al final de esta temporada, que ya ha empezado a dejar caer pistas sobre un misterio a largo plazo.