domingo, 26 de abril de 2009

1x02. Yurrta gezinti, cihanda gezinti

Chicos, aún cuando se que este consejo va a redundar en perjuicio mío, por aquello de los gastos, tengo que recomendaros, sin lugar a dudas, que viajéis todo lo que podáis. Especialmente en viajes de estudios. Mi primer viaje de estudios, con los compañeros del colegio de Bimenes, fue estupendo.
El segundo, ya en el Auseva, no solo fue literalmente legendario (podría pasarme horas contando anécdotas de él, aunque tenéis suerte y no lo haré. Hoy), sino que a ciencia cierta puede usarse para marcar un antes y un después en mi vida, y en la de algunos cuantas personas que ya conocéis.
Mi tercer viaje de estudios, tras casi dos años de preparación y acumulación de dinero para el mismo, fue con la gente mi promoción de la facultad, y creedme que mereció la pena aunque fuese por la convivencia con la gente. Hay vínculos que no se crean entre horas de clase, y hay gente a la que no tratarías saliendo un viernes con "los de la facultad". Nuestro alegre grupo llegó a Turquía sin nada que merezca mención salvo el viajar con dobles de John Cusack y George Michael. Desgraciadamente en el aeropuerto de Estambul, una de nuestras compañeras fue acusada de un crimen que no había cometido (más o menos) y obligada a regresar a Madrid, tras una interesante (como poco) pernocta en una sala de detenciones turca (no lo hago adrede, en serio, pero, ¿no suena todo peor con el adjetivo turco?).
Estambul es un sitio interesante. Los que nos molestamos en callejear un poco (tampoco demasiado, no voy a echarme flores) más que las zonas turísticas habituales, pudimos encontrar un notorio contraste de culturas, entre lo europeo y lo oriental, lo conocido y lo para nosotros extranjero, que uno dudaba si era producto de la naturaleza de la ciudad (centro convergente de dos civilizaciones distintas) o del tan manido concepto de la globalización. Lo cierto es que no era inhabitual encontrarse con marcas conocidas, ni mucho menos.
¿Y sabéis lo más raro de todo? Los turcos tienen les mismes cachigalines que aquí, pero resulta que llámenlo distinto... Un taxi ye un taxi, pero allí lo llaman "taksi". Y también tienen gabino-trampas (ya sabéis, esas baldosas que pisas después de llover y te chiscan entero de agua) como en Oviedo, pero allí los llaman atatürk-kapan.

Este nombre, hay que mencionarlo, viene de su idolatrado fundador de la República turca, Atatürk, cuya imagen se puede encontrar por multitud de lugares. En España creo que no tenemos un equivalente a esto salvo campañas publicitarias extremas de alguna película, pero para entendernos, si los turcos fuesen Pokémon, Atatürk sería Pikachu, y no podrías girar la cabeza sin ver a esa rata amarilla (me refiero a Pikachu, no a Atatürk).

¿Cómo resumir el viaje en pocas palabras? Algunos empezábamos el día con un buen vaso de zumo de gremlin, había quien se tambaleaba hacia el buffet, luchando contra una resaca que, por su intermitencia, se alzaría como única en su especie. De noche, solíamos perpetuar la antiquísima tradición, heredada de muchas generaciones de antepasados, de darse un baño de madrugada antes de acostarnos.

Comimos kebabs en platos, lahmacuns y durums varios. Encontramos helados a 35 kurus la bola, lo que suponía que por el precio de un jeton (una pequeña moneda para montar en tranvía, probablemente llamada así por la jeta de los turcos para arrimar cebolleta y/o meter mano a las mozas cuando el vehículo iba un poco cargado) podías tomarte cuatro (y aún no te habrías gastado un euro). Hubo quien volvió adicto a las delicias turcas.

Cierto, día, un puñado de temerarios asistieron a un partido de fútbol turco (con salvoconductos de nuestros colegas del hotel) para asombro de algunos de los lugareños. Mientras tanto, el resto nos lanzábamos al (primer) asalto del Gran Bazar donde el "noble" arte del regateo llegó incluso a cansar a los más intrépidos de los nuestros. Fueron días de cultureo, postureo y piscineo, de escenas de matrimonio y ping-pong extremo, de asaltos a pisos francos y rezos por megafonía. De descubrir joyas entre los compañeros y profundizar en convivencia (y parranda) con los ya conocidos. De jugarte la vida en taxis turcos que hacen tramo por callejuelas, con música tecno a un volumen que haría avergonzarse a muchas discotecas.

Hubo momentos agradables, hubo momentos de aventura y hubo momentos directamente de leyenda. Y sí, también momentos de aburrimiento, momentos de cansancio, pájara y somnolencia, momentos de decir "Vaya, ¿quién hubiese dicho que la realidad no sólo puede moverse a tu alrededor por consumo de alcohol, sino también por falta de sueño?". Pero mereció la pena. Y en cierta forma continué el ritmo que llevaba a la vuelta, después de mi épico regreso con traje (chicos, ¿recordáis ese armario precintado que hay en casa, del que os llevamos advirtiendo desde peques? Está ahí dentro. Lo cierto es que por 48 liras turcas, siempre sospeché que ese traje y la corbata se desharían en un cieno orgánico con el paso del tiempo. No que fuese a cobrar vida propia, pero... No fue mal negocio, no obstante), eclipsado en parte por el hecho de que la liga del "vuelve-con-traje" no logró formarse. Así, al día siguiente de nuestro regreso, hice unas cuantas visitas familiares, fui a un concierto de Los Secretos, y me encontré saliendo de nuevo con la gente de la facultad, que se habían unido nuevamente en amor y compaña, por efecto de la morriña. Todo esto con traje, siempre con traje (teniendo en cuenta su reloj biológico, lo más sensato era amortizarlo). Todo esto culminó en una extravagante iniciativa de subir al Naranco de madrugada tardía, de doblete, a ver amanecer, con algunos amigos (ya no de la facultad). Se trató de una aventura memorable, por lo espontánea y absurda, que ya se ha comentado con más detalle en otros lugares, y que no váis a intentar emular hasta que tengáis unos cuantos años más (al menos, si pretendéis seguir saliendo con cierta regularidad). Por todas estas razones, y en cariñoso homenaje al lema de Turquía (Yurrta suhl, cihanda suhl aka Paz en casa, paz en el mundo), no puedo evitar acordarme de mi viaje de estudios en la Universidad como algo así como Yurrta gezinti, cihanda gezinti (Juerga en casa, juerga en el mundo).

P.D: Si mi compañero Darío supiese de esta conversación, chicos, como si (pongamos por ejemplo) esto estuviese escrito y lo leyera en internet, sin duda, tal y como es, genio y figura, reivindicaría su papel en todo esto. Sí, él estuvo en numerosos baños nocturnos, y fue uno de los heroicos futboleros.

Y se jugó la vida conmigo (entre otros) en un taksi suicida. Él inventó la resaca intermitente, ejerció de medium con unas vascas fantasma, e intentó (infructuosamente) llevar románticos desayunos. Y ante todo, no cree en la privacidad que intentaba llevar a cabo en este resumen; aunque si alguien más tuviese interés en que se le mencionase por el nombre, saben donde encontrarme.

domingo, 12 de abril de 2009

1x01. De calentón

Chicos, cuando en Abril de 2009, llamé al móvil de vuestro tío Blukos desde su portal y le propuse irnos a Vigo, supe, a pesar de los tensos segundos que prosiguieron a mi propuesta, que la única respuesta posible era Venga, tío, ¡de calentón! Y es que nuestras aspiraciones de viajar a Vigo, se habían visto truncadas en numerosas ocasiones. En efecto, los cantos de sirena de la prodigiosa metrópoli de las Rías Baixas (algunos amigos allí residentes y la adorable pandilla de chiflados que dio lugar a la épica de Astonishing Andrew) nos había estado esquivando año tras año, desde nuestro segundo año de carrera. Y la frase ¿Nos vamos a Vigo, tío? ¡De calentón!, había resultado entrañable y frustrante a partes iguales. Si algún día hacéis caso de un consejo mío, chicos, que sea este: nunca hagáis caso de los malos presagios. Precediendo a ese viaje en concreto, nos habíamos encontrado con dificultades de transporte, de alojamiento y de malos pronósticos meteorológicos. Además, mientras dejábamos un machete en casa ajena (esa es otra historia, y puede que os la cuente en otro momento) antes de enfocar dirección hacia Galicia, vuestro tío Blukos me confesó que había amanecido con una paloma muerta en su alféizar. Técnicamente, los malos augurios debieron ser para la paloma, ya que tuvimos un viaje inmejorable, sin que el tiempo nos ofreciese mayores problemas, y con el coche resistiendo el kilometraje y, lo que es más importante, los vórtices espaciales que nos hicieron pasar rozando Praga y Buenos Aires, entre otro, antes de llegar finalmente a Vigo. Vigo, a prodixosa metropoli das Rías Baixas , demostró ser tanto una ciudad costera como con numerosas cuestas, lo que le valió mi calificativo de cuestera, que tan criticada fue en su momento. Tan sólo añadir que Krokanti, el entrañable monstruo de mantequilla de cacahuete que mis lectores habituales conocen bien, demostró tener un equilibrio admirable al poder devastar Vigo otrora. Vigo demostró también ser una ciudad llena de misterios. ¿Por qué su colorido hospital se volvía tan aparentemente siniestro bajo la luz de la luna llena? ¿Cómo conseguían aparcar (y más importante aún, desaparcar) con tan poco margen de maniobra? ¿Y más importante aún, a dónde conducían esas misteriosas huellas rojas que recorrían un buen trecho de la ciudad? Como buenos misterios que eran, no fueron revelados jamás, al menos durante ese viaje. No obstante, se consiguieron otras nobles gestas. Tras cruzar la ría de Vigo, yo mismo me zampé una trufa de chocolate con suficiente azúcar como para provocar diabetes a un oso de las cavernas. Y vuestro tío Blukos se enganchó a la magnífica serie Como conocí a vuestra madre, al verse temporada y pico en apenas dos días.
Y juro que, de no ser por las deficiencias de la cámara del móvil de Blukos, habríamos desenmascarado los planes del malvado Nick Pereira, pirata informático y tío majo en general, que había plasmado en grandes letras su apellido sobre la fachada de una nave industrial que contemplamos de la que volvíamos de Cangas a Vigo en barco. Utilizamos mi reloj para viajar intermitentemente de Jueves (o el día que fuese) a Londres, y viceversa. Vivimos y hablamos muchas cosas en los días que estuvimos allí, algunas deberían haber sido presenciadas para tener su gracia, y otras simplemente no pueden contarse porque darían "vergüencilla" a algunos de los presentes. Descubrimos, no sin sorpresa, que al otro lado del Eo, los vídeos de Versión Asturiana hacían menos gracia. Porque asina son los gallegones, ¿oyísti? ¡Dígoslo yo! Y aunque recordamos en todo momento las sabias palabras de vuestro tío Pichu (que profetizaba que Vigo perdería todo su encanto una vez llegásemos allí, dadas las altas y prolongadas expectativas), disfrutamos de esa entrañable ciudad todo lo que pudimos. A pesar de que no encontramos a esa pandilla de chiflados amigos de vuestro tío Álvaro, y no vivimos tan inopinadas aventuras como haber ocurrido así, tuvimos unas anfitrionas inmejorables y de lujo, que junto a nosotros mismos, hicieron de mi primer viaje a Vigo algo inolvidable. De donde se deduce, chicos, que cualquier viaje puede ser especial si la compañía es buena, y se tiene una canción en el corazón (como la que acabo de tararear hace poco). Ese no fue nuestro único viaje a Vigo, y el siguiente, aunque se hizo de rogar, fue aún más notorio que el anterior. Pero esa es otra historia, y hasta que no os la cuente, después de otras muchas, será como si nunca hubiese existido...