domingo, 30 de marzo de 2008

El lienzo de Matsukaze

Matsukaze (nombre japonés que significa viento en los pinos) fue el nombre con el que se bautizó al caballo resultante del más selectivo proceso de eugenesia equina. Como descendiente de varias generaciones de caballos con las mejoras características posibles, Matsukaze era el máximo exponente genético del Equus caballus. Y me dejo ya de terminología pedante.

El problema era que Matsukaze no permitía que nadie lo montase. Esto es, hasta que conoció a Maeda Keiji, samurai que logró la hazaña, en teoría debido a (ejem, ejem...) su naturaleza salvaje y su espíritu indomable. La inmensa fuerza de Matsukaze le permitía llevar en su grupa a Maeda durante días sin cansarse (¿tengo que repetir el carraspeo?). Desde entonces siempre se les vio juntos, a caballo y jinete (¡oh, por el amor de Dios!).

En fin. Al margen de todo esto, tras la muerte de Maeda Keiji en 1612 (sí, es un personaje histórico. ¡La covacha de Superlayo, repartiendo cultura por la red desde...! Hace menos de un año, realmente), se dice que Matsukaze. Y aquí finaliza la parte histórica (e incluso mitológica) de la historia de Matsukaze.

Ahora viene la parte que se ha mantenido oculta hasta la fecha. Algo que sólo podía desvelarse cuando necesitase un caballo mitológico para rellenar un post conceptual sobre caballos encantados. Que Matsukaze se ha convertido en un caballo infernal que acecha a almas en pena mientras merodea en las tinieblas de la noche...

Así es, amiguitos... Un caballo fantasma no es cosa de risa. Si los Cazafantasmas (Who do you call? Ghostbusters!) no hubiesen atrapado a Atila y su caballo hace tiempo, la desertización se habría extendido mucho más rápido por el mundo (¿lo pillan? ¿Eh? Por donde pasa el caballo de Atila... Bien, sigo).

Durante largos años, Matsukaze participó en sangrientas batallas junto a su jinete Maeda. Y esas cosas marcan. Puede que Maeda guiase su espada con el intachable honor de un samurai, pero un caballo (por mucha selección genética que haya) no puede comprender semejante concepto. Así pues, cuando Maeda emprendió su viaje a Yomi, la tenebrosa tierra de los muertos, Matsukaze comenzó su búsqueda.

Al no encontrarlo por parte alguna, decidió atraerlo con aquello que el caballo creía que más deleitaba a su amigo... ¡Guerra! ¡Sangre! ¡El jamelgo japonés aceptó su faceta homicida jactanciosamente, y así lo hizo el jumento hasta el día de su muerte! Los dioses japoneses decidieron que el Olvido inmediato era demasiado dulce para Matsukaze, y lo relegaron al reino de los espíritus, a vagar eternamente por las sombras!

De esta forma, Matsukaze se dedicó a atormentar durante siglos a otras almas errantes, que, como él, habían sido condenadas a vagar en desdicha por el mundo material. Esto es, hasta que un excepcional pintor anónimo, al que Matsukaze atormentaba a través de sus sueños, logró plasmar en lienzo la diabólica esencia del caballo.

Aunque de forma inconsciente, el pintor disimuló su obra con otros dos caballos, lo que permitió que no atrajese la atención de aquellos que pudiesen buscar la liberación de Matsukaze para sus fines más perversos. No obstante, el encierro no era total, puesto que ninguna fuerza mística había sido usada para crear su carcel.

De tal forma que cada noche, exactamente a las 5:37 de la madrugada, Matsukaze era liberado de su cuadro, y le acompañaban sus compañeros de lienzo, cobrando vida por su influencia demoníaca. Juntos galopaban durante unos minutos por la sala donde reposara su prisión, dejando a su paso olor a azufre y brillo de fuego infernal.

¡Ay de las almas en pena que vagasen en sus cercanías cuando Matsukaze era liberado! Pues se verían irresistiblemente atraídos hasta la estancia que éste ocupase, y los tormentos que entonces sufrían, pezuñas enhiestas, hocico llameante, no son para ser descritas a quienes aún conservan carne física y mortal.

Visicitudes del destino quisieron que el cuadro cambiase con regularidad de manos... Hasta establecerse, definitivamente hasta el momento, en un edificio de Valencia de Don Juan que ha querido permanecer en el anonimato... (si os preguntan, yo no se lo que es un hipervínculo, ¿vale?)

Y allí permanece, consciente durante el día, observando, odiando a todo el que pasa frente a sus ojos, encolerizándose por no poder atacarles como cada diminuta porción de su alma equina desea... Sin verdadera forma física, no podría salvo ligarse a la mente de aquel que osara entrar en la sala donde reposa pasada la hora aciaga. Pero incluso los más fuertes de espíritu pueden quebrarse a través de sus sueños... Y no todos sabemos pintar.

Apuestas: ¿Cuál de los tres es Matsukaze?
Foto de nuestro entrañable Pichu

7 comentarios:

Javi & Pichu dijo...

Mola que me trates de entrañable :P suena mejor que si pones nombre y apellidos porque entonces parezco ya un paisano jeje.

Me he echado unas risas con la entrada, creo que es la mejor de las tres.

Ya hablamos!!!! Tengo que contarte algunas novedades, o algunas posibles novedades jeje.

Adan dijo...

¿Sabes quiénes son malas personas?
¡Los caballos son malas personas!

Dicho ésto, procederé a dar respuesta a la pregunta ¿Cuál de los tres es Matsukaze?

No hay más que examinar las expresiones de los tres jamelgos (un sinónimo para caballo que no llegaste a utilizar) para, haciendo uso de importantes dotes de observación y análisis, poder obtener una respuesta.

En primer lugar, tenemos empezando por la izquierda al caballo blanquiñoso. Blanqui adopta una postura sumisa, orejas gachas, mirada triste y fija en el caballo del centro... ¡está asustado! ¿Por qué? Por Matsukaze.
En segundo lugar, tenemos empezando por la derecha al caballo parduzco. Pardi (llo he-he-he) mira hacia el que observa el cuadro (¡TÚ!) pidiendo auxilio. "¡Sálvame, por el amor de Moe!", dice Pardi con su tierna mirada.

Y, por último, empezando por el centro, está Matsukaze. Su mirada desafía al mismo diablo, es altivo y orgulloso, está lleno de odio y no conoce la piedad... Está claro que es Matsukaze. ¿Os habéis fijado en que con el ojo izquierdo mira a cualquiera que mire el cuadro (¡TÚ!) pero no podemos ver qué mira con el ojo derecho? ¡Es su arma secreta! Y más vale que no lo veamos nunca. Seguramente lo utilice para vigilar a sus compañeros de celda, recordándoles que si osan siquiera alzar contra él una mirada que lo disguste lo más mínimo, contemplarán cómo se baña en la sangre de los suyos.

Por último, podríamos decir que normalmente el personaje más importante de una imagen suele aparecer en el centro, para dotarle de más importancia que a aquéllos que aparecen junto a él. Es un teorema de validez equiparable al axioma de "el asesino es el mayordomo".

Un saludo!
Adán.

vicky dijo...

jajajaja!! a saber que icisteis vosotrs en valencia de don juan ehh!!!

me leii todito!!
yo no sabia q existia esa foto!!

bonita historia si señor!!! a las 5.37 m acordare siempre de ese caballo tan peculiar jejejeje

besos pelayo!! cuidate

Javi & Pichu dijo...

Pues yo creo que todos llevamos un pequeño Matsukaze dentro de nosotros...

Whers dijo...

Muy original, si señor

No me señales por la calle! :p

(dejaria algo mas largo
pero llego tarde)

bs!

paco dijo...

Interesante lo de Matsuzake. Todo lo que dices es interesante en realidad. Y pásate por http://con2bolas.blogspot.com/ que has recibido un premio

Superlayo dijo...

Pichu: vaya, al parecer soy más gracioso cuando no me lo propongo que cuando me esfuerzo. Algún día sacaré una lección de esto.
Y si tú tienes una faceta asesina, avísame con tiempo para apartarme, señor Ariete de los Dioses.

Antón: te equivocas en muchas cosas. Primero, uso jumento: "¡Guerra! ¡Sangre! ¡El jamelgo japonés aceptó su faceta homicida jactanciosamente, y así lo hizo el jumento hasta el día de su muerte!"
Segundo, es cierto que en pintura la figura principal suele ser el eje de la obra, pero en este caso Matsukaze es el de nuestra derecha.
No hay más que mirarle a los ojos para comprobarlo. La gente siempre solía decir del cuadro "que mal rollo dan esos caballos, sobre todo el de la derecha", era una reacción instintiva.
Además, observa como se halla cerca de los tonos rojos (los mismos orificios nasales parece que van a exalar fuego), que al mismo tiempo pervierten y contaminan los amarillo azulados de la derecha (véase como toman un color mostaza).

Vicky: el descubrimiento de la hora exacta (las 5:37) se lo debemos a Miguel, de Oviedo, al que el dato le asaltó el cerebelo como una epifanía divina, posiblemente una precognición para evitar problemas nocturnos (poluciones no, mal pensada).

Eva: ¡señalaré a quien me plazca y donde me plazca! ¡Habrase visto!

Paco: gracias por el premio y por pasarte por aquí (según me parece entender) de manera más o menos regular. Siempre es agradable ver por aquí a habituales de la caterna del blog de Randy.