viernes, 25 de marzo de 2011

3x04. This time for Flanders



Chicos, si uno vive lo suficiente, no podrá evitar ver pasar acontecimientos históricos. Vuestra tatarabuela vivió bajo el reinado de dos reyes (Alfonso XIII y Juan Carlos I), una república (la 2ª española), una dictadura (la de Franco) y la guía espiritual de nueve Papas distintos (que no me pondré a enumerar porque no los sé). Yo mismo, aunque no lo recuerde, viví la caída del muro de Berlín, y presencié con cierto horror y angustia los funestos atentados del 11-S y el 11-M en Estados Unidos y España, respectivamente.

Pero el verano de 2010 tuve la oportunidad de presenciar un momento que haría vibrar a millones de españoles (incluyéndome, sorprendentemente, a mí). Me refiero, claro está, al día en el que España ganó su primer Mundial de fútbol. Sabéis de sobra, chicos, que, en discordancia con prácticamente todo el resto de la familia, no me gusta el fútbol, y de hecho, la Eurocopa que habíamos ganado dos años antes sólo me había hecho sentirme ligeramente alienado del resto del país, que estaba como loco mientras a mí me daba bastante lo mismo.

Pero por alguna razón (¡lo mismo di suerte!) en 2010 me puse a ver todos los partidos de España en el Mundial (enteritos, creo que sólo me perdí un trocito de la segunda parte del segundo partido). Y el destino quiso que yo presenciase el final del Mundial no en mi casa, ni siquiera en mi país, sino en Estados Unidos, en la ciudad de Newark, junto a unos amigos de pocas semanas y una familia de enteros desconocidos. Jamás me sentí más en casa, en todo el tiempo que pasé ese verano en América.


La semifinal contra Alemania la vi, después de una de nuestras primeras clases (puede que la segunda), en el Esopus Hall, en la universidad SUNY en New Paltz; socializando con prácticamente una mayoría de turcos que apoyaban también casi mayoritariamente a España (si exceptuamos a cierta zorra, con perdón, también turca, que luego coincidió que iba a clase con una de mis compañeras patrias; ella quería que ganase Alemania).

No estuvo mal, pero lo mejor de todo fue la sensación al finalizar, no de euforia, sino de alegre incredulidad. ¿España? ¿En la final de un Mundial de fútbol? Para alguien cuya relación más intensa con los Mundiales de fútbol había sido la lectura de los álbumes especiales de Mortadelo y Filemón (en clave de humor, intensamente pesimistas respecto a las posibilidades españolas), la situación parecía tan posible como que designasen a Cuenca como sede de los Juegos Olímpicos para el 2020.

Y para un recién licenciado en Historia, la posibilidad de devolverles a los holandeses la jugada de Flandes era especialmente deliciosa. Y lo hicimos. Joder, si lo hicimos. Un partido que viví con una intensidad como ningún otro, al lado de una familia que no era la mía, pero se sentía como si lo fuese. Pero al mismo, con una serenidad que me hizo estar convencido que íbamos a ganar desde el principio y en todo momento, aunque los minutos se alargasen y mucho pareciese ponerse en contra.


Con la tranquilidad, con el frío convencimiento de que íbamos a triunfar. Y que triunfo. Abrazos y lágrimas entre los presentes. Una llamada a casa (la última vez que hablaría desde América, no por escrito sino de viva voz, con vuestra abuela). Un recuerdo a vuestro abuelo, que ojalá hubiese vivido para verlo. La sensación pletórica de alegría y pertenencia, de compartir un sentimiento con los que me rodeaban, con una porción entera de la ciudad, con el ghetto español de Newark. Y la lección de que, si era capaz de crear algo así, tal vez el fútbol no estuviese tan mal, después de todo.

4 comentarios:

Javi_Pichu dijo...

Salgo corriendo del bar donde estaba viendo el partido con mi padre.

"¡GOL DE ESPAÑA!¡GOL DE ESPAÑA!" grito como un loco por la calle.

Una señora que pasa por allí me pregunta: "¿quién marcó?" Y yo, con una sonrisa desbordada, le respondo con sinceridad: "¡No lo sé, pero qué más da, ¡ha marcado España!!" Puyol. Claro, ha sido Puyol, el del remate de cabeza. Pero en esos momentos estoy yo como para pensar.

Termina el partido. España ha ganado a Alemania, ¡jugará la final de un Mundial de fútbol! Vuelvo a salir del bar y hablo con mi primo que ha estado viendo la semifinal en las pantallas gigantes de Castellana, en Madrid. No le oigo, a voces termino de hablar con él y me acerco a un niño que pasea con sus padres. Le digo: "¡CHÓCALA! Esto no lo vas a vivir todos los años, saboréalo bien!!" El niño choca su mano sorprendido; los padres me miran entre asustados (he salido de la nada como un hooligan desde el bar) y divertidos (en esos momentos tengo una pinta de loco increíble con la bandera de España al cuello)

Domingo, 11 de julio de 2010. Llegamos a Madrid desde Cervera de Pisuerga, hemos comido en un área de servicio de la autovía de La Coruña.

El termómetro marca 40 grados.

Mortal.

Caminamos a las cuatro de la tarde por la madrileña calle de Gran Vía. Banderas de España visten balcones, escaparates y ventanas. La gente lleva banderas bajo el brazo, banderas al cuello, bufandas en las muñecas, los colores de España pintados en la cara...

No hay quien pare. Madrid, España entera dirige sus pasos hacia la Castellana, a la altura de Colón ya no hay quien pare, la muchedumbre es espectacular.

En el ambiente se masca la euforia y la adrenalina, muy difíciles de contener. Mi primo no deja de decir que nos estamos creyendo campeones antes de tiempo. Nuestros corazones laten de emoción.

Le mando un mensaje a mi amigo de Cangas: "Como ganemos, esta noche peta Madrid" Y no está la cosa para pensar lo contrario: las bocinas ya suenan sin parar, la gente hace sonar las bubucelas (¿se escribe así?) y las calles no están paralizadas aún, pero faltan pocas horas para ello. Si la cosa está así a las cinco de la tarde... ¿Qué pasará si ganamos?

Las horas pasan despacio, estamos de pie en Castellana delante de la pantalla gigante. Y ahí van, nuestros héroes, a jugar su primera final de mundial. NUESTRA primera final de un mundial de fútbol.

Y después de casi tres horas de gritos, de saltos, cansados, afónicos y sin voz, muertos de calor y de sed, extenuados por la emoción del encuentro y aterrados por el fantasma de los penaltis que se avecinan, después de eso... allá va un balón que le llega a Iniesta. La controla (¿Con clase? No sé... no entiendo de fútbol) y le pega una fuerte patada hacia el poste derecho. Allá va. En ese balón van las emociones de cualquier niño que sueña con ver a su selección levantar la Copa del Mundo. Los llantos de tantos abuelos que llevan años deseando verlo.

Y entra.

Y la Castellana explota, de repente, un país se detiene. Madrid revienta. Las líneas se colapsan, la locura se desata, allá abajo uno se puede morir aplastado por la muchedumbre enloquecida. El corazón de España late de repente a más revoluciones de las que está acostumbrado; no hay caja de cambios que se resista, ni cuerdas vocales que aguanten tres horas de gritos, ni piernas que puedan estar quietas en esos momentos.

Es nuestra. Ya está. Lo hemos conseguido. En España también sabemos hacer bien las cosas.

El tiro de Iniesta fue un éxito sin precedentes.

Un tiro genial.

Un gol inigualable.

Un Mundial irrepetible.

Nuestro tiro, nuestro gol, y nuestro Mundial.

Recuerdos imborrables del verano en que me licencié.

Javi_Pichu dijo...

Me ha costado CUATRO intentos. Dos de ellos copia-pega, pero vaya.

Wherynn dijo...

Futbol... si, supongo que me presto bastante que ganara España. ¡Que si, gente! que estuvo genial y la suerte de vivir en una zona repleta de bares es que lo celebras a voces por la terraza con todo el vecindario. Mira, ahora precisamente estan gritando... una familia paseando a los perros.

Un besazo!

Superlayo dijo...

Pichu: Gracias por esforzarte. Probablemente sea el comentario más largo que jamás haya tenido mi blog.

Eva: Nunca digas de este agua no beberé...