domingo, 13 de abril de 2008

Ayúdame, lapicero (1)


Ayúdame lapicero
a hacer limpia mi tarea,
ya te saqué buena punta,
tengo abierta la libreta;
en ella cada cuadrito
es un hoyo que sembrar,
cada letra una semilla,
el lápiz cantando va.

Entre las canciones de mi infancia encontramos esta, Ayúdame lapicero, cantada por Víctor Manuel (que también cantó otras como Negrito Sandía). Creo que es un complemento adecuado al tema que voy a tratar, pero siento que no podáis disfrutarla con la música correspondiente.

He vuelto al lápiz. Dicho así, parece que me fumase lápices durante un tiempo, lo dejara y ahora hubiera (o hubiese; yo siempre he preferido los hubieses antes que los hubieras) caído de nuevo en el vicio. Me refiero a que he vuelto a utilizar un lápiz (cuando es menester su uso). Hacía años que me había acostumbrado al portaminas.

El portaminas es un artilugio frío, una máquina cuya principal virtud no es el ahorrarte de tener que tajar el lápiz, sino asemejarse a un bolígrafo, y como tal, alejarse de la imagen de la infancia. Un ejecutivo, las escasas veces que tenga que abocetar algún tipo de papeleo a carboncillo, lo hará con un portaminas, nunca (no si puede evitarlo) con un lápiz.

Cargar un portaminas con sus minas es fácil y silencioso, pero nos trae reminiscencias de la Revolución Industrial, de deshumanización, de movimiento mecánico intrascendente. No puede compararse al hecho de coger un lapiz y tajarlo / sacarle punta / afilarlo con el tajalapiz / sacapuntas (disculpen, pero hay diversidad lingüística al respecto).

Un portaminas es plasticote creado artificialmente. Un lápiz se compone, principalmente, de madera y carbón. Sosteniendo un lápiz, tenemos en nuestras manos árboles recientes que nos han dado su madera y antiguos vegetales que pasaron un proceso de milenios para volverse minerales.

El lapiz es, además, para un gran número de personas, un vínculo con la infancia. En mi caso, un vínculo con la infancia se convierte muy fácilmente en un festival de nostalgia que me retrotrae a horas y horas de clase, a tiempos más sencillos de libretas a cuadros, mesas verdes claritas y lápices amarillos.

El artículo de hoy es cortito, lo se. Tendrá su continuación (y conclusión) el próximo jueves, con nuevas reflexiones que me ha suscitado el volver a escribir con lápiz. El martes, con todos ustedes, el espectacular post número 50. Un post que espero estar descansado para hacer como es debido, porque le tengo muchas ganas. Tan importante a nivel personal como la carta que escribí a mi padre hace unas semanas, pero mucho menos trágico. Aquí les espero.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Jo, tío, tú no entenderás las emociones que despierta un deporte (y lo respeto :P) pero macho... yo veo un lápiz... y, ¿qué veo? ¡Leches! ¡Un lápiz!

Si acaso soy un tikismikis pa escoger la marca del bolígrafo / pluma con que escribo (y muy maniático para cambiar si uso una en especial), pero de un lápiz sólo saco que es un cacho de madera con carbón para escribir.

Eh por cierto me moló que me llamaras pero estaba botando de alegría y no podía ni concentrarme para hablar jeje.

PD: sí, soy Pichu, qué pasa, no puedo publicar alguna vez en anónimo sin que vengáis todos a echarme la bronca? Jolín tío tú antes molabas :P

paco dijo...

Pues a mí siempre me ha gustado usar el lápiz: es cómodo, sencillo y si la cagas coges la goma de borrar y lo intentas de nuevo. Y encima puedes hacer escalas de grises apretando más o menos cuando haces un dibujo en blanco y negro.

Creo que este es uno de los momentos más surrealistas de mi vida.

Adan dijo...

Hum...

Qué quieres que te diga, yo cuando pienso en lápices pienso en Dibujo Técnico en el bachillerato, con Guisasola... (qué grande, Guisasola).

Pienso en dibujar con un 2H (duro) y marcar con HB (intermedio), poniendo mina 2B (blando) en el compás para que no hiciera falta repasarlo tanto, aunque sea un poco trampear la cuestión.

Oh, tangencias, oh diedros, oh arcos capaces.

Un saludo!
Adán.

Superlayo dijo...

Pichu: Sólo faltaría que no lo respetaras, capullo. :p No es lo mismo, entiendo que el deporte despierta emociones, el lápiz me ha suscitado una reflexión y me ha retrotraído a tiempos anteriores como consecuencia de la reflexión. Las emociones han derivado de la reflexión, el lápiz sólo ha sido el desencadenante de esta.

Paco, es la magia del lápiz. Aunque yo nunca tuve ni afición ni arte para dibujar, entonces me pierdo en el juego que puede dar. De todas formas yo siempre preferí los lápices por un lado y las gomas por otro, me da la impresión de que las gomas incorporadas acaban manchando más que borrando.
¡Y el surrealismo aún no ha terminado! Espera a ver como aún le puedo sacar aún más punta al tema (¡el humor!) en la segunda parte.

Antón: Demasiado técnico para mi reflexión, aunque me sorprende que usaseis lápices en vez de portaminas. De todas formas nunca me gustó el dibujo técnico, aunque sólo lo di un año, con Sierra; me mataba el tener que pasarlo a tinta... ¡Cuantas horas de trabajo perdidas por hacer un manchurrón de repente!