viernes, 28 de diciembre de 2012

4x02. The snow man

Chicos, algunos dicen que la Tierra terminará por fuego, otros que por hielo... Pero lo cierto es que el 21 de diciembre del 2012 pasó sin pena ni gloria, sin que nada llegase a su fin, con la posible excepción del antiguo calendario de una civilización extinta tiempo ha y de la miriada de chistes sobre el fin del mundo que pulularon por el mundo real y virtual durante la cuenta atrás hacia el tan cacareado apocalipsis maya. Y para mí, ese día tampoco hubiese tenido mayor significado si no hubiese estado en pleno corazón de uno de los mejores viajes que jamás haya hecho.

Cerdílopes por el mundo

En el 2012 tuve la oportunidad de hacer grandes cosas. Tuve trabajo, tuve amigos y comencé a investigar en serio. Llegué al antiguo país de los zares y al del Sol Naciente. E incluso, poco antes de que el año (¡decían que el mundo!) terminase, pude subir más al norte de lo que jamás había estado (y probablemente esté) en toda mi vida.

Durante aquel viaje, me sentí brevemente como un buscador de oro en el Yukon. Durante unas horas, tuve la sensación de conducir un par de speeders imperiales a través de un planeta helado. Durante varios días, pude sentirme como un niño cada vez que lanzaba, pateaba, destruía o simplemente me lanzaba hacia la nieve. Nieve como nunca había visto hasta entonces; nieve en polvo en la que quien quisiera podría disgregarla copo a copo, en esa multitud de cristales de los que dicen (por improbable que parezca estadísticamente) no hay dos iguales.

Y el frío. La sensación de estar a -4 Cº y sentir que el tiempo está agradable. El momento de sobrepasar los -10 grados y comentar "Bah, pues parece que refresca". La rocambolesca situación de estar a menos de -25 Cº y pensar "Vaya, está frío, pero puede aguantarse. Seguro que más allá del Muro esto es mucho peor." Frío como para olvidársete que tienes pies hasta que calientan (y duelen), para que se te congele (y luego se te derrita) la cara, frío como para preguntarte cómo demonios ha llegado nadie a vivir ahí, y que tipo de malas bestias les perseguían para subir tan al norte y no volver a bajar.

Y aún así, que maravilla: the snows that are older than history, / the woods where the weird shadows slant; / the stillness, the moonlight, the mystery... Le robo las palabras a Robert W. Service porque no podría hacerles justicia. Probablemente no fuese el viaje más movido, ni el más lejano, pero sí el más intenso, completo y repleto de nuevas experiencias que hubiese hecho hasta la fecha.

Y en él conocí a vuestro tío Jeff, que alguna que otra vez os deja regalos en casa por Navidad. Cuando nos conocimos, me dijo que iba a convertirme en torrero; media hora escasa después sobrevivía al ataque de uno de sus renos. A día de hoy, no volví a tener la oportunidad de demostrar mi habilidad tauromáquica, pero aún así... La visita no estuvo exenta de magia, como el resto del viaje.

Lo observado cambia al ojo, no a la inversa. La nieve, la inocencia y la magia van de la mano en Hiperbórea. El poeta, pese a hablar de otras tierras, vuelve a expresarlo con mejores palabras el sentimiento que despierta acercarse a los confines de la Tierra: It’s the great, big, broad land 'way up yonder / it’s the forests where silence has lease; / it’s the beauty that thrills me with wonder, / it’s the stillness that fills me with peace

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