sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad cinéfila

Resucito brevemente mi blog en estas fechas tan entrañables por el bien común. Sí, que demonios. Todos sabemos que estas fiestas nos van a inundar de pasteladas de telefilms vespertinos, o de películas navideñas en prime time que van a ser también de lo peorcito... Los más jóvenes (y aquellos entre nosotros que aún mantengamos joven el espíritu) podemos consolarnos con la oferta de animación variada que (entre clásicos y novedades) suele ser bastante potable, pero… ¿Y quién le apetezca más variedad y/o calidad?

Os guste o no, aquí tenéis mi recomendación personal para estas navidades, siete películas que tienen mensaje navideño al uso (o no, y si lo tienen, es muy particular), pero que todas ellas tienen algo en común, y es que su historia tiene lugar en Navidad y aunque su calidad puede ser debatible, y pueden gustar o no, todas son entretenidas en sus respectivos géneros. Aquí os las dejo, y aquí tenéis los comentarios para decir que pensáis de la elección y/o las películas.

1. Que bello es vivir (It’s a wonderful life, 1946)

Me vais a permitir, que me autocite. Esta obra maestra de Frank Capra, un clásico del cine por derecho propio, es probablemente la tercera historia de Navidad más versionada, después del Cuento de Navidad de Dickens y (obviamente) la historia bíblica original.

Todo comienza cuando Clarence, el ángel de la guarda de George Baley, baja a la Tierra en Nochebuena por dos razones: la primera, salvar a George de su intento de suicidio; la segunda, ganarse sus alas, ya que es un ángel de segunda clase. En un momento de desesperación, Baley desea no haber nacido nunca, deseo que Clarence le concede.

A partir de ahí (y resultando inteligibles los cambios para el espectador, ya que hemos visto junto a Clarence la vida previa de Baley), y por obra y gracia de la causalidad, suceden un montón de cambios inesperados, que el "no-existente" Baley también podrá observar. Sin llegar a rozar lo pasteloso (aunque habrá a quien nos haga soltar una lágrima, si estamos susceptibles a ello) como tantas otras películas navideñas, Que bello es vivir nos propone un ejercicio intelectual de lo más interesante: ¿Cuál es la huella que dejamos tras nosotros?


2. Gremlins

Vaya cambio, ¿no? Pasamos de un drama familiar de los 40 a una comedia de terror de los 80… Sin embargo, no es un salto tan descabellado, ya que tienen puntos en común: el pueblo de Gremlins fue rodado para recordar en algunos momentos al de Qué bello es vivir y, de hecho, escenas de la segunda aparecen en la primera (sin duda como contraste entre la navidad tópica y la historia gamberra que se pretendía).

Dudo que esta recomendación (con un toque nostálgico ochentero que hará las delicias de quienes la conocimos de críos) le sea desconocida a nadie, pero os hago un resumen. Un padre decide hacer un regalo original a uno de sus hijos y lleva a su casa un extraño animal, que le venden con 3 advertencias: no debe exponerse a la luz del sol, no debe mojarse, y nunca (nunca) debe comer después de la medianoche.

Por supuesto, las reglas serán incumplidas, con catastróficos resultados para la familia y un pueblecito que va a pasar las peores navidades de su Historia. Humor negro y gamberro, bichos monos y monstruos sazonan el espíritu navideño en una película que nunca pretendió ser una obra maestra, pero exuda entretenimiento por los cuatro costados. La segunda parte también tuvo su punto de interés, pero perdiendo toque navideño.


3. Los Teleñecos en Cuentos de Navidad (The Muppet Christmas Carol, 1992)

Ya hemos citado antes el clásico de la literatura de Charles Dickens, Cuento de Navidad, versionado hasta la saciedad. ¿Qué demonios es lo que me impulsa, entonces, a recomendaros esta versión en concreto? Dos palabras (vale, una): Tele-ñecos. La rana Gustavo como Bob Crachit (con Peggy como su mujer, claro), Gonzo como el mismísimo Charles Dickens y muchos otros personajes haciendo su aparición, toda la película posee ese toque especial que los Teleñecos dan a una producción.

Podéis esperar humor, sentimientos y una banda sonora de calidad a lo largo de toda esta película mientras revisáis la historia clásica, en donde el avaro Ebeneezer Scrooge (que concedió su nombre original al tío Gilito, por cierto) se ve obligado a replantear su vida de codicia con la aparición de tres fantasmas en la noche previa a la Navidad. ¿He mencionado que el actor que interpreta a Scrooge es Sir Michael Caine?¡Sir Michael Caine con una capa victoriana, diciendo Paparruchas (Humbug, en el original)!


4. La Jungla de Cristal (Die Hard, 1988)

Volviendo al momento revival nostálgico ochentero... Habrá quien mantenga que las violentas peripecias del detective de policía John McClane no tienen demasiado espíritu navideño, pero serán aquellos que nunca hayan estado en una cena de empresa que se haya salido de madre. Una hija de su época (en suma, una película de acción de los 80 al uso), Jungla de Cristal fue la película que catapultó a Bruce Willis a la fama, y que consiguió no una, sino tres secuelas.


McClane deberá enfrentarse a una banda de terroristas que han tomado el edificio en donde su esposa está celebrando la fiesta de navidad de su empresa... Un argumento tan sesudo, que fue utilizado casi como plantilla para la segunda parte, en donde McClane debe enfrentarse a una banda de terroristas para conseguir que el vuelo de su esposa aterrice con seguridad... También en Navidad. ¿Qué es lo que valida recomendar la primera frente a la segunda parte, copias aparte? ¿La frase Ahora tengo una ametralladora. Ho, ho, ho es lo bastante navideña y molona para ustedes?



5. Solo en casa


Un clásico entre los clásicos de las películas navideñas, y una película simpática que cumple su función de entretener y hacer reír. En Solo en casa, el joven Kevin es olvidado por su familia (numerosa, vale, pero no es excusa para hacer sentir tan poco querido a un niño) en casa mientras se van a celebrar la Navidad fuera. Unos ladrones intentan robar la casa mientras tanto, y el niño se dedica a ponerle trampas de todo tipo para evitarlo, con todos los recursos a su alcance.


Añadan a los múltiples (y en general ingeniosos) gags de golpes y porrazos (muy disfrutables si ustedes gustan de esas cosas), la siempre excelente banda sonora de John Williams. Abstenerse, eso sí, todo aquel que no disfruten con las películas familiares y con ambientes navideños demasiado extremos (que no ñoños, sin embargo).





6. Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare before Christmas, 1993).

Me extrañaría que alguien no haya oído hablar / haya visto esta película de animación de 1993, que se grabó a fuego en las mentes de los niños de la época, y que fue resucitado años después en forma de incesante merchandising. Tim Burton volvió a aplicar sus oscuras filias para crear una historia en donde Jack Skellington, el habitante más célebre de la ciudad de Halloween, termina cansándose de preparar los terroríficos desfiles anuales de la ciudad.

Es entonces cuando, por casualidad, es capaz de salir de su entorno habitual y entrar en contacto con el mundo de la Navidad. Fascinando por un concepto que le es completamente ajeno, Jack decide intentar apropiarse de él, adaptándolo a su propia idiosincracia, y sustituyendo al mismísimo Santa Claus, de ser necesario. Navidad, monstruos y buenas e ingeniosas canciones con una animación más que novedosa para su época, pero que aún no ha pasado de moda.


7. A Christmas Carol (especial navideño de Doctor Who, 2010)

Vale, he hecho trampa. Esto no es una película, como mucho es un mediometraje. Doctor Who es una serie británica de culto desde los años 60, y tiene en su haber (en su primera encarnación) ser la serie más longeva del mundo. Pero eso no es importante para disfrutar de este episodio especial navideño de la serie, sencillamente brillante. ¿Qué es necesario saber? Sólo esto: el Doctor es un excéntrico alienígena de aspecto humano, que viaja a través del tiempo y del espacio (a menudo con acompañantes humanos) en una cabina azul, viviendo aventuras y desfaciendo entuertos.

En A Christmas Carol (aún no doblado al castellano, lo lógico sería que fuese Cuento de Navidad), el Doctor se encuentra con que el crucero espacial en el que viajan unos amigos suyos está a punto de estrellarse contra un planeta, a menos que consiga desactivar una maquinaria que controla la meteorología del mismo. Sin embargo, para ello deberá convencer al avaricioso magnate local, Kazran Sardick, que no parece estar muy por la labor. Para conseguirlo, el Doctor viajará a la infancia de Sardick para intentar cambiar su amargada forma de ser en el futuro, en una historia que emocionará y hará las delicias tanto de recién llegados como de amantes de la serie.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Hasta que volvamos a vernos, Mamama

Hace tres días que te fuiste. Siento el orgullo de, como primer nieto, haber podido rebautizar a mis dos abuelos maternos de una forma que aún perdura, más de dos décadas después, en el vocabulario familiar. Mi abuelo se convirtió en Papapa y tú en Mamama; el último nombre tenía algo más de sentido en tanto que eras la mamá de mi propia mamá. Incluso tu casa (desde hace unos años la mía) era, y espero seguirá siendo, casa de Mamama.

Hoy cumplirías 81 años, si la Muerte no te nos hubiese arrebatado por sorpresa. Dejas tras de ti un vacío irreemplazable: una madre, un marido, muchos hijos y nietos... Y un amor, preocupación, cariño y entrega por todos los que le rodeaban que difícilmente podrá ser igualada pero que se intentará, día a día, entre todos. Hoy, pese a la tristeza que atenaza mi corazón y mi garganta, y las lágrimas que afloran a mis ojos, elijo recordarte en mis propios términos.

Elijo recordarte siendo tú. Diciendo, día sí día también, lo rica que estaba la tarta cada vez que había una celebración (aniversario, cumpleaños o santo), después de haber cocinado tanto, como cada domingo, que las sobras podían habernos dado de cenar otra vez a todos (a algunos nos daba hasta media semana). Preguntándome si estaba bueno lo que comía, comentando como estaba el pan, si no quería postre. Llamándome para rebañar la pota de besamel cuando hacía macarrones.

Me quedo con recuerdos vívidos que asocio contigo. Tu vestido de verano, morado con topos blancos, verte charlando en las sillas de la playa con las hermanas Escolar, en las casetas de Gijón, en la escalera 14 del muro. El sabor del turrón de pistacho en navidades. Tu risa cuando aceptabas una broma. Adormilarme con tu voz, la de Papapa y la de tu madre, Cana, cada vez que iba en coche a Gijón con vosotros y rezabais el rosario juntos.

Era el mismo coche en donde aprendí de memoria las canciones de El Consorcio. No solías cantar, pero cuando lo hacías sonaba como los ángeles, y es con ellos con quien cantas ahora. Te recuerdo llamándome cariñosamente chato, aunque hace bastante tiempo que dejé de serlo, y, más veces aún por nombres que no me correspondían: Nacho, Rober, Javi, Jesu... Nombres de hijos y nietos que se superponían los unos a los otros, aunque supieras perfectamente quiénes éramos; también usaste mi nombre incontables veces para llamar a otros.

Te recuerdo riñendo con Cana por lo que fuese (te recuerdo enfadada una vez que le llamé la atención), no captando el sentido del humor de mi abuelo, llorando por desgracias familiares. Te recuerdo contándome el día de tu boda (como estabas triste porque la muerte de mi bisabuelo estaba reciente), como viviste el asedio de Oviedo (tu Oviedo del alma, como te enorgullecías de sus títulos: muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo) y pasasteis la guerra en La Bañeza. Historias de mis tíos, o de mí mismo de pequeño, expresiones infantiles (megüí, toña toñala, chinflos) que has hecho perdurar hasta hoy.

Gracias a ti, habrá veces que sé entender (y decir) lo que es una chisma, un bichu o una cacharra, aunque los tres términos se usasen indistintamente y de forma indiscriminada. Si alguien dice los de los pelos, pensaré en Los Simpson y en ti. Diré adrede chifonier o llamaré manferlán a la primera prenda de ropa a la que no sepa poner nombre. Jamás (y lo pregunté tanto a ti como a Cana) sabré porqué, pero sé que cuando algo sale mal por un cúmulo de casualidades, no es que el Diablo esté ocioso y mate moscas con el rabo, sino que, extrañamente, el Diablo tiene cara de conejo.

Gracias a ti sé que, salvo fuerza mayor, es de rigor comer a las 2 de la tarde (días laborables; 2 y media los festivos), y merendar a las 6. Faltaría más. Que el chocolate negro (estoy comiendo ahora la última tableta que compraste) es el mejor del mundo. Que es mejor bajar las persianas de la habitación si vas a encender la luz de noche, para que los del edificio de enfrente no cotilleen (¡cuánto me acordé de ti hace un par de días, cuando vi perfectamente a un individuo en su habitación, frente a la de Cana, con la luz y ni siquiera cortinas!). Que pijo es una palabrota, y del copón, una expresión malsonante.

Gracias a ti sé que, si mirando el tiempo no me gusta la previsión, siempre puedo esperar a ver el de otra cadena, a ver si en vez de lluvia da huevo frito, o incluso sol. Que los Aries son personas difíciles, los Tauros cabezones y que a los míos, los "Leoncios", no se nos puede decir lo que tenemos que hacer. "Verdades" astrológicas que fuiste comprobando empíricamente con todos los miembros de familia y aledaños que pusiste, hasta convertirlas en dogmas de fe.

Aunque te hayas ido, aún te veo orgullosa por algunas de mis notas, diciéndome que voy a llegar a catedrático; sé que velaste por mí durante el examen del martes. Te veo saludándome cada mañana cuando coincidíamos en la cocina, fuese durante el desayuno o no. Esperando que te felicitase el día de la madre, aunque no fueses la mía. En el fondo, tú eras una madre de todos, la cabeza de nuestro particular panteón familiar, y como tal recibías a propios y extraños.

Te veo la última vez que nos vimos, como en su día me pasó con mi padre (dale un abrazo muy fuerte de mi parte, le echo de menos), en la habitación de un hospital. Me dijiste que nos veríamos en unos días, y ya no lo hicimos más; por mi parte, sólo volví a verte dormida, muy dormida, pero aún con una belleza que ya hubiese querido tener Eva Perón de haber podido llegar a los 80 años.

Tardaremos (creo) en volver a vernos, salvo que te den algún permiso en sueños, aunque los creo limitados (la noche de tu funeral vi a mi padre, pero sólo pudimos hablar con los ojos, y poco de ello persiste en la vigilia). Pero sé que nos cuidarás con mas ahínco incluso que antes en tus ratos libres, cuando no estés haciendo lo que siempre dijiste que harías: viajar por el mundo desde allá arriba. Te quiero mucho y sé que algún día volveremos a vernos... Y cuando ambos estemos al otro lado volveremos a tener algo más que recuerdos.