domingo, 20 de febrero de 2011

La montaña mágica

La montaña mágica, de Thomas Mann, llegó a mí trayendo consigo un equipaje de engaño y promesas. La primera de ellas vino por la recomendación encarecida de su lectura, con el anexo de que "no tenía nada que ver con mi tesis o mi tesina", pero me vendría bien en la vida; la segunda, su propia contraportada advertía que el lector que se adentra en sus páginas nunca vuelve a ser el mismo. Como por ensalmo, este tipo de descripciones despiertan mi inmediata curiosidad y me propongo confirmar o refutar las mismas.

¿Cuál es, no obstante, el componente de engaño al que me he referido al comienzo? A pesar de su título, La montaña mágica decepcionará a aquel que busque entre sus páginas el misticismo, a excepción de que se considere saciado con pequeñas dosis de mística escolástica y apenas una gota de parapsicología burguesa. Pero sin duda, aquel que se sienta profundamente decepcionado por no encontrarse lo enunciado al pie de la letra por su título no está hecho para este libro, puesto que su historia se mueve en círculos (habitualmente no concéntricos) de metáfora y subjetivismo.

Las reflexiones filosóficas acerca de la naturaleza del tiempo, del humanismo y lo burgués, de la muerte y el honor se vuelven habituales, parte de una rutina que difumina el sentido del tiempo propio del mundo de abajo, que nos tiene a todos nosotros bailando según su intangible (pero en nada inaudible) y despótico son. En la "montaña mágica" de la historia, en un sanatorio de un punto indeterminado en los Alpes, la unidad mínima de medir el tiempo es el mes, y cualquier cosa inferior a esto no tiene mayor importancia que las milésimas de segundo para un reloj de cuco. Su espectador es tan consciente de ellas como de la división mitótica de sus propias células epiteliales; en suma, resultan funcionalmente irrelevantes, o tal vez irrelevantemente funcionales.

¡Pero alto! Decididamente, no debemos... ¡Perfecto! ¡Sin duda alguna! Es propio al motor mismo de la civilización el hecho que... ¡No se permite! ¡Inadmisible! Concedan que me haya apropiado del estilo expresivo y vacuo del holandés Mynheer Peeperkorn para hacer una ligera pausa expositiva. Pues habiendo descrito sólo con meros bocetos de contexto comenzaba a perderme en los circunloquios retóricos propios del modo de vida de allá arriba y aparentemente su época, aún a riesgo de dejar dichos bocetos anhelantes de una tinta que refuerce su vida y leif motiv. ¡No me discutan, caballeros! Es indudable, sencillamente inimaginable que... La retórica anhelante... ¡No cabe duda, no tercia discusión! La humanidad misma se alzaría en armas contra ello si... ¡Punto redondo!

La montaña mágica narra la estancia de Hans Castorp, estudiante alemán de ingeniería, a ese sanatorio alpino al que asciende, en una breve visita a su primo Joachim Ziemssen. ¡Pero nuevamente alto, seamos prudentes! ¿Qué significa en realidad "breve" en el Sanatorio Internacional Berghof, dadas las disonancias de tiempo que existen entre allá arriba y el mundo de abajo? En un microverso en donde el reposo es obligación y el ocio se limita a la naturaleza y lo social, un pequeño niño mimado por la vida como Castorp se verá distante de su habitual entorno burgués, del "mundo real".

Un mundo real que se reduce, para Castorp, a una Europa decadente y burguesa y el conglomerado colonial que la rodea, a un status quo que tiene los días contados al avanzar principios del siglo XX hacia una inesperada guerra mundial tras la que (a diferencia de cómo suele ocurrir, pese a los promesas de las ficciones multicromáticas a las que soy tan aficionado) nada volverá a ser lo mismo. Como tampoco lo será Castorp, ni probablemente el propio lector (ya fui advertido de ello) tras el fin de la historia.

Los debates dialécticos el siniestro jesuita Naphta y el paquidérmico pedante humanista Settembrini educan a Castorp y al mismo tiempo retrotraen al lector a una época condenada, y si la lectura es absorbente (¿y cómo no serlo, si la extensión del relato lo requiere, y el tiempo real y ficticio se difuminan y entrecruzan hasta casi oponerse, como el popular oxímoron de la cuadratura del círculo?) uno llega a olvidarse de que los encarnizados debates políticos e ideológicos se han visto resueltos o truncados hace ya décadas.

Si lo importante es el viaje, y no el destino, los enfermos de Berghof han creado con toda consecuencia un micro-cosmos a su alrededor que les satisface prácticamente todas sus necesidades, mientras aquellas de allá abajo se difuminan. Yo mismo he experimentado, ganándome el pan con el sudor de mi frente algunos veranos, esa sensación inigualable de solventar, mediante sana rutina, socialización casi familiar e intercambio de ideas, casi todas las preocupaciones e intereses de un mundo que apenas es ya memoria, más allá de las montañas.

¡Ah, la feliz despreocupación, trabajo y holganza de Babia bien me recuerdan a un Berghof sin sus frivolidades y su peligrosa distorsión del tiempo, puesto que la salida del sanatorio nunca está estipulada de antemano! Y en esto existe la principal diferencia entreambos, por la que Settembrini sin duda nunca me advertiría en contra; en apenas dos semanas, uno se aísla del mundo real, pero no se aclimata lo suficiente como para dificultar el regreso, no rellena su mente de conocimientos abstractos y entelequias metafísicas que hacen peligrar el sentido práctico de la vida moderna.

Lo verdaderamente necesario se hallará, sin duda, en un moderado término medio. ¡En qué temeridad, en que dislate, en que desatino incurriría aquel que aspirase hoy día a un aislamiento burgués como el que presenta Mann entre sus páginas! Y el resultado de abrazar por completo nuestro acelerado ritmo de vida puede verse por doquier, puesto que la depresión, el estrés y demás sinsentidos varios son perceptibles a diario en el mundo que nos rodea.

Así pues, la evasión total (ya sea a través de la frivolidad de la estúpida señora Stöhr, el hedonismo del absorbente Mynheer Peeperkorn o la sed de conocimientos del propio Castorp) no es la respuesta, ni tampoco el colaboracionismo (por honor, como Ziemssen, o por miedo a la pérdida de perspectiva práctica como el cónsul Tiennapel) con el ritmo atroz al que nos la vida nos somete casi de continuo. El mensaje que uno debiera sacar en cuenta de La montaña mágica (si se es capaz de minimizar toda su retórica en uno solo) debería ser el intento de cristalizar unos pequeños Alpes dentro de nosotros.

Poder disfrutar de un encarnizado debate intelectual sin perder de vista el mundo, disfrutar de la vida contemplativa sin olvidar nuestras obligaciones... El control del tiempo que en vano se intenta conseguir con la posesión de un reloj no puede lograrse ignorando o controlándolo de forma compulsiva. ¿Pero puede ser domado el tiempo, medido incluso, cuando la subjetividad propia de lo humano lo deforma y lo acorta a su mínimo exponente, o lo alarga hasta rozar la eternidad? En suma, preguntémonos... ¿Qué es el tiempo?

¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo una función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? ¡Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es "productivo". ¿Y qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí. Y como, por otra parte, a pesar de los más desesperados esfuerzos, no se ha podido representar un tiempo finito ni un espacio limitado, se ha decidido "imaginar" que el tiempo y el espacio son eternos e infinitos, pensando -al parecer- que, dentro de la imposibilidad de hacerse una idea, esto es un poco más fácil. Sin embargo, al establecer el postulado de lo eterno y lo infinito, ¿no se destruye lógica y matemáticamente todo lo limitado y finito? ¿No queda todo reducido a cero? ¿Puede haber sucesión en lo eterno? ¿Puede haber coexistencia en lo finito? ¿Cómo armonizar esta "solución de compromiso" respecto a lo eterno y lo infinito con conceptos como distancia, movimiento y cambio... e incluso con la mera presencia de cuerpos limitados en el universo? ¡Es inútil preguntar!

La montaña mágica, capítulo VI (Cambios), Thomas Mann.

4 comentarios:

Superlayo dijo...

Sin duda la entrada más larga que jamás haya escrito para el blog, pero tratándose de una reseña de un libro de más de 900 páginas, lo merece. También, probablemente, una de las que más he disfrutado escribiendo, pero me temo que será una de las menos populares.

Sólo puedo añadir que la contraportada me decía que, si Joyce era Irlanda y la lengua inglesa, y Proust la lengua francesa, Mann era el mejor representante literario de la lengua alemana.

Dicho esto, me enfrento ahora al Ulises de Joyce, a la espera de poder leer En busca del tiempo perdido de Proust.

Javi_Pichu dijo...

Sí... lo he intentado, pero la verdad es que a la mitad me he rendido...

Superlayo dijo...

Pichu: Me hago cargo. Hay que haberse leído el libro para disfrutar del post, me temo, porque estoy escribiendo tal y como se expresa. Por otra parte, admito que si pudiera, hablaría así siempre.

Adán dijo...

La he leído en dos partes, pero la he leído. Me gusta mucho el estilo, si bien dices que lo imitas (al autor), creo que lo haces con muy buena técnica.

Me quedo con mi nueva palabra recién aprendida "dislate".

Un saludo!
Antón.