sábado, 26 de febrero de 2011

V de Vendetta

Una enfermedad desesperada requiere un remedio peligroso, es la frase que se le atribuye al infame (en Inglaterra, al menos) Guy Fawkes. ¿Quién era este Guy Fawkes? ¿Por qué se haya tan firmemente enrraizado en la cultura popular inglesa, y qué relación tiene con el cómic (y la muy digna adaptación fílmica) V de Vendetta?

V for Vendetta fue el título original para una colección de cómics de apenas 10 números (posteriormente sería promocionada como una "novela gráfica", por aquello de hacer menos vergonzante al público generalista el hecho de leer cómics con cierta edad), guionizada por Alan Moore y dibujada por David Lloyd (en mi opinión la mayor tara del cómic, en tanto que consigue crear una atmósfera oscura y opresiva, pero llega a dificultar el distinguir a unos personajes de otros), ambos británicos.

Se trata de una obra fruto de su tiempo, en tanto que los matices orwellianos del futuro distópico que se nos presentan entre sus páginas nacen de los temores y reticencias de ambos autores (de tendencias políticas de izquierda) frente a la política británica de su época, monopolizada por el partido conservador, con Margaret Thatcher a la cabeza. Fruto de esto, nos encontramos con un estado totalitario fascista en la Inglaterra de 1997, frente al cual se alza el antihéroe protagonista, V, como adalid anarquista frente a una justicia violada y rendida a los pies de la dictadura.

El aspecto del misterioso personaje de V, presentado en el cómic poco antes de hacer volar por los aires el Parlamento inglés, retrotrae inmediatamente a los lectores de ese país a la figura de Guy Fawkes, por más de un motivo. Pero nuevamente, ¿por qué? ¿Qué tiene la máscara de sonrisa sardónica de V, que se enrraiza tan firmemente en el imaginario inglés?

La llegada de Jacobo I de Inglaterra (y VI de Escocia, ¿recordáis a nuestro monarca anglosajón anti-tabaco preferido?) al trono en 1603 despertó en su día, entre la población católica de Inglaterra, la esperanza en que sus condiciones de vida mejorase (especialmente en cuanto a tolerancia religiosa), algo que resultaron solo vanas esperanzas. Como intento de mejorar esto (probablemente con la idea de instaurar una nueva monarquía católica en la figura de Isabel, la hija de Jacobo, a la sazón con nueve años de edad), el católico Robert Catesby dio forma a lo que se conocería como el Motín de la Pólvora.

La primera parte del plan de Catesby (no habría oportunidad para desarrollarlo más a fondo) era volar por los aires el Parlamento inglés, algo que quitaría de en medio no sólo al rey Jacobo, sino también a la única otra fuerza política de Inglaterra, el Parlamento en sí. No obstante, existían también parlamentaristas católicos, y la preocupación de algunos conspiradores por ellos (avisando crípticamente al Barón de Monteagle a través de una carta anónima) provocó que el 5 de Noviembre de 1605 el complot fuese descubierto.

Guy Fawkes (que había sido puesto como principal ejecutor del complot por Catesby) fue capturado, torturado y ejecutado; en una última muestra de valentía, Fawkes fingió más debilidad que la que la tortura había infringido sobre su cuerpo, y saltó a la horca con sus últimas fuerzas, rompiéndose el cuello en el proceso y privando así a los espectadores (y sus ejecutores) de la satisfacción de verle ahogarse hasta la muerte.

El Motín de la Pólvora (Gunpowder Plot) no tuvo excesivas repercusiones, si exceptuamos a aquellos cómplices del mismo, probablemente por que el rey Jacobo tuvo a bien hacer notar que el acto de traición había sido cometido por un pequeño grupo de católicos, y no podía hacerse extensivo a la totalidad de sus súbditos católicos (incluso varios católicos continuaron formando parte de la alta política inglesa).

Otra cosa bien distinta es su permanencia en el ámbito popular, en donde el motín permaneció como una celebración anual (the Bonfire Night), en donde se queman efigies de Guy Fawkes (de ahí las máscaras que comentábamos antes); en recuerdo de lo sucedido el 5 de Noviembre también perduran unos versos conocidos para los que conozcan V de Vendetta:

Remember, remember, the fifth of November, / the gunpowder treason and plot / I know of no reason / why gunpowder treason / should ever be forgot.

Con todo lo contado, no es de extrañar que podamos encontrar en la red de redes una cantidad ingente de información sobre el tema, desde la proporcionada por su propia sociedad histórica (Gunpowder Plot Society), por la BBC, o el propio (y aparentemente poco rencoroso) Parlamento inglés (en versión generalista y otra destinada a los niños).

Ya para terminar, hacer referencia a El Motín de la Pólvora: Explotando la Leyenda (desde el primer vídeo de Youtube se puede acceder al documental íntegro), creado para ser emitido el 400 aniversario del motín, y en donde se reconstruyó el Parlamento de la época, sólo para destruirlo y comprobar la efectividad que hubiese tenido la explosión; además de realizar un ejercicio de historia contrafactual en sus minutos finales, meditando acerca de las posibles consecuencias del éxito del complot.

domingo, 20 de febrero de 2011

La montaña mágica

La montaña mágica, de Thomas Mann, llegó a mí trayendo consigo un equipaje de engaño y promesas. La primera de ellas vino por la recomendación encarecida de su lectura, con el anexo de que "no tenía nada que ver con mi tesis o mi tesina", pero me vendría bien en la vida; la segunda, su propia contraportada advertía que el lector que se adentra en sus páginas nunca vuelve a ser el mismo. Como por ensalmo, este tipo de descripciones despiertan mi inmediata curiosidad y me propongo confirmar o refutar las mismas.

¿Cuál es, no obstante, el componente de engaño al que me he referido al comienzo? A pesar de su título, La montaña mágica decepcionará a aquel que busque entre sus páginas el misticismo, a excepción de que se considere saciado con pequeñas dosis de mística escolástica y apenas una gota de parapsicología burguesa. Pero sin duda, aquel que se sienta profundamente decepcionado por no encontrarse lo enunciado al pie de la letra por su título no está hecho para este libro, puesto que su historia se mueve en círculos (habitualmente no concéntricos) de metáfora y subjetivismo.

Las reflexiones filosóficas acerca de la naturaleza del tiempo, del humanismo y lo burgués, de la muerte y el honor se vuelven habituales, parte de una rutina que difumina el sentido del tiempo propio del mundo de abajo, que nos tiene a todos nosotros bailando según su intangible (pero en nada inaudible) y despótico son. En la "montaña mágica" de la historia, en un sanatorio de un punto indeterminado en los Alpes, la unidad mínima de medir el tiempo es el mes, y cualquier cosa inferior a esto no tiene mayor importancia que las milésimas de segundo para un reloj de cuco. Su espectador es tan consciente de ellas como de la división mitótica de sus propias células epiteliales; en suma, resultan funcionalmente irrelevantes, o tal vez irrelevantemente funcionales.

¡Pero alto! Decididamente, no debemos... ¡Perfecto! ¡Sin duda alguna! Es propio al motor mismo de la civilización el hecho que... ¡No se permite! ¡Inadmisible! Concedan que me haya apropiado del estilo expresivo y vacuo del holandés Mynheer Peeperkorn para hacer una ligera pausa expositiva. Pues habiendo descrito sólo con meros bocetos de contexto comenzaba a perderme en los circunloquios retóricos propios del modo de vida de allá arriba y aparentemente su época, aún a riesgo de dejar dichos bocetos anhelantes de una tinta que refuerce su vida y leif motiv. ¡No me discutan, caballeros! Es indudable, sencillamente inimaginable que... La retórica anhelante... ¡No cabe duda, no tercia discusión! La humanidad misma se alzaría en armas contra ello si... ¡Punto redondo!

La montaña mágica narra la estancia de Hans Castorp, estudiante alemán de ingeniería, a ese sanatorio alpino al que asciende, en una breve visita a su primo Joachim Ziemssen. ¡Pero nuevamente alto, seamos prudentes! ¿Qué significa en realidad "breve" en el Sanatorio Internacional Berghof, dadas las disonancias de tiempo que existen entre allá arriba y el mundo de abajo? En un microverso en donde el reposo es obligación y el ocio se limita a la naturaleza y lo social, un pequeño niño mimado por la vida como Castorp se verá distante de su habitual entorno burgués, del "mundo real".

Un mundo real que se reduce, para Castorp, a una Europa decadente y burguesa y el conglomerado colonial que la rodea, a un status quo que tiene los días contados al avanzar principios del siglo XX hacia una inesperada guerra mundial tras la que (a diferencia de cómo suele ocurrir, pese a los promesas de las ficciones multicromáticas a las que soy tan aficionado) nada volverá a ser lo mismo. Como tampoco lo será Castorp, ni probablemente el propio lector (ya fui advertido de ello) tras el fin de la historia.

Los debates dialécticos el siniestro jesuita Naphta y el paquidérmico pedante humanista Settembrini educan a Castorp y al mismo tiempo retrotraen al lector a una época condenada, y si la lectura es absorbente (¿y cómo no serlo, si la extensión del relato lo requiere, y el tiempo real y ficticio se difuminan y entrecruzan hasta casi oponerse, como el popular oxímoron de la cuadratura del círculo?) uno llega a olvidarse de que los encarnizados debates políticos e ideológicos se han visto resueltos o truncados hace ya décadas.

Si lo importante es el viaje, y no el destino, los enfermos de Berghof han creado con toda consecuencia un micro-cosmos a su alrededor que les satisface prácticamente todas sus necesidades, mientras aquellas de allá abajo se difuminan. Yo mismo he experimentado, ganándome el pan con el sudor de mi frente algunos veranos, esa sensación inigualable de solventar, mediante sana rutina, socialización casi familiar e intercambio de ideas, casi todas las preocupaciones e intereses de un mundo que apenas es ya memoria, más allá de las montañas.

¡Ah, la feliz despreocupación, trabajo y holganza de Babia bien me recuerdan a un Berghof sin sus frivolidades y su peligrosa distorsión del tiempo, puesto que la salida del sanatorio nunca está estipulada de antemano! Y en esto existe la principal diferencia entreambos, por la que Settembrini sin duda nunca me advertiría en contra; en apenas dos semanas, uno se aísla del mundo real, pero no se aclimata lo suficiente como para dificultar el regreso, no rellena su mente de conocimientos abstractos y entelequias metafísicas que hacen peligrar el sentido práctico de la vida moderna.

Lo verdaderamente necesario se hallará, sin duda, en un moderado término medio. ¡En qué temeridad, en que dislate, en que desatino incurriría aquel que aspirase hoy día a un aislamiento burgués como el que presenta Mann entre sus páginas! Y el resultado de abrazar por completo nuestro acelerado ritmo de vida puede verse por doquier, puesto que la depresión, el estrés y demás sinsentidos varios son perceptibles a diario en el mundo que nos rodea.

Así pues, la evasión total (ya sea a través de la frivolidad de la estúpida señora Stöhr, el hedonismo del absorbente Mynheer Peeperkorn o la sed de conocimientos del propio Castorp) no es la respuesta, ni tampoco el colaboracionismo (por honor, como Ziemssen, o por miedo a la pérdida de perspectiva práctica como el cónsul Tiennapel) con el ritmo atroz al que nos la vida nos somete casi de continuo. El mensaje que uno debiera sacar en cuenta de La montaña mágica (si se es capaz de minimizar toda su retórica en uno solo) debería ser el intento de cristalizar unos pequeños Alpes dentro de nosotros.

Poder disfrutar de un encarnizado debate intelectual sin perder de vista el mundo, disfrutar de la vida contemplativa sin olvidar nuestras obligaciones... El control del tiempo que en vano se intenta conseguir con la posesión de un reloj no puede lograrse ignorando o controlándolo de forma compulsiva. ¿Pero puede ser domado el tiempo, medido incluso, cuando la subjetividad propia de lo humano lo deforma y lo acorta a su mínimo exponente, o lo alarga hasta rozar la eternidad? En suma, preguntémonos... ¿Qué es el tiempo?

¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo una función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? ¡Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es "productivo". ¿Y qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí. Y como, por otra parte, a pesar de los más desesperados esfuerzos, no se ha podido representar un tiempo finito ni un espacio limitado, se ha decidido "imaginar" que el tiempo y el espacio son eternos e infinitos, pensando -al parecer- que, dentro de la imposibilidad de hacerse una idea, esto es un poco más fácil. Sin embargo, al establecer el postulado de lo eterno y lo infinito, ¿no se destruye lógica y matemáticamente todo lo limitado y finito? ¿No queda todo reducido a cero? ¿Puede haber sucesión en lo eterno? ¿Puede haber coexistencia en lo finito? ¿Cómo armonizar esta "solución de compromiso" respecto a lo eterno y lo infinito con conceptos como distancia, movimiento y cambio... e incluso con la mera presencia de cuerpos limitados en el universo? ¡Es inútil preguntar!

La montaña mágica, capítulo VI (Cambios), Thomas Mann.

lunes, 14 de febrero de 2011

Deseo


- Cosas raras. Ésta es una de esas cosas raras, ¿verdad?
- Podría decirse así.
- ¿Me hará daño? ¿Me matará? ¿Me destrozará?
- No más de lo normal; no; y quizás un poco. Pero sólo con amor.
- Amor… ¿Ha estado alguna vez enamorado?
- En cierta manera.
- Horrible, ¿verdad?
- ¿En qué modo?
- Te hace tan vulnerable. Abre tu pecho y tu corazón, y alguien puede entrar en ti y destrozarte. Levantas tus defensas. Construyes toda un armadura durante años, para que no te hagan daño, y una persona estúpida, idéntica a cualquier otra, entra en tu estúpida vida… Les das un pedazo de ti. No te lo piden. Hacen algo estúpido un día, te besan o te sonríen, y entonces tu vida ya no es tuya. El amor te hace rehén. Entra en ti. Te devora y te deja llorando en la oscuridad, y una frase como “seguiremos siendo amigos” o “muy perspicaz” se convierte en una astilla de cristal que te atraviesa el corazón.
- Qué pintoresco.
- Duele. No sólo en la imaginación. No sólo en la mente. Duele el alma, el cuerpo, es un dolor interior que te desgarra y es real. Nada debería poder hacer eso. Y menos el amor. Odio el amor.
- Nieta, creo que te prefería cuando te quejabas estoicamente de no sentir nada.


Sandman: Las Benévolas, Neil Gaiman.

jueves, 3 de febrero de 2011

El sentido de un blog

¿Cuántos blogs consultan al día? ¿Hay alguno que se haya ganado que lo visite habitualmente, esperando que actualice con una nueva entrada? Si es así... ¡Felicidades! Felicidades para el blog, claro. No es fácil mantener lectores fieles, especialmente ante la burbuja de la blogosfera que se creó hace unos años, cuando parecía que todo el mundo tenía un blog. ¡Diablos, incluso yo tenía un blog!

Y no es fácil mantener un blog en condiciones: hace falta una voluntad impertérrita para llevarlo al día. Hay quien se permite micro-entradas breves (como Jotacé, el ínclito descontextualizador, que suele tener dos diarias, en una labor verdaderamente reseñable), hay quien se marca unos intervalos de publicación (como yo mismo. Sí, me he puesto un autoenlace, adelante, llamen a la Guardia Civil; vean el blog de Wherynn si quieren ver intervalos literario-cumpleañeros), quien publica esporádicamente, pero de forma continuada (véase a míster Pichu, que escribe cuando le apetece, pero no se le queda el blog muerto), y quien publica de Pascuas a Ramos (como el viejo Antón).

Yo lo admito libremente y por mi propia voluntad, que diría Stoker: el blog me cuesta. El parón del año pasado a estas fechas fue porque veía mi pedacito de blogosfera como una responsabilidad, una responsabilidad que (al ritmo de una publicación cada 3 días) no podía permitirme continuar. Y así se va dejando, se va dejando... Y cuando te das cuenta, llevas 42 días sin escribir (como el amigo Charlie, que vuelve ahora), o incluso 8 meses (y no me autoenlazo otra vez porque quemo el chiste. Que ya estaba en llamas cuando lo usé la primera vez).

Un blog puede ser nuestra pequeña ventanita al mundo (un poco más grande que el creciente Twitter, tan en boga hoy en día), pero pocos son los que escriben simplemente por el placer de hacerlo. Yo, al menos, tengo mi ego, y me gusta saber si se me lee; hoy día, tengo la suerte que utilizando el Facebook ese puedo transmitir información puntual a gente que de otra forma no sé acercaría a mi blog, y suelo sorprenderme cuando me hablan bien de él, porque parto de la base de que no es leído (los "me gusta" atemperan a veces la falta de comentarios).

¿Y por qué se mantiene? Pues porque se tiene algo que decir, y porque aunque muchas ideas se pierdan en el tintero (cuántas veces escribo mentalmente sobre un tema mientras voy de un sitio para otro solo, cuántas quedan luego sin ilusión para materializarlas) o priorice muchísimas cosas antes que al blog (a veces el peso de "hacer algo productivo", incluso de escribir "algo serio" lastra un poco el ritmo de las publicaciones, si no lo detiene por completo), me gusta escribir.

Y sí, echo de menos comentarios, e incluso el poder mantener un cierto debate temático como alguna vez ha pasado, pero francamente... Creo que tal y como está hoy día la blogosfera (puede que no de capa caída en sí misma, pero sin duda, sí en cuanto a participación), no puedo quejarme, teniendo gente que me lee puntualmente, gente que me sigue, y poquitos que me comentan siempre o casi siempre.

Ver que hay alguien a quien se dirige todo esto ayuda (por sentirse nuevamente responsable de, quizás, o por el placer de ser leído, no lo sé) a seguir. Va por ustedes, maestros.