jueves, 12 de noviembre de 2009

De Xicil y rodillas crujientes

La naturaleza ha tenido a bien el concederme (tal vez maldecirme, no condenarme, que ya suena demasiado extremo) con una rodilla aquejada por una condropatía esponjiforme (bueno, en realidad lo de esponjiforme es mío, siempre me hizo gracia con lo de las vacas locas. Esto me recuerda que otro día hablemos de porqué odio a Bob Esponja).
Para los legos (venga, dejémonos de vaciles, yo tampoco lo sabría si no se diese el caso, y creo que soy relativamente culto), esto supone una enfermedad degenerativa del cartílago, cuya mayor molestia se da cuando tengo que tenerla doblada durante mucho tiempo sin poder estirarla (momento en el cual comienza el show de los pinchazos), y cuya mayor notoriedad es crujir a veces al levantarme o estirarla (ya andando en bicicleta ni os comento; obviamente, ya no pedaleo). ¿A qué viene todo esto? Bueno, durante tres meses alternativos (es decir, tres meses sí y tres meses no) tengo que tomar, a perpetuidad (bueno, seguramente una vez muerto no pase nada por ahorrármelo) unos polvos llamados Xicil, para evitar que la cosa vaya a peores (que tampoco es que vaya a ser algo terrible si no lo tomo, pero probablemente mejore la vida de mi rodilla con el paso de los años). Visualizo entonces la vida de mis posibles hijos, y me doy cuenta de que el Xicil será algo familiar que ellos relacionen con su padre, a imagen de como yo lo hago con el mío con cosas como el Betadine, o el esparadrapo Mepix, productos estos que asocio inconscientemente con mi progenitor debido a su constante uso por la enfermedad que llevó durante muchos años, y finalmente le arrebató la vida. Es irónico (si no directamente raro, no se si a alguien más le pasará), el llegar a coger cariño a un medicamento, sobre todo en un caso como este, en donde el esparadrapo servía para pegar gasas (también les tengo cariño) que tapasen el boquete en el pecho de mi padre (directamente a la cavidad que contenía su pulmón enfermo), y a la povidona yodada que servía para limpiar y desinfectar los purulentos (y malolientes, según recuerda mi madre) desechos que pudiese exhudar. Quizás es este un caso extremo, pero también recuerdo con cariño medicamentos como el Flutox (creo que era para la garganta, con un color gris bastante sucio, y una textura untuosa, como de miel ligeramente líquida, y un sabor dulce pero indefinible) y, sobre todo, el Paidoterín (para cortar la mucosidad, con un fuerte sabor a fresa ácida, y que aún tomo cuando es menester). ¿Pero qué es de vosotros, estimados lectores? ¿Habéis sentido alguna vez el cariño nostálgico (fruto, puede ser, del agradecimiento del pasado enfermo) hacia un medicamento o sucedáneo? ¿Hacia un delicioso remedio casero como el (mmm...) limón con miel? ¿Hacia cosas como la Cristalmina (o la Mercromina, si necesitábais ver algo más tangible)? ¿Qué me decís?

4 comentarios:

Repelux dijo...

Cuando era niño tiraba mucho de Terbasmin (un innhalador) para la alergia. Hace un tiempo que no lo necesito porque ahora me empastillo para eso, pero recuerdo que daba un subidón en los pulmones que te sentías Lance Armstrong. Y, ahora que mencionas tanto Cristalmina como Mercromina... da recuerdos de rasguños de infancia.

Wherynn dijo...

Yo estoy rememorando mi infancia tomando "Bisolvon", un jarabe para la tos con sabor a fresa. No se, prefiero no recordar medicamentos...

bssss!

Lázaro Suárez © dijo...

asociados a mi de manera instantánea está el inhalador del que hablaba repelux y aerius, un antistamínico para reprimir los síntomas de la alergia. sobre todo en invierno,necesito una pastilla de vez en cuando y el chute de oxígeno.

por otro lado, mi rodillera, va a donde vaya yo haciendo deporte.

soy un saco de lesiones.

y poniendome nostálgicos, recuerdo las galletas maría que iban asociadas a mi abuela. decía que curaba el hambre entre horas :)

un abrazo!!!

Superlayo dijo...

Repelux: Yo siempre fui más de Cristalmina porque era más limpio y parecía más aparatoso, pero siempre había quien prefería ver un manchurrón rojo para que quedase claro que le habían hecho algo...

Eva: Yo he tenido que volver al Paidoterín este mismo finde... ¡Frívola nostalgia! :p

Juan Carlos: Muy grande lo de las galletas. Mítico remedio de abuela para "las once", que dice la mía. :p