domingo, 19 de abril de 2015

Felicidades, Cana

Hoy es el cumpleaños de Cándida Iglesias Valdés, aunque técnicamente lo fue ya a finales de marzo. Esta paradoja, que generalmente se obvia, se debe a los días extra que debieran retrasar el cómputo de la celebración con cada año bisiesto. Mi bisabuela, o como casi todos la conocen, Cana, ya ha vivido 26 de esos especiales febreros, y ha visto pasar muchas cosas a lo largo de toda su vida, porque hoy puede presumir de tener 107 años. Puede que no sea la persona más longeva de Asturias, pero pondría la mano en el fuego con que sí lo es de Oviedo. Para que se hagan una idea, nació en el año que se atestigua la primera mención histórica al estadio del Molinón, le saca unos 6 años a la emblemática confitería ovetense Camilo de Blas, hizo la Primera Comunión el mismo año que terminaba la Primera Guerra Mundial y se casó antes de que ocurriese el crack del 29. Ha conocido tres reyes y una república, sobrevivido a una guerra y su correspondiente posguerra, y ha rezado bajo los auspicios de diez papas.

Si conviviesen con ella, como yo lo hago, se sorprenderían de su tremenda vitalidad y fuerza de voluntad. Se levanta, se ducha, se viste y hace la cama sin ayuda de nadie, con la parsimonia que le han obligado a adoptar los años, pero con una independencia inusitada para una mujer que está más cerca de ser supercentenaria que centenaria. Pasea por la casa con la ayuda de su bastón y sujetándose a paredes y muebles; lenta pero segura. Ayuda en todo lo que puede, escucha mucho la radio, oye misas y rosarios y, semanalmente, se preocupa por los resultados del Real Oviedo que le llegan a través de las ondas. Su voz, aunque ajada por el paso del tiempo, aún canturrea si se le mencionan fragmentos de canciones, melodías y zarzuelas, porque su marido (mi bisabuelo) era muy aficionado a la música.

Mi bisabuela es un fragmento de Historia, como tienden a ser los afortunados que disfrutan al mismo tiempo la longevidad y el poder mantener intactas sus facultades mentales. Alguien podría hacer una reconstrucción del Oviedo antiguo a través de sus historias, que aliña con especificaciones sobre sus cambios de domicilio con el paso del tiempo, o dónde estaba tal y cual negocio en esta u otra calle. Los ovetenses de mejor memoria (o aquellos más próximos a su edad) quizás la recuerden en su incansable hacer en el mercado de El Fontán, donde Quesos Cándida era sinónimo de calidad, pero lo cierto es que su trabajo había empezado mucho tiempo atrás. Cana nació en la zona del Palais, como la inmensa mayoría de sus hermanos, en una modesta casita que (como ella) sorprendentemente aún sigue en pie. A los pocos años ya ayudaba a su familia, primero llevándole la comida a su padre (que ejercía de carpintero en Gascona) o moviéndose en tren por los distintos mercados de Asturias (como su madre y hermanas) para traer mercancía que vender en Oviedo a los hoteles y distintos comercios. No sería hasta después de la Guerra Civil, que la encontró ya casada y con dos hijas, cuando comenzaría su larga trayectoria en el Fontán, primero en un lugar modesto hasta la remodelación de la plaza de abastos, y finalmente en el puesto que llevaría su nombre hasta años después de su jubilación.

De los convulsos acontecimientos que rodearon los inicios del siglo pasado, recuerda cuando y por dónde entraron los mineros en la capital durante el 34, sin entrar en mayores detalles. De la guerra, cuenta como el bombardeo de Oviedo destruyó una casa en la que vivían varios miembros de su familia (afortunadamente ausentes en el momento de la detonación), y de como uno de los perros de la familia se mantuvo fielmente guardando los restos ruinosos de la misma, impidiendo el paso hasta que su suegro se acercó a ellos. Recuerda también su salida de Oviedo con su marido y sus hijas a través del Escamplero, en donde la lucha entre ambos bandos era lo suficientemente intensa como para disparar contra un simple autocar que alejaba a civiles del grueso del conflicto asturiano. El resto de la guerra la pasaría fuera de Asturias, en la Bañeza, acogidos por parientes leoneses de su familia política.

Tras la guerra, volvió a Oviedo y consiguió abrirse un hueco, como ya se ha dicho, en el pequeño comercio de la capital. Trabajando para los suyos, mientras mi bisabuelo hacía lo propio como peluquero, los años fueron pasando con sus tristezas y sus alegrías. Vio morir a su hija pequeña y crecer a la mayor, que se casaría el mismo año en que Cana quedó viuda. Con el paso de los años llegarían los nietos (siete en total) y con el de las décadas, los biznietos (el que suscribe y los que vinieron después sumamos ocho). Con la llegada gradual de toda esta creciente parentela vinieron también los paseos, las canciones, las comidas familiares multitudinarias, las historias de una mujer que conservó su independencia hasta que la edad la obligó a jubilarse, y posteriormente, a abandonar su propia casa para abrazar como hogar el de su hija.

Ha dejado (¿no lo hacemos todos, si vivimos lo suficiente?) a mucha gente atrás: padres y abuelos, hermanos y hermanas, amigos, marido, hijas e incluso un nieto, pero ella lleva estas pérdidas con filosofía y resignación, aunque no sin tristeza. Sueña mucho, y no es de extrañar que, ante la pregunta de con qué lo hace, responda un Sobre todo con muertos, con la sencilla naturalidad de quien ya tiene más contactos en el otro mundo que en este. Pero ella no olvida, más allá de los pequeños despistes propios de la edad, o una velocidad más al ralentí para concretar un dato en sus prodigiosas meninges. La he visto en misa asombrando a un sacerdote al recitar la parte de los oficios que ni siquiera corresponde a los feligreses. Algunos días reclama hablar por teléfono con algún pariente o amigo, y enumera sin mayor esfuerzo las cifras con una facilidad que haría avergonzarnos, comparativamente, a la gran mayoría de los que hemos crecido con una agenda en nuestros móviles.

Los que hemos tenido la suerte de vivir en la cercanía de unos abuelos al uso, conocemos bien aquellos rasgos que generalmente les caracterizan, aparentemente más intensos aún que los de nuestros padres: el interés porque nos vaya bien en la vida, la preocupación por nuestra salud y muy especialmente (característica sempiterna de la abuelidad) de nuestra buena alimentación. El doble de amor, en suma, con la mitad de disciplina. Si tuviese que explicar lo que es tener una bisabuela, optaría por la vía etimológica y os diría simplemente que es dos veces abuela en todos estos sentidos. Continuamente he visto a mi bisabuela demostrar verdadera pasión por los suyos, interesarse por todos los que conoce en cuanto tiene oportunidad de preguntar, presumir de su familia en conversaciones telefónicas, echarnos de menos si pasa demasiado tiempo sin vernos.

No quisiera que esto pareciese un discurso laudatorio sólo porque yo la quiera con locura y el sentimiento sea mutuo. Mi bisabuela no es perfecta. Como cualquier persona mayor, puede ser terca, algo obsesiva en sus preocupaciones (quizás por tener muchas menos cosas en las que pensar que nosotros a lo largo del día) y tiene sus momentos de mal humor, como todos. Con sus defectos y sus virtudes, algunos acentuados y otros atenuados por el tiempo, Cana es profundamente humana, y nosotros no la querríamos de otro modo.

Acostumbrada a valerse por sí misma desde más de lo que ninguno podemos recordar, le molesta tener que dar que hacer, tener que pedirnos ayuda, que queramos que haya alguien en casa con ella en todo momento, pero, al mismo tiempo sabe agradecerlo. Ella ha cuidado de tres generaciones distintas, pero pese a todo, no se siente cómoda con que tengamos que devolverle el favor. A pesar de los altibajos, con los momentos de crisis en los que la responsabilidad hogareña puede superarte, hay algo de maravilloso en poder ayudar a sobrellevar la vejez a una persona a la que esta familia debe tanto. Hay algo de portentoso en convivir con una persona de ciento siete años, aún capaz de regalarte sus experiencias y su naturalidad. Hay mucho por lo que estar agradecido, y la esperanza de poder compartir algún cumpleaños más junto a ella. Hoy, queremos compartir nuestras felicidades con vosotros.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Doctor Who 8x11 / 8x12 - Dark Water / Death in Heaven


“El día más oscuro, la hora más negra”. Ha llegado la historia final de la octava temporada de Doctor Who (si no contamos el especial de Navidad), y no va a ser bonita. De hecho, y como si fuese un reflejo del primer episodio, presenta algunos conceptos muy perturbadores al espectador. Perturbador para un amplio grupo de espectadores es también la revelación de media historia, y cuyas implicaciones (ampliamente spoilerantes, si me permitís el palabro) analizaré más en profundidad cuando lleguemos a ella. Así que ya os advierto de antemano, si no habéis visto los dos capítulos que conforman esta historia doble agarraos, que vienen curvas.

Clara habla por teléfono con su novio, Danny, que va camino de su casa para tener la largamente postergada conversación de la vida de ella con el Doctor. Clara comienza a disculparse por las mentiras y ocultaciones que ha venido realizando al respecto, pero Danny no responde. De hecho, Danny no volverá a responder jamás, porque distraído por la conversación ha sido atropellado por un coche y ha fallecido. Clara no puede aceptar una tragedia así, una muerte tan completamente anodina, y contacta con el Doctor para impedir que ocurra. A sabiendas de que el Doctor alegará alguna razón para negárselo (como la primera de ellas, la paradoja: si la muerte nunca hubiese ocurrido, el Doctor nunca viajaría para impedirla en primer lugar), Clara roba todas las llaves de la TARDIS, le engaña para viajar a un volcán activo y le amenaza con arrojarlas todas al volcán si no accede a salvar a Danny. El Doctor se niega repetidas veces, y Clara termina tirándolas todas a la lava, destruyéndolas en el proceso. Una escena llena de dramatismo y tensión entre ambos (al menos si no se recuerda que el Doctor ya tiene hecho que las puertas de la TARDIS se abran con un chasquido de sus dedos) y que demuestra ser también un poco tramposa: el Doctor había sedado a Clara al ver su comportamiento extraño para adivinar sus intenciones, y todo había ocurrido únicamente dentro de su cabeza.

El Doctor está decepcionado por la traición de Clara, incluso dadas las circunstancias, pero ella le importa demasiado como para dejarla en la estacada, en una escena que nos demuestra que pese a lo inhumano y poco empático que nos pueda parecer en ocasiones, el Duodécimo Doctor también tiene su corazoncito. Y por ello decide ayudar a Clara incluso aunque eso signifique un descenso literal a los infiernos; programando la TARDIS para seguir el lazo afectivo entre Clara y Danny (a través de la matriz telepática que ya utilizaron en Listen) a la otra vida, si esto existiese. Aunque el Doctor menciona que siempre ha querido investigar la existencia del más allá, es llamativo que no lo haya intentado realmente antes, con todas las pérdidas que ha sufrido a lo largo de su larga vida; quizás necesitaba un vínculo afectivo más profundo que los suyos personales, o tan sólo con su nueva personalidad se atrevía a intentar atravesar la última frontera.

Clara tirando llaves al Monte del Destino o similar.
El caso es que mientras tanto nos encontramos a Danny apareciéndose en las extrañas oficinas en donde hemos visto “reclutar” personajes fallecidos durante la mayoría de la temporada, una “otra vida” en donde se le pone a hacer formularios burocráticos para adaptarse a su nueva existencia. En esta enorme urbe que parece estar poblada por muertos, Danny debe adaptarse a la idea de estar muerto, a sensaciones extrañas (como el frío intenso que siente por la conexión con su cuerpo fallecido, en un congelador) y sobre todo, a enfrentarse con su peor pesadilla, confrontar al niño que mató en combate durante su estancia en el ejército, el hecho traumático que le hizo abandonar las armas y que se nos ha venido dejando entrever a lo largo de toda la historia del personaje.

Cambio de escena: el Doctor y Clara llegan a un mausoleo desconocido rastreando el vínculo emocional de Clara y Danny. Investigando, pasean por los pasillos del edificio, encontrándose rodeados por pequeñas piscinas aparentemente contenedores de esqueletos “cómodamente” sentados en ellas. Como se les informa poco después de su llegada, ambos están en 3W, una empresa gestora del Más Allá, y son recibidos por la misteriosa Missy. Ésta se presenta como un androide de recepción de 3W, y en consecuencia aplica su programación de bienvenida… Besando apasionadamente a un desprevenido Doctor y en general favoreciendo un contacto físico para nada deseado por parte del Señor del Tiempo, antes de pasarle con un científico de la empresa, el doctor Chang.

Chang explica al Doctor y a Clara como su empresa se dedica a proteger a los muertos desde que su fundador descubrió, a través de una comunicación telepática entre ellos, que sus almas aún continuaban ligadas a sus cuerpos después de sus muertes. De hecho, el nombre de la empresa, 3W, se basa directamente en un grito constante de horror de los difuntos, tres palabras (three words): no me incineréis. 3W mantiene a los cuerpos difuntos en un entorno seguro que protege sus restos orgánicos a través de una estructura mecánica, en el interior de unas piscinas de agua oscura que sólo deja lo orgánico al descubierto… De ahí los esqueletos en los pequeños tanques. Tras la explicación, el doctor Chang pone en contacto a Clara con el alma (o consciencia) de Danny, mientras el Doctor va a investigar todo el tema de la protección de cadáveres.

Missy, haciendo entrar en shock anafiláctico al Doctor.
Hasta entonces, y pese a los esporádicos toques de humor, la historia tiene tintes muy siniestros. Comenzando por la muerte de Danny y la traición de Clara, y continuando con los esqueletos en las piscinas (sin hablar de la inquietante sugerencia de Chang de utilizar agua oscura en las piscinas públicas) y la sugerencia de que los fallecidos puedan sentir su cremación como si ellos mismos fuesen quemados vivos. Y la cosa no irá a mejor: Clara se resiste a creer que Danny sea real y éste se fuerza a no darle pruebas de lo contrario para evitar que ella sufra, a él se le ofrece la posibilidad de detener su sufrimiento borrando sus emociones, y el Doctor descubre, no sin horror, que toda la infraestructura de 3W está dirigida a la creación de Cybermen, ocultos bajo su fachada orgánica en esa agua oscura.

Pero el momento de las revelaciones aún no ha terminado. Missy deja de fingir ser un androide y mata al doctor Chang ante los horrorizados ojos del Doctor. Pronto revela cómo ha estado utilizando una tecnología de matriz para descargar las mentes de los fallecidos mientras reconstruye sus cuerpos como Cybermen y antes de eliminar sus emociones para convertirles en soldados perfecto: actualizar los cuerpos, actualizar las mentes. El Doctor reconoce a la matriz como tecnología de Gallifrey, y Missy le recuerda su anterior contacto, de cómo pudo sentir sus dos corazones latiendo bajo su pecho. Cuando el Doctor cae en la cuenta de que Missy es un Señor del Tiempo (Dama del Tiempo, corrige Missy, que es “de las antiguas”), ella le acusa de haberla dejado a punto de morir, al tiempo que comienza a soltar Cybermen desde el interior de la catedral de San Pablo en Londres, donde se encontraban en realidad. Tras intentar espantar a los viandantes de los Cybermen en vano, el Doctor le pregunta a Missy quién es en realidad, a lo que ella explica que es Missy, diminutivo de Mistress… Porque en su forma actual no podría continuar llamándose a sí misma Master (el Amo, en traducción castellana).

Cyborgs in the water (fire in the sky)

 La polémica de turno está servida. Los productores de la serie (Moffat en cabeza) han decidido romper clichés y reglas no escritas de las regeneraciones de los Señores del Tiempo, presentando una regeneración que incluye no sólo un cambio físico y de personalidad, sino también de sexo. Por supuesto, las voces en contra no han dejado de oírse clamorosamente tras la revelación, pero la transición de Master a Mistress (o Missy) entronca ineluctablemente al debate (surgido la última vez previamente a la elección de Peter Capaldi como Doctor) sobre la conveniencia de tener una Doctora tras una de las regeneraciones del protagonista. No pocos entienden que la  del eterno enemigo del Doctor no es más que un primer caso hacia la inevitable feminización del mismo.

Dado que todas las regeneraciones de la serie clásica no habían mostrado a ningún Señor (o Dama) del Tiempo cambiando de sexo, el principal argumento en contra de dicha transformación es que no es biológicamente posible, pero Steven Moffat (el guionista y luego productor de la serie, amado y odiado a partes iguales por los fans) ya se ha ocupado de plantar semillas a este respecto. En el especial cómico producido entre las dos etapas de la serie, The Curse of the Fatal Death, Moffat ya mostraba al Doctor regenerándose en forma femenina (y yéndose de picos pardos con el Amo, aún como hombre), y en The Wife of the Doctor, dio su permiso para que el célebre escritor Neil Gaiman pusiese en boca del Doctor un relato de las aventuras del Corsario, un Señor (¿o Dama?) del Tiempo que se había regenerado tanto en forma masculina como femenina.

Es difícil juzgar la decisión de los responsables de la serie, y más aún las reacciones de sus seguidores. Los que se oponen, ¿lo hacen porque son opuestos al transexualismo en la ficción, porque no aceptan al antiguo villano (actual villana) como mujer, porque les parece un burdo golpe de efecto…? Las acusaciones de sexismo ante los que han puesto el grito en el cielo no se han hecho esperar, por supuesto, y se repetirán si finalmente el Doctor es interpretado por una mujer (también se barajó la posibilidad de que no fuese blanco, por cierto, pero eso es otro tema aparte). Y cierra paréntesis, volvemos a la historia, por ahora.

Chimchiminee, chimchiminee, chimchimciborgs.
 Missy ha liberado Cybermen en pleno centro de Londres, pero UNIT reacciona rápidamente en una operación de control liderada por Kate Stewart (la directora de la organización, hija del brigadier Lethbridge-Stewart, antiguo y prolongado de colaborador del Doctor en el seno de la organización) y su ayudante Osgood (que en representación metaficcional del whovian más extremo, ha abandonado su bufanda a lo Cuarto Doctor para homenajear en vestimenta a las encarnaciones que conoció en The Day of the Doctor, con la pajarita del Undécimo Doctor, los playeros del Décimo, y una chaqueta al estilo de la del Doctor de la Guerra del Tiempo). Logran detener a Missy, pero no antes de que ella haga volar (literalmente) a sus Cyberman y volarles (explotando) encima de los centros urbanos de toda Inglaterra (así como el resto del mundo, según informes de seguimiento de la propia UNIT.

Siguiendo unos protocolos previstos por la organización, UNIT deja inconscientes y captura tanto al Doctor y su TARDIS como a Missy. Dichos protocolos incluyen el nombramiento del Doctor como presidente de toda la Tierra, con la defensa de la misma puesta bajo su responsabilidad, en caso de amenaza hacia la humanidad a nivel global. Sin embargo, el plan de Missy (crear nuevos Cybermen a través de la infiltración de los restos explosivos de su primera escuadrilla en todas las tumbas de la Tierra) continúa en marcha, y ésta (después de tentar al Doctor con su conocimiento acerca del estado actual de Gallifrey) logra liberarse, matar a Osgood, escapar y hacer caer el avión presidencial. El Doctor logra salvarse de la caída haciendo que la TARDIS suba hasta su posición, pero Kate sale disparada al vacío.

¿Y que ha sido de Clara, mientras tanto? Pues asediada por Cybermen en el interior de la base de la 3W, ha decidido aprovechar sus dotes de imitación que ya había puesto en práctica en Flatline para posponer su muerte fingiendo que Clara Oswald nunca ha existido y que en realidad no es otra que una nueva encarnación del Doctor. Francamente, por muchos datos del Doctor que pueda haber soltado y gran parte de su actitud, dudo que ningún espectador (como los propios Cybermen) haya pensado verdaderamente que esto pudiese ser cierto, pero visto como acabamos de ver el primer cambio de sexo en regeneraciones, y a sabiendas de la querencia de Moffat por las vueltas de tuerca como para romper un par de cuellos frágiles, supongo que era el mejor momento para intentar lanzar el farol, por fútil intento que fuese. Cuando un Cyberman en solitario destroza unos cuantos de sus camaradas y se la lleva inconsciente, ni el más tonto puede dejar de adivinar que es un reconvertido Danny, ya que habíamos visto la infiltración de las partículas cybermánicas en la morgue en la que estaba situado su cuerpo.

Clara es llevada por Danny a un cementerio, en donde finalmente se revela como quien es. Incapaz de soportar en lo que se ha convertido, Danny pide a Clara que provoque manualmente el borrado de sentimientos, y ésta requiere el apoyo del Doctor, que se reúne con ellos con su TARDIS, para poder hacerlo. El Doctor se opone a terminar con la exigua vida de Danny, pero debe hacerlo para que éste pueda revelar el plan de ataque Cybermen, por lo que transige a que Clara lo haga. Por el camino, Danny aprovecha para ser un capullo (aunque le concedemos que ser convertido en un ciborg post-mortem puede causar ese efecto sobre la gente) y acusar al Doctor de, como buen oficial, no querer mancharse las manos de sangre. La desconexión emocional de Danny permite averiguar que, como diría Bob Dylan, a hard rain is gonna fall, una nueva lluvia cibernética destinada a erradicar a la humanidad transformándola en todo un ejército de monstruosidades mecánicas.

Estos Cybermen recién salidos de la tierra ya no están "tumbados".
En ese momento es en el que Missy aparece con una alternativa para la erradicación de la humanidad: que el Doctor acepte a los Cybermen ya surgidos de los cadáveres de la Tierra como su ejército personal. Es el regalo de su vieja némesis al que se creyó el último Señor del Tiempo, un ejército con el que poder aniquilar monstruos, salvar inocentes y hacer lo que es justo hasta el último rincón del Universo… Missy, el Amo, la Ama (que mal suena Master/Mistress traducido al castellano, leñe) pretende hacerle aceptar un poder que nadie debería tener y al que ella misma ha aspirado anteriormente, ponerlo en manos del Doctor para hacerle ver que ambos no son tan distintos… Y que su amistad puede volver a funcionar. No es la primera vez que se le ofrece al Doctor la tentación de poder moldear el universo según sus propios valores (recordemos, por poner sólo un ejemplo, School Reunion), pero nunca como alternativa para salvar vidas inocentes.

Es el momento en el que el Doctor concluye toda la introspección que se ha hecho a sí mismo desde el momento en que se regeneró, para terminar concluyendo ante Missy que no es un buen ni un mal hombre, no es un héroe, ni un presidente, ni un oficial: si el Undécimo Doctor se autodefinía como un loco con una caja, el Duodécimo finalmente baja de su pedestal y se autocalifica como un idiota con una caja y un destornillador y, lo más importante de todo, lo intrínseco a su persona (y personaje), de paso, ayudando a gente y aprendiendo de ellos. Un buen momento definitorio, innecesario para los espectadores pero importante para un Doctor que lleva toda una temporada buscándose a sí mismo en cierta manera, y que cierra con el rechazo del Doctor hacia un ejército que no necesita porque siempre tiene amigos en su camino. Amigos como Clara y Danny; arroja a este último, que pese a la pérdida de sus sentimientos ha conseguido mantener su autocontrol, la pulsera de liderazgo Cyberman y le concede el dominio sobre todo el ejército.

Esta es quizás la peor parte del episodio. Salvando la renovada autoconsciencia del Doctor sobre qué significa ser él, el resto podría titularse “Cuando Moffat encontró a Nolan”. En otras ocasiones, la tendencia de la temporada (las pistas que se habían ido dejando desde hace tiempo) tenían que encontrarse en la memoria del espectador, pero aquí no. Al igual que la revelación de cómo había sido Missy quien unió y mantuvo unidos al Doctor y Clara desde que se conocieron (con flashbacks al uso de cosas ya vistas), la reflexión y los temas sobre quién es el Doctor (si era un buen hombre pese al odio que el Dalek vio dentro suyo, si era un héroe, etcétera) nos aparecen literalmente de la nada con secuencias de archivo. Por si esto fuera poco, el que Danny pueda liberarse del control cibernético simplemente por el poder del amor, cuando acaban de borrarle sus sentimientos por petición propia es simplemente ridículo y manido, a pesar de que el Doctor intente vendernos que el amor no es un sentimiento sino una promesa *música de violín*. El sacrificio de Danny y el resto de resurrectos del mundo para quemar la nube cibernética sobre la Tierra es previsible aunque correcto, si bien la reclamación voceras de la importancia de los soldados me rechina un poco más (aunque intentaré hablar de ello en una futura reseña de la temporada al completo, para ser si se cierran temas de forma adecuada).

En cuanto a Missy, asume su derrota. Llega incluso a dar al Doctor las coordenadas de la posición de Gallifrey y a proponerle escapar allí los dos juntos. Clara, con el desintegrador de ésta en mano, no da tiempo al Doctor a dar una respuesta; ya que tiene las coordenadas de Gallifrey, pide a éste que se aleje para acabar con la vida de Missy. El Doctor no puede permitir que Clara se convierta en una asesina, aunque esto suponga que él mismo tenga que acabar con su vieja némesis (y aún más antigua amiga). Puede interpretarse esto como un reflejo oscuro del final de la tercera temporada de la serie; si allí el Doctor le ofrecía al Amo viajar juntos por todo el Universo bajo su supervisión y su enemigo prefería dejarse morir (se puso mejor) negándose a regenerarse de forma consciente, aquí es Missy quien se ofrece a viajar juntos y el Doctor el que apuesta por la muerte de su enemiga. No es de extrañar que las últimas palabras que le dirija el Doctor sean “Has ganado”, y que ella lo sepa; a pesar de todo, ha logrado llevarle a su propio terreno y nunca a la inversa.

¿¿Cómo que quieres cambiar mi regalo??
Sin embargo, la decisión se la arrebatan de las manos. Un rayo ajeno desintegra (alerta, suspensión de incredulidad tambaleándose peligrosamente) a Missy de manos de aparentemente el único Cyberman en pie (recordemos que el resto habían detonado en la atmósfera para erradicar la nube cibernética). Cuando se acercan en la dirección que este Cyberman señala, encuentran a Kate Stewart sana y salva pese a su caída del avión presidencial. El Doctor deduce que ese Cyberman la ha salvado y que no puede ser otro que su padre, el brigadier Lethridge-Stewart, resucitado por las maquinaciones de Missy (y aparentemente liberado de ellas “por el poder del amor”; al menos es de agradecer que no nos intenten vender que sólo el de Danny por Clara podría lograr la hazaña). El Doctor agradece el gesto a su antiguo aliado y amigo, y antes de que éste marche hacia el cielo le concede algo en lo que nunca había transigido: le saluda como a un militar.

Pero este aún no es el último epílogo de los episodios. Para cerrar la historia con Danny, tenemos aún unos minutos de metraje que aúnan lo peor (que es bastante decir) de In the Forest of the Night y la demostración palpable de que Moffat no tenía ningún mensaje claro (o bueno) sobre el tema de la soldadesca. Como puerta de escape hacia la muerte se utiliza la pulsera de control Cybermen, que teóricamente Missy utilizaba para viajar “entre dimensiones” y ha conseguido trasladar a Danny (su cuerpo o su mente, no está muy claro) a la matriz gallifreyana utilizada para almacenar a los muertos, a juzgar porque es una realidad que se está muriendo para desaparecer. Muy convenientemente, tan sólo queda energía para abrir un portal y que una persona lo atraviese hacia el mundo real, y Danny utiliza su casilla de salga libre de la cárcel para resucitar en el mundo real al niño que mató durante su época como soldado. Porque aparentemente (y como ya se vio en The Day of the Doctor), para Moffat el concepto de redención no que un personaje intente compensar día a día un antiguo pecado, o incluso se sacrifique por él, sino que lo elimine de su haber como si no hubiese existido. Entre la posibilidad de que haya algo invisible acompañándonos a cada uno todas nuestras vidas y esto, cada vez tengo más claro que Moffat ha debido ser (o es) católico. Por otra parte, recordemos que la matriz es básicamente un disco duro que crea una realidad virtual en su interior, pero no necesariamente estanca (en la serie clásica seres físicos han logrado materializarse en una TARDIS en esta realidad alternativa como si no fuese aneja o subsidiaria de la primera). Estirando muuuucho, podríamos alegar que la tecnología de transporte de Missy, por gallifreyana, podría funcionar en el otro sentido y permitir que un ser virtual (el niño fallecido cuyo cuerpo debería ya estar primero descompuesto, después cybermanizado, y después explotado en mil pedazos con el resto del ejército de Missy/Danny) pasase a forma física, pero vamos a reconocer que es una excusa demasiado conveniente, y un intento facilón y chusco de dar al menos un final feliz por alguna parte, ya que Clara y Danny no van a terminar juntos.

Porque ninguno de los protagonistas va a tener un final feliz esta temporada, y ambos han aprendido las lecciones equivocadas. Aprovechando que el Doctor ya preveía la vía de escape para la salvación de Danny, Clara continúa su razonamiento de que va a dejar de viajar con él para retomar su vida de pareja juntos. Al mismo tiempo, el Doctor miente al contarle que ha vuelto a encontrar Gallifrey (el paroxismo de rabia, golpeando el teclado de la TARDIS hasta hacer saltar chispas, al encontrarse la última mentira de Missy es estremecedor) y que va a retirarse allí para intentar hacer de su planeta un lugar mejor. El Doctor y la aspirante a Doctor fundidos en un abrazo al que el primero transige como excepción pese a que no le gusten, porque “no puedes confiar un abrazo, porque tan sólo es una forma de ocultar tu cara”. Sus humedecidos ojos nos dicen todo mejor que un discurso: los dos se han convertido en dos grandes mentirosos y han logrado ser igual de idiotas, ambos prefieren sufrir su soledad por su cuenta antes de preocupar al otro, dinamitando así la posibilidad de apoyarse entre los dos. ¿Es este el último adiós entre el Doctor y Clara? No creemos, puesto que después de los créditos nos encontramos con que alguien pica a la puerta de la TARDIS y dice al Doctor que ni ella ni el Señor del Tiempo está bien, y que tienen que hacer algo pronto… Antes de que Santa Claus irrumpa en la nave para preguntarle qué quiere por Navidad.

Why so selfie?
Pero dejemos aparte el pie de entrada para el especial de Navidad de este año y entremos a analizar lo más jugoso de este episodio, esto es, el retorno del Amo, ésta vez en forma femenina. He leído muchas críticas al respecto que (en un primer análisis) no parten de sexismo alguno, como la crítica de convertirle tópicamente en una femme fatale o el hecho de la reescritura con componente en apariencia sexual con el Doctor. Lo cierto es que el cambio de sexo de Señor a Dama del Tiempo no tendría porqué causar un cambio en su orientación sexual, pero también podría hacerlo… No obstante es difícil de marcar el porqué de las acciones de Missy, partiendo de la base de locura del Amo.

Yo considero que, tanto dentro como fuera del personaje, el Amo busca ser el opuesto y el igual al Doctor, y su relación está basada en gran parte en la acción y reacción. Recordemos su anterior encarnación interpretada por John Simm: se regeneró en un cuerpo joven después de ver que su eterno rival había hecho lo mismo, y muchos de los tics e histrionismos de su interpretación eran un reflejo de la excentricidad del Décimo Doctor. Con un Duodécimo Doctor más asexual e incómodo con el contacto físico que nunca, Missy se acerca a él de una forma inédita y que uno no llega a saber si es consciente para desestabilizarle o fruto de su propia obsesión. Porque tras siglos de su particular juego de ajedrez, es verdadera obsesión la que el Amo siente por el Doctor, no amor (por mucho que Missy llegue a referirse a él como su novio) ni amistad (en los lastimeros momentos en los que reconoce que sólo quiere volver a tener a su amigo). Lo trágico es que el Doctor sí recuerda y quiere a su amigo, a pesar de todo; hemos visto dolor en los ojos del Décimo Doctor al ofrecerle una alternativa a su comportamiento, y lo vemos ahora en los del Duodécimo a la hora de tener que acabar con su vida. El Doctor está hundido porque el descenso a los infiernos de Missy no le deje otra alternativa; se le humedecen los ojos porque, en el fondo, él también querría recuperar al amigo que acompañó a un solitario niño de Gallifrey en sus juegos infantiles.

¡Vamos a ser los mejores amigos del mundo!
Y es que, si el Doctor es conocimiento, compasión y empatía, cualquier encarnación del Amo es ambición, desprecio y control, y Missy no es una excepción. En su locura (y de una forma bastante similar al enfoque que le han dado hace un tiempo al Joker con respecto a Batman), ha desarrollado una adoración hacia el Doctor que no es más atracción hacia él que hacia sus propios demonios. El nuevo “amor” desarrollado por Missy no es más que otra faceta de sus obsesiones; todas sus supuestas muestras de amor por el Doctor no son más que intentos de controlarle, desde emparejarle con Clara (la maniática del control y el hombre que nunca debería ser controlado) a su flirteo y contacto físico no deseado (buscando dominar en la intimidad aprovechando la incomodidad de su amigo y oponente), pasando por su vigilancia constante, Missy continúa siendo tan egocéntrico como sus anteriores encarnaciones, aunque la mona se vista de seda, Amo se queda. El concepto de amor y amistad de Missy es casi luciferino, es pedir que el resto le adoren, imiten y reverencien. Incluso el fin último de todas sus maquinaciones (el conceder un ejército al Doctor) no es un gesto de amor mal entendido, sino una forma de convertirle en una extensión de su propia persona, como siempre ha pretendido hacer en sus intentos de ejercer su dominio sobre el Universo (recordemos la creación de la Raza Maestra, literalmente un ejército de clones de sí mismo). El ceder este puesto al Doctor no importa, porque sabe que estaría transformándole parcialmente en sí mismo, y todo paso en esta dirección es para él una pequeña victoria. Seducir (obligar) al Doctor a apartar de sí sus ideales sería la victoria más dulce para cualquier encarnación del Amo, puesto que todas las caras del Doctor le han impedido obtener su objetivo último sobre todo o todos. 

Está claro, con esa “muerte” tan falsa y dado la naturaleza de ese enemigo, que no hemos visto lo último del Amo. Tan sólo espero, pese a los reticentes y a los directamente en contra, que no hayamos visto las últimas palabras de Missy. Michelle Gómez ha interpretado a una villana desquiciada pero excéntrica, una Mary Poppins digna de una película de Tim Burton, un adecuado reflejo oscuro a lo que ha venido a ser el Doctor en los últimos tiempos, pero sin desvirtuar algunas de las características base del Amo: un profundo desinterés por las vidas humanas (o de otro tipo) y una tendencia a conspirar en la sombra con los más siniestros planes. Puede que este cambio no fuese necesario, pero en mi opinión ha dado un buen resultado, y me gustaría verlo durante más tiempo en acción para desarrollar todo su potencial.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Doctor Who 8x10 - In the Forest of the Night

Un capítulo que entretiene, pero no mata; un episodio que no aburre pero le falta un hervor. La vida a veces te da una de cal y otra de arena, y las series no tienen por qué ser necesariamente distintas. Después del excelente episodio que le precedió, In the Forest of the Night decepciona por la amenaza que presenta, la ruptura de la suspensión de la incredulidad, las relaciones personales e incluso a nivel referencial. Tan sólo el inefable Peter Capaldi logra, con su habitual interpretación borde del Duodécimo Doctor, hacer que el episodio merezca algo a la pena. Pero analicémoslo con algún tipo de orden.

What immortal hand or eye could design this fearful poster?

Un enorme bosque ha crecido en mitad de Londres, lo que el Doctor tarda en darse cuenta porque simplemente piensa que la TARDIS no atina a llevarla a dónde quiere ir, como acostumbra de vez en cuando. Sólo una niñita perdida, Maebh, que resulta ser parte de una excursión escolar comandada por Clara y Danny, le convence de que realmente está en pleno corazón de la City londinense. En realidad, el desenfrenado crecimiento arbóreo se ha producido a nivel global (de hecho, a juzgar por la vista de la Tierra desde el espacio, uno diría que también se ha desatado el crecimiento de las algas, porque hasta los mares se ven verduscos), y el Doctor no puede encontrar una razón para que esto haya ocurrido: ninguna actividad tecnológica, ninguna intervención alienígena que justifique el crecimiento de un enorme bosque mundial de la noche a la mañana.

Los árboles resisten los intentos de quemarles para recuperar las urbes terrestres (no respondiendo físicamente, simplemente parecen ser ignífugos), y quitando la paralización de la vida normal de la humanidad, pocos peligros parecen suponer para cualquiera de nuestros protagonistas. Únicamente la liberación de varios depredadores de un zoo muestra brevemente una situación de peligro por parte de los niños, el Doctor o los otros adultos, y francamente, de una forma totalmente superflua y únicamente referencial. Los lobos parecen estar para enlazar con el concepto de cuento de hadas (“¿Hemos dormido tanto tiempo, como la Bella Durmiente?”, pregunta una alumna; reminiscencias a Hansel y Gretel, la niña protagonista vistiendo una caperuza roja), y el tigre, únicamente para dar cierto sentido al título haciendo referencia al célebre poema de William Blake (constante en las citas literarias anglosajones es su primer párrafo Tiger, tiger, burning bright / in the forest of the night / What immortal hand or eye / could design your fearful symmetry?; los lectores de cómic lo recordarán de lecturas como La última cacería de Kraven, por ejemplo). Sólo que el tigre era central para el poema de Blake, y aquí es un cameo-guiño sin mayor trascendencia. Por su parte, Maebh, a la que aparentemente habían medicado después de la desaparición de su hermana porque había comenzado a oír voces, resulta estar en contacto con una inteligencia arbórea a nivel global que les convence de que existe desde antes de la humanidad y no se ha desarrollado por ella (el Doctor consigue hacer visible muestras de esa inteligencia, QUE ARDE BRILLANTE EN EL BOSQUE, la sutileza se ha tomado unas vacaciones durante este capítulo).

¿Quién es un pequeño cerebro de pudding? ¿¿Quién??
Francamente, un crecimiento desmesurado de los bosques hubiese resultado mucho más aterrador durante la Edad Antigua o la Edad Media, o mismamente de noche (no, como mucho lo de “forest of the night” es porque han crecido de noche, y eso en algunas franjas horarias, supongo), aprovechando para mostrar además de los peligros de las fieras y los propios al ser humano (recordemos Astérix y la hoz de oro, los peligros de los bosques son lobos y salteadores). Pero es que el peligro no es el más obvio, ni en ese hipotético episodio alternativo ni en el nuevo, sino otro que ya hemos visto en un episodio anterior. Este no es otro que una peligrosa tormenta solar que amenaza con destruir la Tierra como ya hizo con Karakraxos, pero en este caso, los árboles no les dejan ver el bosque (guiño, guiño, codazo, codazo), y los protagonistas (Doctor incluido, no me extraña que se autodenomine como Doctor Idiota al caer de la burra) tienen sus buenas dosis de dramatismo y miedo de extinción masiva antes de caer en la cuenta de que los condenados árboles ignífugos los que han crecido de golpe previendo la amenaza de la radiación solar para proteger el planeta. El Doctor incluso teoriza como ya ha ocurrido antes con otros ejemplos históricos.

Esto es problemático en varios niveles: pulveriza no sólo la suspensión de incredulidad ante la amenaza, sino también ante la supuesta inteligencia y perspicacia de los protagonistas, sobre todo del Doctor. Uno diría que si se encuentran un crecimiento repentino de la flora terrestre, que resulta (porque lo han visto de primera mano) ser ignífuga, y la inteligencia vegetal tras de ellos presume de ser anterior a la humanidad y de poder sobrevivir a esta, quizás su multiplicación sea un sistema de defensa al respecto, digo yo. La supuesta inevitabilidad de la destrucción de toda la raza humana se hace inverosímil (los espectadores están en el presente y saben que la serie no va a destruir la civilización humana contemporánea; en otra época futura, puede), y el drama, forzado. Para empeorarlo aún más, los árboles desaparecen como por arte de magia (¡después, no durante la llamarada, y ni siquiera en cenizas, sino en brillos de energía en el aire!), y el Doctor dice que la humanidad olvidará ese suceso como tantos otros, porque está en su naturaleza. Borrón y cuenta nueva; pasemos a lo siguiente, que resulta ser la reaparición de la hermana de Maebh, detrás de un arbusto que se desvanece junto a su casa sólo porque sí, sólo para coincidir y tener un final feliz al terminar el episodio. Sencillamente ridículo.

Una buena imagen, al menos.
¿En resumen? Un episodio completamente irrelevante, si no fuera porque en él Danny descubre que Clara ha seguido viajando con el Doctor, si bien la conversación quedará pendiente para la próxima semana. No aprendemos gran cosa ni del Doctor (vemos que no se le dan especialmente bien los niños, pero se esfuerza más con ellos que con el resto de “cerebros de pudding”, como llama a los humanos), ni de Clara (salvo que conserva el hábito doctoril de continuar con mentiras, cómo se le echó en cara en el episodio anterior), ni de Danny (salvo la sorpresa de que no la deje por ocultarle cosas, como le había advertido anteriormente). Tan insípido, que se agradece que la siguiente sea una historia doble de final de temporada, para dejarnos algún tipo de sabor en la boca a los espectadores.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Doctor Who 8x09 - Flatline

Sea por su carácter poco habitual, o porque nos permite observar la serie desde perspectivas distintas, algunos de los mejores episodios de Doctor Who son aquellos en el que el Doctor ocupa una posición secundaria o incluso tangencial dentro de la historia. Ocurrió durante la segunda temporada de la etapa moderna de la serie en el episodio Love & Monsters, también en el episodio de la tercera temporada alabado por el fandom, Blink, y vuelve a ocurrir en este Flatline en los últimos cartuchos de la octava temporada. En Flatline, vemos a Clara tomar el rol del Doctor durante el metraje del episodio, para enfrentarse a unos nuevos enemigos ante los que el Señor del Tiempo se ve indefenso. ¿La historia funciona? Comprobémoslo.

Esta vez el Doctor no estará disponible para enmendar la plana. Jeje.
La trama comienza con Clara abandonando la TARDIS, llevándose todas sus pertenencias de ella, alegando que Danny no está conforme con que deje sus cosas ahí. El Doctor aún no sabe que Danny ni siquiera sabe que Clara ha decidido seguir viajando con él, pero tampoco presta demasiada atención a las razones de esta para llevarse sus cosas. Descendiendo de la nave, Clara se encuentra con que no está en Londres, sino en otra parte de Inglaterra a la que la TARDIS se ha visto atraída por unas lecturas extrañas. Pero ese no es el menor de sus problemas, mucho menos literalmente: las dimensiones externas de la TARDIS están siendo menguadas a la fuerza, lo que dificulta la salida de la misma; para cuando Clara regresa de investigar los aledaños, la TARDIS ha menguado lo suficiente como para caber en su bolso, y el Doctor (aunque de tamaño normal) está atrapado dentro de ella.

Armada únicamente con el destornillador sónico de su amigo y su apoyo por radio, Clara debe investigar el misterio de lo que le ha podido ocurrir a la TARDIS, al mismo tiempo que la desaparición de un gran número de personas, como le informa un joven grafitero condenado a servicios a la comunidad. Lo que poco sospechan Clara o el Doctor es que se enfrentan a unos alienígenas de un universo bidimensional que intentan acceder a la tercera dimensión; el ataque de estos obliga a Clara y a su joven acompañante a reagruparse con los supervisores del servicio a la comunidad para intentar no sufrir más bajas.

I'm the Doctor.
Lo que en un principio resultaba una pulla constante para el Señor del Tiempo, esto es, Clara haciéndose pasar por el Doctor y comportándose parcialmente como él, resulta más esclarecedor cuanto más tiempo transcurre. El Doctor descubre que Clara le ha mentido respecto a lo que le había dicho a Danny, al tiempo que también ha mentido a éste, supuestamente para protegerlos a ambos; consciente de sus propios engaños, el Doctor describe a la mentira como una herramienta básica para la supervivencia, pero también una costumbre horrible. Clara también toma el control del grupo de supervivientes dejando clara su postura como líder natural del mismo, mientras el Doctor intenta comunicarse con los seres bidimensionales, ya que desconocen si los daños que están provocando son conscientes o derivados de su intento de alcanzar nuestro universo.

Viendo que los ataques no disminuyen a pesar de los intentos de comunicación, y con la TARDIS cada vez más indefensa (los seres parecen alimentarse de su energía para poder alcanzar nuestras tres dimensiones o reducir las nuestras en forma bidimensional), el grupo se dispone a huir por unos túneles subterráneos de tren. Los seres se vuelven más peligrosos mientras experimentan con las formas tridimensionales, y al mismo tiempo absorben más y más energía de la TARDIS; ésta se encierra en sí misma en modo asedio poco después de que el grupo la pierda accidentalmente. Es el momento que más pone a prueba las capacidades de Clara: los enemigos son más peligrosos que nunca, y sin los recursos del Doctor (a riesgo de morir ahogado según los sistemas vitales de su nave se agotan), no dispone más que de su propia inteligencia para salvar el día.

La TARDIS en modo asedio se asemeja mucho a la Pandorica.
Finalmente, logra engañar a sus enemigos gracias a un grafitti para que reinicien la energía de la TARDIS, y el Doctor es capaz de utilizar su tecnología para expulsarlos de nuestro plano (no pun intended) dimensional. El Doctor les deja muy claro que ha intentado dialogar para entenderles, pero que ellos no lo han querido, y que debe actuar en consecuencia. Esto plantea varias ideas interesantes. La primera, la definición básica del Doctor como “el hombre que se enfrenta a los monstruos”, con algunos toques de “Dios sabe que he intentado hacer esto por las buenas” que tienen cierta reminiscencias a la personalidad del Décimo Doctor (quizás el ejemplo más claro de esto podemos encontrarlo al final del especial de Navidad The Runaway Bride). La segunda es que el Doctor es muy consciente de que un monstruo no es una persona ni un alienígena descerebrado que resulta un peligro para otros, sino que un monstruo es aquél que decide comportarse como tal.

Tanto el Doctor como Clara se lamentan por no haber podido salvar a todo el mundo, pero Clara manifiesta que teniendo todo en cuenta, la balanza ha resultado positiva para el mundo. Cuando el Doctor replica que él piensa en esos términos para que nadie más tenga que hacerlo, Clara replica que ella ha sido el Doctor durante ese día, y que fue un buen Doctor. Presionado para que lo admita, el Doctor termina diciéndole a Clara que fue un Doctor excepcional… Pero que el haberlo sido no tiene que ser necesariamente bueno. Una nueva autocrítica del Doctor hacia su persona, y una nueva preocupación de éste hacia la influencia que supone sobre sus acompañantes (se sabe que el tiempo en la TARDIS ha cambiado a sus viajeros, el mismo Doctor lo admitía en el capítulo anterior, Danny le ha acusado de comportarse como un oficial liderando soldados, y anteriormente lo había sido por sus enemigos de convertirles en guerreros) y la posibilidad de convertirles en todo lo que él desprecia de sí mismo. Clara parece tener lo que hay que tener para asumir las pesadas responsabilidades que supone ser el Doctor… Para concluir uno de los mejores episodios de la temporada, una última e inquietante escena nos muestra a la misteriosa Missy observándola y concluyendo que ha escogido bien.