viernes, 4 de enero de 2013

¿Qué hay en un nombre?

Todos tenemos uno, aunque algunos aspiren a hacerse otro (generalmente el mismo, aunque hay quien lo cambia) en algún determinado mundillo. Quizás por eso (por ser el mismo) es por lo que se dice que aquellos que lo consiguen se convierten en personas de renombre. Es el primer regalo que nos hacen, y probablemente aquello nuestro que más tiempo nos sobreviva (sea en una lápida o en un polvoriento archivo), pero... ¿Qué es un nombre?



Según la Real Academia Española, es la palabra que designa o identifica seres animados o inanimados. La Biblia nos dice que en el principio era la Palabra, antes que el mismo mundo; y que el hombre dio nombre a todos los animales y cosas de la Creación: Entonces el Señor Dios modeló con arcilla del suelo a todos los animales del campo y a todos los pájaros del cielo, y los presentó al hombre para ver qué nombre les pondría. Porque cada ser viviente debía tener el nombre que le pusiera el hombre (Génesis: 2, 19).

El ser humano, desde la tradición judeo-cristiana, atribuye a la divinidad su cualidad más notoria (la capacidad de nombrar, de catalogar, de distinguir, de discernir) y después la utiliza como nexo de unión con la humanidad. Después ya vendría el concepto de conocimiento prohibido, ese Árbol del Bien y del Mal que los griegos habían identificado con el fuego de Prometeo (conllevando ambos un castigo del ser divino al humano).

Tanto los nombres (el lenguaje, en suma) como el conocimiento en sí han tenido una gran importancia dentro de los mitos más antiguos del hombre, sin duda porque son rasgos fundamentales que nos separan del resto de seres vivos. Por ello se le atribuía generalmente como algo robado (ya hemos visto ejemplos anteriores) o concedido por los dioses: o olvidemos como en la mitología egipcia, era el dios Tot el que inventaba la escritura y la entregaba al hombre; en la nórdica, Odín se sacrificaba colgando del árbol del mundo durante tres días para obtener la sabiduría de las runas.


Así, no es extraño que en las culturas mágicas el nombre tuviese poder (ligaba directamente con la persona, como podía hacerlo una parte física de su cuerpo, un pelo o un trozo de uña, por ejemplo), o que los primeros nombres tuviesen un significado claro, epítetos que se fueron nominalizando (como si a alguien le llamasen "el alto" o "el de la nariz torcida") o apellidos derivados a través de un corte genealógico (la mayoría con distintas fórmulas lingüísticas en torno al "hijo de").

Lo cierto es que los nombres (con o sin significado) nos marcan, incluso los apodos, pese a que ninguno de ellos sean generalmente de nuestra elección. Un nombre no suele decir nada de una persona (a excepción, quizás, de la historia de trasfondo que tenga en su familia), y teniendo en cuenta esto, sólo nos queda recurrir a la pregunta condenadamente zen que ponía Neil Gaiman en boca de uno de sus personajes en aquel spin-off de Sandman...

¿Cómo te llamabas antes de que te pusieran nombre?


No hay comentarios: