domingo, 1 de junio de 2008

Aquellos a quienes los hombres quieren destruir...

Puede que sea influencia del libro que estoy leyendo ahora mismo (American Gods, de Neil Gaiman), en donde tiene cierta importancia un concepto interesante con el que ya había entrado en contacto anteriormente (y brevemente meditado sobre él) en diversos cómics. Helo aquí: los dioses se mantienen vivos, y con ellos su poderío, gracias a la fe de sus creyentes (gracias a la cual, de hecho, nacen).
La agonía de un dios es probablemente menos dolorosa que la de un mortal, pero mil veces más humillante y penosa. La imagino comparada al momento de lucidez de un enfermo de Alzheimer, en el que recupera la suficiente mente como para ser consciente de todo lo que ha perdido; un dios temible, de grandes poderes cuando era adorado por millones de gentes, debe sentirse así malviviendo de escasas plegarias supersticiosas, de pequeño folklore autóctono, de imaginaciones que leen sus antiguas gestas.
Pasando a limpio unos apuntes de mitología, y enlazando con esto, no he podido evitar sentir una inusitada tristeza al leer sobre Poseidón, el dios griego de los océanos. Al parecer, en tiempos prehistóricos Poseidón extendía su poder sobre todo el universo, siendo la esposa de la mismísima Madre Tierra.
Los poemas homéricos ya nos muestran su esfera de actuación limitada al mar, y tienden (aunque con respeto) a remarcar que su granza es algo pasado. Situado frente a otras divinidades más recientes, se nos presenta como más pesado que ellas, incluso con un cierto aire anticuado.
Es triste ver decaer a un dios, como es triste ver hacerlo a una persona. Quizás incluso más, porque ellos se sitúan más arriba, y cuanto más alto se está, más dura es la (de) caída. El poder y orgullo de un dios se alimenta de la devoción y fe de sus fieles, pero el último hilo de vida se mantiene por su recuerdo.
No ha de extrañarnos que la inmortalidad de un dios hinque profundamente sus raíces en su existencia en el inconsciente humano, colectivo o no. Después de todo, la única y exigua inmortalidad a la que nosotros (sin emerger en los dominios de dios alguno) podemos aspirar es la que los que nos sucedan nos recuerden, de una forma u otra. Y tras la desaparición de los más cercanos, tan sólo nuestras obras pueden hacernos inmortales.
Es interesante el contrapunto humano-divino. Si sin la intervención divina los hombres sólo podemos conseguir una parodia de inmortalidad a través de nuestras vidas, sin las creencias humanas los dioses quedan reducidos a un remedo de inmortalidad que apenas pudiera ser llamado vida.
En ambos casos, el Olvido acecha tras su inexistente parapeto. Y los sacrificios de los padres divinos, las epopeyas de sus más valientes camaradas, los insidiosos trucos de los dioses tramposos, todos ellos quedarán reducidos a menos que nada, pues sin el recuerdo, de lo espiritual nada puede restaurarse de lo restante, pues nada resta.
¿Es, o no es trágico? Rezaría por (que no a) esos viejos dioses si no pensase que esto pudiera herir su orgullo (que aún herido no mengua, sin duda), más que ayudarles. Que un dios ofendido no es cosa de broma, y no cuesta mucho que a uno le partan la crisma. Y a mí no sería la primera vez que me cae un rayo, señores.

2 comentarios:

Whers dijo...

Me encantan tus momentos filosoficos. Mitologia... ahora siento envidia (pero sana)

Suerte con todo.

Superlayo dijo...

Yo también disfruto con ellos. Y eso que la mitad quedan de mente pa dentro.

Si es envidia por la clase no te merece la pena, es mejor leerse un libro (o los apuntes) que la clase en sí.