martes, 28 de junio de 2011

Maus (2)

Esta era una de las razones de Spielgeman para asimilar gráficamente a los judío como ratones, lo que juega con la dicotomía con la agresividad depredadora del “felino” régimen nazi, pero no la única. El propio Spiegelman reconoció en una entrevista reconoció lo intencionadamente absurdo del planteamiento: en último término, lo que trata el libro es la igualdad de los seres humanos. Es absurdo crear divisiones por fronteras nacionales, raciales o religiosas. [1]

Podemos encontrar muestras de este absurdo a lo largo de toda la obra. Mientras están ocultándose en Polonia, los judíos ocultos a plena luz del día aparecen dibujados con una máscara de cerdo entre los cerdos polacos. En una escena concreta en Auschwitz, un prisionero insiste ante los guardias que él es alemán como ellos; su cara de desesperación se refleja en dos viñetas paralelas, con cara de ratón judío y de gato alemán, breve muestra del absurdo clasificatorio.

Incluso, en un proceso metanarrativo, Spielgeman nos llega a contar sus dudas para dibujar a distintos personajes. ¿Qué animal debería ser su mujer, de nacionalidad francesa? La sugerencia es rechazada, por ser un animal demasiado dulce y tierno (No olvidemos siglos de antisemitismo… ¿Qué pasa con el caso Dreyfus? ¡Los colaboracionistas! Los…, contesta Art [2]). Y el mismo autor se hace confrontar a la pregunta de un entrevistador ficticio (Si el libro tratara de judíos ISRAELÍES, ¿qué tipo de animal dibujaría?, la violencia de su pregunta no es incoherente con el hecho de que se oculta tras una careta de ratón), seguida de una respuesta llena de matices (Ni idea… ¿Puercoespines?). [3]

Y es que, aunque la identidad semita es un tema importante dentro del libro, el autor no deja de hacerse preguntas difíciles a sí mismo, pero, más aún, las lanza al aire hacia los lectores. …Es una de las cosas que me preocupan que me preocupan para el libro que preparo sobre él…, dice Art, en cierto modo coincide con la caricatura racista del viejo judío avaro, [4] y se debate si la personalidad egoísta, gruñona y tacaña de Vladek Spielgeman sea fruto de sus vivencias durante el Holocausto, únicamente suya, o una mezcla de ambas (Quizá Auschwitz le hizo así, dice la mujer de Art; Quizás, pero mucha de esta gente son supervivientes, como los Karp, y si les afectó fue de un modo muy distinto, replica éste). [5] Una de las ventajas de haber editado el libro en dos volúmenes es que Spielgeman pudo enfrentarse a la crítica y exteriorizar sus reacciones ante la recepción de su obra.

Otro tema importante y crítico a este respecto es planteado por el mismo en la misma escena de entrevista ya mencionada (ficticia, simbólica y angustiosa, donde muchas ideas en torno al cómic son lanzadas al aire), una breve mención a las consecuencias de la memoria del Holocausto. Un periodista con careta de gato pregunta por la influencia en la sociedad alemana: Muchos jóvenes alemanes están HARTOS de historias sobre el Holocausto. Todo ocurrió antes de que nacieran. ¿Por qué deberían sentirse culpables? La respuesta de Art parece desesperada, pero intenta mitigar la culpabilización alemana extendiéndola aún más: ¿Quién soy yo para decirlo?, musita, Pero muchas de las empresas que florecieron con el nazismo son más ricas que nunca. No sé… Quizá TODOS deberíamos sentirnos culpables. ¡Todos! ¡Para siempre! [6]

El carácter biográfico de la obra (la narración de Vladek Spielgeman) se ve complementado por los rasgos autobiográficos del autor, ya que Maus no presenta únicamente la historia de las penurias vividas por Vladek, sino el proceso de creación de la obra en sí, una narración del pasado intercalada por las relaciones (por aquel entonces presentes) entre los protagonistas. Esto nos permite observar las consecuencias de la vida de Vladek, y el entorno en el que se crió Art.

Quizás el momento más tenso entre ambos es en el que Vladek admite que, tras la muerte de su mujer, en un momento duro para él, quemó los cuadernos de memorias de su Anja, en donde ésta relataba sus vivencias durante la guerra y en los campos de concentración. Art se enfrenta a su padre, con el que nunca tuvo la mejor de las relaciones, con durísimas palabras (¡Maldito seas! ¡Eres un… asesino! ¡Cómo has podido!), [7] lo que demuestra la importancia que se le transmite a un objeto depositario de memoria, al que se considera como baluarte de vida (a nivel personal) e Historia (a nivel global).

No es el único ejemplo que puede constatarse respecto a la dicotomía entre el nivel personal y el referido al Holocausto. Incluido dentro de la narración, encontramos Prisionero en el Planeta Infierno [8], un cómic independiente e intimista en donde Art desahogó sus sentimientos tras la muerte de su madre, que se suicidó cuando él tenía 20 años, sin dejar siquiera una nota, y apenas tres meses después de superar una breve pero intensa crisis nerviosa.

Spiegelman se autorretrata con uniforme carcelario, y su sentimiento de culpabilidad (aunque como razones del suicidio también se barajan una depresión postmenopáusica y el trauma del Holocausto) es omnipresente; en una estremecedora expresión de dolor, culpa y rabia, el cómic termina (en una prisión gráficamente real, pero metafórica en cuanto a la biografía del autor) con este alegato: Bien, mamá, si me estás oyendo… ¡Felicidades! Has cometido el crimen perfecto… Tú me metiste aquí… Cortaste todos mis circuitos… Mis terminaciones nerviosas… Y ¡me cruzaste los cables…! ¡Me mataste, mami! ¡¡¡Y me has dejado cargar con la culpa!!! [9]

La visión del Holocausto como un acontecimiento histórico terrible, de consecuencias personales irreparables, combinadas con la culpabilidad de Art por el suicidio de su madre contrasta magistralmente con la sesión de Art con su psicólogo, Pavel, también superviviente de Auschwitz. Pavel habla a Art de la culpa del superviviente (síndrome habitual entre aquellos que han estado en contacto con la muerte física o psíquicamente y han permanecido vivos), [10] que bien pudo sufrir su padre, pero también presenta una alternativa a la trampa psíquica que supone la memoria traumática cuando se le pregunta si siente culpa por haber sobrevivido a los campos, y responde sencillamente No… Sólo tristeza. [11]


[1] BOLHAFNET, J. Stephen (October 1991). The Comics Journal. 145. pág. 96.
[2] SPIELGEMAN, Art, Maus, Random House Mondadori, Barcelona, 2007, pág. 117.
[3] Ibid., pág. 202.
[4] Ibid., pág. 133.
[5] Ibid., pág. 182.
[6] Ibid., pág. 202.
[7] SPIELGEMAN, op. cit., págs. 160-161.
[8] SPIELGEMAN, Art, “Prisoner of the Hell Planet”, Short Order Comix nº 1, Head Press, Enero de 1973
[9] SPIELGEMAN, Maus, op. cit., págs. 105.
[10] LIFTON, Robert Jay, Death in life: survivors of Hiroshima, Random House (New York City), 1968, pág. 479.
[11] SPIELGEMAN, Maus, op. cit., págs. 204.

miércoles, 22 de junio de 2011

Maus (1)

Maus (a veces acompañado por el subtítulo de Relato de un superviviente) es el título de una novela gráfica creada por Art Spielgelman, en la que narra las vivencias de su padre en la difícil situación de una Polonia cada vez más influenciada por el Tercer Reich, hasta que fue encerrado en el campo de concentración nazi de Auschwitz. La obra mereció, en 1992, lograr un Pulitzer, siendo hasta la fecha el único cómic en alcanzar tal honor (uno más entre los muchos premios con los que ha sido galardonado).

En 1977, Spielgeman comenzó a editar episódicamente su historia en la revista RAW, que coeditaba junto a su mujer François Mouly, desde su número 2, pero detuvo la publicación en 1986, cuando intentó paralizar el estreno de la película de animación An American Tail (comercializada en España como Fievel y el Nuevo Mundo) de Spielberg, que presentaba las peripecias de una familia de ratones judíos procedentes de Rusia que se veían obligados a emigrar a Estados Unidos por la violenta presión de gatos cosacos.

La demanda se consideró improcedente, y Spielgeman decidió dividir Maus en dos volúmenes, publicando su primer tomo (Mi padre sangra Historia) ese mismo año de 1986. [1] La narración de Maus fue reiniciada en RAW en 1989 hasta que alcanzó su final. Unidas éstas a las últimas entregas de 1986, en 1991 se publicó el volumen II (Y aquí comenzaron mis problemas); no sería hasta 2003 que ambos volúmenes fueran publicados conjuntamente en un único ejemplar.

El título de Maus no proviene como referencia al carro blindado alemán (el Panzer VIII Maus), sino al significado literal de la palabra alemana maus: ratón. Y es que quizás la característica más llamativa de la obra sea la zoomorfización de los personajes reales, un zoomorfismo consciente y metafórico que no reduce la crudeza de la obra. Los protagonistas judíos de la obra, por ejemplo, son dibujados siempre como ratones antropomórficos, en oposición a las autoridades nazis, presentadas como gatos. Otros ejemplos son los polacos (identificados como cerdos), los franceses (ranas), los suecos (ciervos) o los estadounidenses (perros).

Una especie de prototipo de la obra ya había aparecido en un cómic underground, Funny Animals, en 1972, en donde un padre ratón cuenta a su hijo, antes de dormir, la historia de cómo los “kattos” trataron a los ratones durante la guerra de su juventud. Las diferencias más claras entre Maus y este relato precursor (Rat) se presentan en el estilo narrativo, tanto visual como escrito: no se aprecia tan claramente el componente autobiográfico, y la metáfora zoomórfica para representar a judíos y nazis resulta aquí mucho más burda, ya que se entiende en el contexto de un mundo totalmente animal. [2]

El antropomorfismo (la concesión de cualidades o formas humanas a animales o cosas) ha estado íntimamente ligado al imaginario humano desde los tiempos más remotos, desde representaciones animistas prehistóricas hasta la literatura infantil de los últimos dos siglos, pasando por el género de las fábulas. Con estos antecedentes, no debería sorprendernos que, dentro del contexto del cómic, no sea inhabitual la utilización de la narrativa a través de animales.

Los cómics de animales antropomórficos (o funny animals) dominaron el terreno editorial durante gran parte de los años 40. Posteriormente, han sido utilizados incluso para el tratamiento de temas más serios; es notable en este sentido como Steve Gerber hizo crítica política y social (no exenta de cierto surrealismo y fantasía, no ajeno su condición de cómic mainstream) en los años 70, con su breve colección Howard the Duck. El mecanismo inverso, sin embargo, no es tan habitual en cómic, aunque tiene un sentido muy concreto en Maus.

La presentación gráfica de los personajes en categorías absolutas bebe directamente, en este sentido, de la ideología nazi; o del imaginario que creado en torno a ellos: según un cónsul polaco con quien trató Spiegelman, los nazis utilizaban el epíteto de schwein (cerdo) al tratar a los polacos. Los judíos eran directamente considerados como alimañas (algo que justificaba, por asociación de ideas, su exterminio; tal calificación les deshumanizaba, acentuaba y racionalizaba la sensación de necesidad de una descontaminación). [3]

Si como epígrafe de la primera parte de la novela gráfica citaba a Hitler (Sin duda los judíos son una raza, pero no humana), Spielgeman incluye una cita de un artículo de periódico de mediados de los 30 en la Pomerania, que rezaba así: Mickey Mouse es el ideal más lamentable que jamás haya visto la luz… Un sentimiento sano indica a cualquier joven independiente y a toda juventud honorable que esa alimaña sucia e inmunda, el mayor portador de bacterias del mundo animal, no puede ser el tipo ideal de animal. […] ¡Fuera la animalización judía del pueblo! ¡Abajo con Mickey Mouse! ¡Lucid la cruz gamada! Vicente Domínguez García interpreta esto como un distanciamiento con los funny animals disneyanos. [4]


[1] WISEK, Joseph (ed.), Art Spielgeman conversations, University Press of Mississippi, 2007, págs. 72-73.
[2] Quién lo desee, puede consultar íntegramente las tres páginas que componen la microhistoria Rat en http://concdearte.blogspot.com/2007/06/maus-antes-de-maus.html
[3] HIRSCH, Herbert, Genocide and the politics of memory: studiying death to preserve life, UNC Press Books, 1995, pág. 102.
[4] DOMINGUEZ, Vicente, Tabú: la sombra de lo prohibido, innombrable y contaminante, Vicente Domínguez, pág. 192, Universidad de Oviedo, 2005.

jueves, 16 de junio de 2011

X-Men: Primera Generación (2)

Quisiera empezar con las palabras de un amigo, cuya primera impresión respecto a X-Men: Primera Generación fue que tenía "una pinta de película de serie B para fans increíble". Uno de mis mejores amigos, amplio conocedor de los mutantes, respondió a mi sugerencia de ir a verla con la rotunda afirmación de que pasaba "de más Marvel inventado". Lo cierto es que el planteamiento de la misma era extraño (que no inapropiado) en varios sentidos.

En primer lugar, estaba ambientada en los 60. Un detalle que encajaba a la perfección con lo presentado en la trilogía original (no en vano, la infancia de Magneto en un campo de concentración nazi requería esa distancia cronológica), y resultaba un guiño al origen editorial del cómic X-Men (luego Uncanny X-Men) en 1963, pero que presagiaba un estilo quizás demasiado retro para los tiempos que corren.

En segundo lugar, y dejando aparte a Xavier y Magneto (el desarrollo de cuya amistad aparecía como el reclamo más importante de la película), los estudiantes originales de la escuela Xavier para Jóvenes Talentos se correspondían muy poco con sus homólogos del cómic, y ni siquiera con los profesores de la escuela (Cíclope, Jean Grey, Tormenta; esta última haciendo un cameo en Cerebro) que aparecían en las primeras películas. De hecho, tan sólo la Bestia correspondía con el quinteto original de los cómics y, al mismo tiempo, había aparecído en X-Men: el desafío final (Mística había sido un personaje recurrente en anteriores películas, pero no perteneció a la Patrulla-X).

No obstante, la película consiguió convertir posibles defectos en virtudes. El contexto ganó empaques al poner parte de su peso en la situación política mundial de la Guerra Fría y, más concretamente, en la crisis de los misiles cubanos, y poder ver a Erik Lensherr (aka Magneto, interpretado por un Michael Fassbender en estado de gracia. ¿Alguien más le ve como James Bond?) cazando criminales de guerra nazis añade cierto interés al metraje. Quizás lo más negativo de esto sea la ingenuidad de las fuerzas de seguridad estadounidenses (atención al padre de William Stryker, villano de X-Men 2) y una estética ligeramente excesiva en lo sesentero (si bien el aspecto de la Reina Blanca es apropiado en el entorno del Club Fuego InfernalSebastian Shaw recuerda por momentos a Hugh Hefner).

Respecto al reparto de personajes, el uso de personajes es adecuado para conseguir una distribución más o menos interesante de poderes, con guiños a los seguidores del cómic (Kaos, hermano de Cíclope; Banshee, miembro desde la Segunda Génesis) y personajes menores (Ángel Salvadore, Darwin) que proporcionan algunos minutos interesantes de metraje, mientras que el peso de esta plantilla de segundo nivel recae especialmente en Bestia y Mística.

Entre ambos se plantean los complejos físicos que acompañan a algunos mutantes y prácticamente a todos los adolescentes, destacando el simbolismo que la Patrulla-X siempre ha tenido (y por ello ha sido la colección preferida por minorías raciales, sociales o sexuales durante muchos años): la sensación de no encajar en la normalidad del mundo, de ser temido, despreciado u odiado por el resto, la alienación que en algunos es una fase, y en otros toda la vida, en suma.

¿Es X-Men: Primera Generación una buena película? Sí, aunque no exenta de fallos. Los guionistas parecen perder la capacidad para mostrar el carisma de Magneto durante los últimos minutos de metraje, a pesar de que lo han mantenido en alza durante toda la película, y la personalidad de Xavier también evoluciona negativamente de un personaje real a un santurrón, por ejemplo. Los posicionamientos morales parecen haberse dejado (en general) para una mayor profundización en otras películas (se habla de que la FOX pretende conformar una nueva trilogía). Pero personalmente considero que esta adaptación/revisión posee más virtudes que defectos, y es una buena forma de reengancharse a la cinematografía mutante.

viernes, 10 de junio de 2011

X-Men: Primera Generación (1)


Mi primer contacto con la Patrulla-X vino de mano de la serie animada de los 90 (os pondría la música del opening, pero aparentemente la han vetado en youtube), que a pesar de beber de la estética de esa década maldita (al menos, para los cómics) versionaba historias clásicas de la Patrulla con pocos defectos, entre los que podemos destacar la extraña voz de Lobezno (que sonaba como el teniente Colombo), y tener que soportar a personajes como Gambito (nuff' said!) o Júbilo (esa irritante combinación de Punky Brewster y Tapón, el de Indiana Jones y el Templo Maldito).


En los tiempos en que Internet era escaso, la única noticia que tuve de la peli de X-Men (2000) dirigida por Bryan Singer fue una noticia en el periódico durante la última estancia hospitalaria de mi padre en Santander... Ni siquiera me enteré de su estreno en cines, y sólo la vi tras su estreno en VHS. Aunque si se les hace un revisionado probablemente tengan un ritmo demasiado lento, lo cierto es que X-Men abrió la puerta a las consiguientes adaptaciones cinematográficas de cómics, con una estética reconocible (¿que preferiais, licra amarilla?) y una buena elección de actores (como el por entonces desconocido Hugh Jackman como Lobezno, clavado salvo en la altura).


X-Men 2 (2003) continuó la saga con una historia ligeramente inspirada en la novela gráfica Dios ama, el hombre mata, sin desmerecer como película, pero palideciendo si se compara con las ambiguedades morales y las reflexiones que despertaba la obra original, en donde los mutantes (tanto los pro-convivencia de Xavier como la Hermandad de Magneto) debían enfrentarse a una verdadera yihad anti-mutante extendida por Estados Unidos gracias a la movilización del reverendo William Stryker. X-Men: la decisión final (2006, ya no dirigida por Bryan Singer ya que éste dirigía entonces Superman Returns) a pesar de introducir nuevos ingredientes interesantes (la introducción de "la cura", conflictos mutantes a escala masiva, nuevos personajes queridos por el público) falló en adaptar la saga de Fénix Oscura de los cómics, quedando reducida a un mero pastiche.


Muchos proyectos cinematográficos se barajaron a partir de entonces, realizándose únicamente una (olvidable) película de Lobezno. De hecho, los rumores de que la FOX iba a realizar una nueva película con el único deseo de impedir que Marvel recuperase los derechos cinematográficos mutantes no presagiaba nada bueno. Sin embargo, el hecho de que Bryan Singer regresase a la saga (si bien como guionista, no como director) despertaba de nuevo las esperanzas en el mundillo; se sumaban así ingredientes para la creación de una nueva película.


El germen de esta película reside en un proyecto anterior, que se encaminaba a contarnos los primeros días de Magneto, desde su infancia en los campos de concentración nazis (recomiendo a los interesados en esto último que se lean Magneto: Testamento) hasta conventirse en el villano que todos conocemos. Combinando esto con la posibilidad de conocer a un joven Xavier y desarrollar la amistad entre ambos, y sus diferencias de posiciones respecto al destino de los mutantes (el sueño de convivencia de Xavier frente al de dominación total de Magneto) toma forma la precuela que es X-Men: Primera Generación, interesantemente anclada cronológicamente en los años 60, precisamente cuando empezaron a publicarse las aventuras de los mutantes.

¿Merece la pena ver esta precuela? ¡La respuesta, en 6 días, porque este post se me ha ido totalmente de las manos y se ha convertido en un prólogo!

sábado, 4 de junio de 2011

3x07. De ser o no ser (monitor)



Chicos, como ya sabéis, yo había sido monitor de tiempo libre para la organización juvenil Mar-Cha durante cuatro años. No obstante, había abandonado esa responsabilidad, consciente de que tenía cosas más importantes en las que centrarme, y un tiempo al que dedicar a mi propio futuro. Pero entonces, entonces llegó un día, un día como ningún otro (en Mayo del 2011), en el que los más numerosos monitores de Mar-Cha vieron reducido su número a la hora de ir a la Warner con los chavales... ¡Ese día se me convocó a una suplencia!

Prácticamente acepté de inmediato, advirtiendo no obstante que tendría que confirmar si no tenía otros compromisos previos para esa fecha. ¿Por qué lo hice? Mentiría si dijera que fue totalmente por los chavales; en mi mente estaba la idea de ayudar a mis antiguos compañeros, pero, más aún, de poder convivir nuevamente con personas a las que hacía (demasiado) tiempo que no veía.

Para mí, la esencia de Mar-Cha se había convertido en esa oportunidad de vivir momentos especiales con gente no menos especial, y mi permanencia (más o menos intermitente) en la organización se había reducido a esas oportunidades. Hacía bastante tiempo que las dinámicas o las lecciones específicas no hacían mella alguna en mí... Al tiempo que cada vivencia con un amigo, de mi propia provincia o de otras, se revelaba como una auténtica lección de vida.

¿Qué saqué en limpio de esa suplencia, chicos, de ese, mi canto de cisne como monitor? Que ser monitor es un mundo de contrastes, y que había tomado una buena decisión. Que la sonrisa de un niño, sentir su respeto creciente cuando mantienes una conversación de persona a persona (charlando como si estuvieses a su nivel), o una mirada de cariño son un tesoro, nadie lo pone en duda. Que hay momentos en los que te ofuscan la cabeza hasta el punto en que sólo un nombre ocupa tu cabeza (Herodes), tampoco. La verdad, como suele ocurrir en estos casos, está entre ambas realidades.

No me arrepiento del tiempo que dediqué, de mis cuatro años como monitor, aunque puede que mi baremo en la universidad hubiese podido mejorar. Aunque recuerde apenas flashes, y pocos nombres de mis "monitorandos", he vivido grandes experiencias y he cimentado amistades muy interesantes y fructíferas. Reí, me enfadé, me sentí orgulloso. Dí un poco de vida, lo que estaba dentro de mis capacidades. Forgé el mito del hombre tranquilo.

Chicos, el pasado, en gran medida, es lo que da sentido a nuestra vida. Es nuestra propia obra de arte, única, personal e irrepetible y, como tal, nunca la terminaremos en lo que nos queda de vida. Merece la pena mirar hacia atrás, o revivir parcialmente una experiencia, pero nunca estancarse en el pasado. Era Mayo de 2011, y la aventura había terminado.