sábado, 11 de febrero de 2012

El retrato de Dorian Gray

Hemos oído hasta la saciedad como algunos escritores decimonónicos, como Julio Verne, tuvieron la suficiente perspicacia como para describir inventos o realidades que finalmente han tomado forma, de una u otra manera. Sin embargo, ¿no es aún más extraordinario como una descripción, una opinión o un credo decimonónico puede ser aplicado, hoy día, con total vigencia?


[...] factura que Dorian no se había atrevido aún a reexpedir a sus tutores, personas extraordinariamente chapadas a la antigua, incapaces de comprender que vivimos en una época en la que ciertas cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades.


¿Cómo puede ser que una novela de hace más de 120 años pueda ser, sin lugar a error, tan aplicable a la frívola clase alta londinense como a nuestros actuales compradores masivos del último y moderno gadget? Pero es que El retrato de Dorian Gray es de por sí una novela excepcional, que fue para Oscar Wilde la niña de sus ojos.

Aunque la sociedad de su época decidiese considerarla como una hija bastarda, como una oveja negra que repudiar, El retrato... se ha convertido en uno de los más esclarecedores legados de su propia época. El propio Wilde (al que recuerdo haber sido descrito en una introducción de sus cuentos como sensible y amante de lo bello) fue acusado de homosexualismo (delito condenado en la época por penas de cárcel) por la descripción (ciertamente sugerente en ese sentido) de los sentimientos casi idólatras del pintor Basil Hallward hacia el joven Dorian Grey.

Sin embargo, no es ninguno de estos dos personajes mi preferido en la novela; este honor lo otorgo a Lord Henry. Este aristócrata hedonista (que por su carisma y, parcialmente su carácter, me recordó al Mynheer Pepperkorn de La montaña mágica), cínico y mordaz, convierte cada diálogo en una batalla dialéctica, y cada soliloquio en una lección vital, siempre en busca de la polémica y la burla con respecto a las normas sociales establecidas. Es de boca de Lord Henry de quién encontramos palabras que han hecho recaer la acusación de misógino sobre Wilde, palabras como las siguientes:


- Mi querido muchacho, ninguna mujer es un genio. Las mujeres son un sexo decorativo. Nunca tienen nada que decir, pero lo dicen encantadoramente. Representan el triunfo de la materia sobre la mente, de la misma manera que los hombres representan el triunfo de la mente sobre la moral.


Es por la frívola y casi amoral influencia de Lord Henry por la que Dorian Grey comienza su particular descenso a los infiernos, en una espiral autodestructiva a la que se entrega felizmente no mucho después de descubrir que sólo su retrato asumirá las consecuencias de sus actos y el paso del tiempo; sólo el lienzo sufrirá la vejez y el pecado.

Curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma, una de las frases de Lord Henry, se vuelve casi un dogma, y la pugna entre las pulsiones y la conciencia vuelve al lector tan constante como las mareas. No es extraño (dada la religiosidad anglicana) que el autor pusiese a Dorian coqueteando brevemente con el catolicismo, por la negación de los sentidos en uno de los vaivenes ideológicos ya mencionados, y por la iconoclastia católica, que desde el anglicanismo es considerada íntegramente como idolatría. 


En una ocasión se rumoreó que se disponía a convertirse al catolicismo; y, desde luego, el ritual romano siempre le había atraído mucho. El diario sacrificio de la misa, más terriblemente real que todos los sacrificios del mundo antiguo, le conmovía tanto por su supremo desprecio del testimonio de los sentidos como por la primitiva simplicidad de sus elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana que trataba de simbolizar.


El verdadero misterio (si hay alguno) de la novela no es cómo o porqué el retrato y Dorian han establecido esta relación parasitaria (que difumina un tema clásico faustiano hasta volverlo totalmente impersonal y casi irrelevante), no. El misterio es cómo Dorian, con una demostración palpable de que el alma existe, y es corruptible, es incapaz de detener la corrupción de la suya propia...

Dorian Grey es, aunque sensible, presuntuoso y vano, más preocupado por la forma que por el fondo; acaso esto sea también una crítica a la sociedad inglesa de finales del penúltimo siglo, del mundo frívolo e hipócrita que le tocó vivir a Oscar Wilde. La conclusión de la novela representa en este sentido (a través de lo que podría considerarse como justicia poética) la culminación de todo este proceso.


–Por cierto, Dorian –dijo, después de una pausa–, «¿y qué aprovecha al hombre»… , ¿cómo acaba exactamente la cita?, «ganar todo el mundo y perder su alma?»

3 comentarios:

Whers dijo...

Si es un grito de auxilio porque te han retratado y tu retrato te da miedo... ¡lo entiendo! pero deberias usar la contraseña para el peligro: Blas, blas, blas...

Tras este pequeño desvario, añadir que si vas a escribir una vez cada mil y poner articulos de este calibre, merece la pena. ¡Takana! algun dia leere esta novela, siempre le he tenido ganas.

Bss!

Superlayo dijo...

Muy buena, a mí resultó un libro muy atractivo. Y para mi siguiente libro en VO... ¡1984!

Adán dijo...

Leí El Retrato (en VO también) no hace mucho, cuando andaba por Oxford y a punto de mudarme a Londres.

Me gustó mucho, mucho. Creo que has acertado de lleno al señalar que el vínculo mágico del retrato viene a ser casi un McGuffin, que sirve de excusa para poner al personaje en una determinada situación. Es esa lucha por el alma, en la que como lector sufrimos casi más que el protagonista al ver cómo se va hundiendo. Es la mezcla de demagogia y aplastadora lógica que Lord Henry usa para deleitarnos con las más escandalosas afirmaciones (sin duda, ¡mi personaje favorito también!).

Mucho tiempo sin pasar por aquí pero, como de costumbre, merece la pena volver a echar un ojo para ver qué se cuece :)

Un saludo,
Adán.