miércoles, 7 de diciembre de 2011

Hasta que volvamos a vernos, Mamama

Hace tres días que te fuiste. Siento el orgullo de, como primer nieto, haber podido rebautizar a mis dos abuelos maternos de una forma que aún perdura, más de dos décadas después, en el vocabulario familiar. Mi abuelo se convirtió en Papapa y tú en Mamama; el último nombre tenía algo más de sentido en tanto que eras la mamá de mi propia mamá. Incluso tu casa (desde hace unos años la mía) era, y espero seguirá siendo, casa de Mamama.

Hoy cumplirías 81 años, si la Muerte no te nos hubiese arrebatado por sorpresa. Dejas tras de ti un vacío irreemplazable: una madre, un marido, muchos hijos y nietos... Y un amor, preocupación, cariño y entrega por todos los que le rodeaban que difícilmente podrá ser igualada pero que se intentará, día a día, entre todos. Hoy, pese a la tristeza que atenaza mi corazón y mi garganta, y las lágrimas que afloran a mis ojos, elijo recordarte en mis propios términos.

Elijo recordarte siendo tú. Diciendo, día sí día también, lo rica que estaba la tarta cada vez que había una celebración (aniversario, cumpleaños o santo), después de haber cocinado tanto, como cada domingo, que las sobras podían habernos dado de cenar otra vez a todos (a algunos nos daba hasta media semana). Preguntándome si estaba bueno lo que comía, comentando como estaba el pan, si no quería postre. Llamándome para rebañar la pota de besamel cuando hacía macarrones.

Me quedo con recuerdos vívidos que asocio contigo. Tu vestido de verano, morado con topos blancos, verte charlando en las sillas de la playa con las hermanas Escolar, en las casetas de Gijón, en la escalera 14 del muro. El sabor del turrón de pistacho en navidades. Tu risa cuando aceptabas una broma. Adormilarme con tu voz, la de Papapa y la de tu madre, Cana, cada vez que iba en coche a Gijón con vosotros y rezabais el rosario juntos.

Era el mismo coche en donde aprendí de memoria las canciones de El Consorcio. No solías cantar, pero cuando lo hacías sonaba como los ángeles, y es con ellos con quien cantas ahora. Te recuerdo llamándome cariñosamente chato, aunque hace bastante tiempo que dejé de serlo, y, más veces aún por nombres que no me correspondían: Nacho, Rober, Javi, Jesu... Nombres de hijos y nietos que se superponían los unos a los otros, aunque supieras perfectamente quiénes éramos; también usaste mi nombre incontables veces para llamar a otros.

Te recuerdo riñendo con Cana por lo que fuese (te recuerdo enfadada una vez que le llamé la atención), no captando el sentido del humor de mi abuelo, llorando por desgracias familiares. Te recuerdo contándome el día de tu boda (como estabas triste porque la muerte de mi bisabuelo estaba reciente), como viviste el asedio de Oviedo (tu Oviedo del alma, como te enorgullecías de sus títulos: muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo) y pasasteis la guerra en La Bañeza. Historias de mis tíos, o de mí mismo de pequeño, expresiones infantiles (megüí, toña toñala, chinflos) que has hecho perdurar hasta hoy.

Gracias a ti, habrá veces que sé entender (y decir) lo que es una chisma, un bichu o una cacharra, aunque los tres términos se usasen indistintamente y de forma indiscriminada. Si alguien dice los de los pelos, pensaré en Los Simpson y en ti. Diré adrede chifonier o llamaré manferlán a la primera prenda de ropa a la que no sepa poner nombre. Jamás (y lo pregunté tanto a ti como a Cana) sabré porqué, pero sé que cuando algo sale mal por un cúmulo de casualidades, no es que el Diablo esté ocioso y mate moscas con el rabo, sino que, extrañamente, el Diablo tiene cara de conejo.

Gracias a ti sé que, salvo fuerza mayor, es de rigor comer a las 2 de la tarde (días laborables; 2 y media los festivos), y merendar a las 6. Faltaría más. Que el chocolate negro (estoy comiendo ahora la última tableta que compraste) es el mejor del mundo. Que es mejor bajar las persianas de la habitación si vas a encender la luz de noche, para que los del edificio de enfrente no cotilleen (¡cuánto me acordé de ti hace un par de días, cuando vi perfectamente a un individuo en su habitación, frente a la de Cana, con la luz y ni siquiera cortinas!). Que pijo es una palabrota, y del copón, una expresión malsonante.

Gracias a ti sé que, si mirando el tiempo no me gusta la previsión, siempre puedo esperar a ver el de otra cadena, a ver si en vez de lluvia da huevo frito, o incluso sol. Que los Aries son personas difíciles, los Tauros cabezones y que a los míos, los "Leoncios", no se nos puede decir lo que tenemos que hacer. "Verdades" astrológicas que fuiste comprobando empíricamente con todos los miembros de familia y aledaños que pusiste, hasta convertirlas en dogmas de fe.

Aunque te hayas ido, aún te veo orgullosa por algunas de mis notas, diciéndome que voy a llegar a catedrático; sé que velaste por mí durante el examen del martes. Te veo saludándome cada mañana cuando coincidíamos en la cocina, fuese durante el desayuno o no. Esperando que te felicitase el día de la madre, aunque no fueses la mía. En el fondo, tú eras una madre de todos, la cabeza de nuestro particular panteón familiar, y como tal recibías a propios y extraños.

Te veo la última vez que nos vimos, como en su día me pasó con mi padre (dale un abrazo muy fuerte de mi parte, le echo de menos), en la habitación de un hospital. Me dijiste que nos veríamos en unos días, y ya no lo hicimos más; por mi parte, sólo volví a verte dormida, muy dormida, pero aún con una belleza que ya hubiese querido tener Eva Perón de haber podido llegar a los 80 años.

Tardaremos (creo) en volver a vernos, salvo que te den algún permiso en sueños, aunque los creo limitados (la noche de tu funeral vi a mi padre, pero sólo pudimos hablar con los ojos, y poco de ello persiste en la vigilia). Pero sé que nos cuidarás con mas ahínco incluso que antes en tus ratos libres, cuando no estés haciendo lo que siempre dijiste que harías: viajar por el mundo desde allá arriba. Te quiero mucho y sé que algún día volveremos a vernos... Y cuando ambos estemos al otro lado volveremos a tener algo más que recuerdos.

6 comentarios:

Nachoga dijo...

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Anónimo dijo...

que texto más bonito,grandes palabras describiendo un gran sentimiento, casi lloro y todo, mucho animo una vez más. un beso pelayo.
mery arango

Wherynn dijo...

Grandes abuelas

robogafe dijo...

Idiota, me has emocionado...

jorgenexo dijo...

Tío, he llegado a tu blog de casualidad y me he encontrado con esto... No sé que decirte; ojalá yo hubiera sido capaz de expresarme así tras la muerte de mis abuelas. Te felicito por la tuya, es evidente que fue de las mejores.

Carmen à Arles dijo...

Una forma bellísima de despedirse de un ser querido. Ni las Coplas de Jorge Manrique...