viernes, 12 de noviembre de 2010

Deformación profesional

Generalmente, uno entra en la carrera de Historia pensando en la "gran Historia". En Historia universal, en Historia de España, en la Revolución Francesa, el descubrimiento de América, Napoleón, Julio César y Adolf Hitler. La Historia de los grandes acontecimientos y los grandes personajes. Pero, como decía Nietzsche (uno de mis filósofos preferidos) en boca de su Zaratustra:

Yo ya no confío en los grandes "acontecimientos", que están rodeados de aullidos y humaredas. ¡Créeme, ruidoso e infernal amigo! Los mayores acontecimientos no son nuestros momentos más ruidosos, sino los más callados. El mundo no gira en torno a los inventores de nuevos ruidos, sino alrededor de los inventores de nuevos valores; gira de un modo que nadie puede oírlo.

 Si algo he aprendido de mis cinco años de carrera, es que la Historia (si se me permite ser tópico, como la vida) es mucho más compleja que los grandes eventos, pero también que los grandes procesos y evoluciones. Y que la Historia política de toda la vida está muy bien, pero que existían también cosas como  una Historia de las cosas banales (Daniel Roche, hablando del consumo), de la muerte (Historia de la muerte en Occidente, de Philippe Aries) o de las cárceles (Vigilar y castigar, de Michel Foucault), entre otras muchas.

Vamos, que francamente a estas alturas no me sorprende en absoluto encontrarme con una Historia de la playa o el sentido del olfato (El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa o El perfume o el miasma, ambas de Alain Corbin), una Historia de las letrinas (Las letrinas. Historia de la higiene urbana, de Roger Henri-Guerrand), o estudios de cosas a priori tan sorprendentes como Para leer al Pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo (de Ariel Dorfman y Alain Mattelart).

Esto le lleva uno a preguntarse donde residen los límites de la consciencia humana... ¿En qué momento una persona llega a desensibilizarse de estas tendencias historiográficas, de tal forma que deje de sorprenderle cualquier investigación, por extraña que sea? ¿En que momento cualquier temática histórica empieza a verse no sólo como plausible, sino interesante y digna de estudio? ¿Existe tal línea y, de ser así, la habré sobrepasado ya?

Probablemente ya me conozcan,
pero mi nombre es Clovis Sandoval


No se sientan intimidados por el hecho de que sea el mejor
historiador de cepillos de dientes del mundo.
Puedo asegurarles que me pongo los pantalones
una pernera de cada vez, como cualquier otro.

Realmente, entre ustedes y yo, me pongo ambas perneras
al mismo tiempo. Lo que hago es sentarme
en la cama con los pies en el aire y
coloco ambas perneras simultáneamente.

Si voy a terminar mi obra maestra...
Molares del destino: Una historia de la higiene oral...
No puedo perder el tiempo haciéndolo de forma normal.


No podemos dejar que los pantalones se la jueguen
a las futuras generaciones, ¿verdad?

Rayos, ¿a quién quiero engañar? Me encantaría echarle el diente a un libro así.

3 comentarios:

Wherynn dijo...

Claramente, aparte de la Historia en si hay que tener en cuenta que todo el mundo tiene su historia, que crea historia a su modo inventando cosas, imaginando libros, creando musica, cine... la forma en que todas las cosas se interrelacionan, como se influyen mutuamente, como se crean cadenas inimaginables...

fascinante...

Claudia dijo...

Leería la Historia de las Letrinas sólo por ver cuán imaginativas son sus metáforas =P

Genial entrada, mira que yo llevo poco en la carrera y ya sufro de lo mismo... (sigh). ¡Ánimo, que esto con el tiempo no se cura!

Superlayo dijo...

Eva: La cosa es que me esforcé especialmente en no usar la palabra fascinante en el post, pero tenía que acabar saliendo sin duda. Chiste interno, yo me entiendo.

Claudia: Hemos estado trabajando hoy mismo con Historia de las letrinas en clase. Y, añado, pregunté por un libro que ojeaba el profesor y me encontré con que era Historia de la mierda, al parecer todo un clásico.