viernes, 16 de noviembre de 2012

It's a kind of magic

Desde que el primer homínido tuvo capacidad para no entender, para sentirse confuso, para preguntarse el porqué de algo sin encontrar una respuesta inmediata y tangible, surgió la magia. La magia, ese concepto padre de dioses, esa capacidad mental que ha sido tan determinante para el ser humano como la postura erguida, la fonación o los pulgares oponibles. La magia es creer, es imaginar, es soñar. Y por esos berenjenales quería meterme yo hoy.

En primer lugar, hay que reconocer que hay magia y magia. Por un lado nos podemos encontrar con los clásicos (o no tantos) trucos de prestidigitación, los que uno (si es hábil) empieza practicando con la caja de Magia Borrás y después va cogiendo soltura bastante como para hacer las delicias de propios y extraños. He de decir que yo no me incluyo en ninguna de las categorías: ni soy hábil para tales menesteres, ni me divierten en absoluto los trucos de magia, precisamente por ser eso, trucos.

Y el saber que es un truco es lo que anula la magia de la magia (llamadlo "metamagia" si os place; y si no, como os apetezca"), y es difícil impresionarse con cuatro naipes (aunque reconozco que yo, de por sí, soy poco impresionable) cuando el espectáculo de magia que se te presenta delante es sinónimo de juego de manos (no en vano, prestidigitación ya sugiere un rápido movimiento de dedos durante el truco). Aunque en este sentido, reconozco que es complicado realizar juegos de magia que mantengan la verosimilitud y no parezcan trucos... Tal vez eso sólo lo consigan grandes escapistas.

Luego está la magia estilo Alan Moore, ese genio del noveno arte que tan pronto te puede hablar de los cimientos sociales que anclan su obra con más o menos disimulo, como de repente empieza a hablar de la pornografía como arte, o de la magia como lengua último del Universo. Creer en esa magia algunos lo entenderían como rozar la locura (sino bañarse en ella donde no hace pie), o dejarse llevar por las supersticiones.

Y sin embargo, perdura. Mientras dioses viejos y olvidados se difuminan o se enquistan como meramente el legado clásico de nuestros ancestros, el sustrato mágico permanece. Mi bisabuela, que tiene rezados más rosarios que el Papa, pedía hace tiempo (no sé si aún lo hace) deseos con la Luna llena. Mi abuela era una católica ferviente que clasificaba personalidades en función al horóscopo. Son detalles que recuerdan un poco al famoso tópico gallego de "No creo en las meigas, pero haberlas haylas".

Supongo que es esa última postura lo que mantiene viva la magia, de ser algo que se distingue únicamente por el rabillo del ojo de la mente, de la lógica. Está en lo que nos hace encender la luz para ir al baño después de ver una peli de terror, ese instinto que puede rastrearse evolutivamente hasta los depredadores de la época de las cavernas. En lo que hizo creer al público de Superman que un hombre podía volar, la abstracción que hace posible la suspensión de incredulidad.

Está en el deseo inherente a las religiones de hacer sentir que existe algo más grande que el individuo y el ser humano juntos. En el grito desesperado y entrópico del que tiene miedo a que esto sea todo lo que existe, y al ruego opiaceo del que está convencido que así es y lo sobrelleva con mundos más allá de este. Delimita los límites de nuestra realidad sobrepasándolos, y es parte primordial de nuestra narrativa, fagocitando incluso aquella que debería serle anatema (la ciencia-ficción).

Pero, parafraseando a Michael Ende, esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. No dejen de visitar La Covacha para averiguar como la magia (o el concepto de ella que les estoy vendiendo) continúa impregnando los párrafos de este, su blog. ¡Las previsiones para el menú pronostican un buen cocido mazagato hecho con ciencia-ficción, narrativa en general, terror y muchas, muchas especias! Bon appetit!

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